Cuerpo de texto: excreciones y secreciones de palabras derivadas del cuerpo herido *
Body of Text: Excretions and Secretions of Words Derived from a Wounded Body
Corpo de texto: excreções e secreções de palavras derivadas do corpo ferido
Cuerpo de texto: excreciones y secreciones de palabras derivadas del cuerpo herido *
Cuadernos de Música, Artes Visuales y Artes Escénicas, vol. 21, núm. 2, 2026
Pontificia Universidad Javeriana
Martín Montoya Saldarriaga montoya.martin99@gmail.com
Universidad Nacional de Colombia, Colombia
Recibido: 16 enero 2026
Aceptado: 06 marzo 2026
Publicado: 01 julio 2026
Resumen: Bogotá es una ciudad que ha crecido desmesuradamente sin considerar plan alguno, es un tumor amorfo que contiene todo un universo en su interior. Como artistas, caminamos por su anatomía, tomando apuntes de aquellas cosas que nos incomodan e interpelan. Este cuerpo de texto presenta una serie de reflexiones concatenadas por la lógica de las derivas, donde el paisaje urbano se entiende como una serie de imágenes diagnósticas del cuerpo biosocial compuesto por todos quienes habitamos Bogotá. Recorrer el espacio de este cuerpo construido con agua y asfalto es recorrerlo a lo largo del tiempo, ver el sol salir tras los cerros y ponerse más allá del puente de Guadua. Caminar es dejarse afectar, infectar, por aquello que nos rodea: ideas, molestias, maravillas y preocupaciones. Caminando escribo en mi mente, formo palabras y dibujos —que pueden ser lo mismo— que aguardan el momento en el cual el cuerpo del artista/ escritor logre adentrarse en su caverna a crear.
Palabras clave:cuerpo, escritura, deriva, ciudad, enfermedad.
Abstract: Bogotá is a city that has grown disproportionately, with little re-gard for planning. It is an amorphous tumor containing an entire universe within itself. As artists, we walk through its anatomy, taking note of those things that unsettle and challenge us. This body of text presents a series of reflections l inked by the l ogic of the dérive, in which the urban landscape is understood as a collection of diagnostic images of the biosocial body composed of all who inhabit Bogotá. To move through the space of this body, built of water and asphalt, is to traverse it through time: to watch the sun rise behind the eastern hills and set beyond the Guadua Bridge. Walking means allowing oneself to be affected—to be-come infected—by what surrounds us: ideas, discomforts, won-ders, and concerns. As I walk, I write in my mind. I shape words and drawings—which may well be the same thing—that await the moment when the body of the artist-writer can retreat into its cave to create.
Keywords: body, writing, dérive, city, sickness.
Resumo: Bogotá é uma cidade que cresceu desmesuradamente sem qual-quer planejamento; é um tumor amorfo que contém um universo inteiro no seu interior. Como artistas, caminhamos por sua ana-tomia, tomando notas daquilo que nos perturba e desafia. Este corpo de texto apresenta uma série de reflexões concatenadas pela lógica das derivas, onde a paisagem urbana é compreendida como um conjunto de imagens diagnósticas do corpo biossocial composto por todos nós que habitamos Bogotá. Percorrer o es-paço desse corpo construído de água e asfalto é percorrê-lo ao longo do tempo; é ver o sol nascer atrás dos morros e se pôr para além da ponte de Guadua. Caminhar é deixar-se afetar e infectar por aquilo que nos rodeia: ideias, incômodos, maravilhas e preo-cupações. Ao caminhar, escrevo em minha mente. Formo palavras e desenhos — que podem ser a mesma coisa — que aguardam o momento em que o corpo do artista-escritor consiga adentrar sua caverna para criar.
Palavras-chave: corpo, escrita, deriva, cidade, doença.
Lengua
Caminar, leer; dibujar, escribir.
Caminar, escribir; dibujar, leer.
Quiero caminar como escribo: paso
a paso, sin tener del todo claro hacia
dónde voy. Escribir también es eso:
como subir una montaña. Hay que salir
con lo necesario —agua, una manzana,
una chaqueta—; en la escritura ocurre lo
mismo: una historia a cuestas, apenas lo
justo para empezar. (Botero 2025,
136)
Quisiera escribir como camino, dando pasos y saltitos entre los antejardines, los bordillos y las escupebaldosas del andén bajo la lluvia soleada. Quisiera poder solo poner el esfero sobre el papel y dejarlo andar sin miedo de perderse. Escri-bir en sí no es el problema, ni lo es tener la idea. Es aprender a manejar el grifo que a veces se tapa de preconcepciones e inseguridades, es saber encauzar el agua que de este sale desbordando la mesa de trabajo.
La fuente de ideas siempre está fluyendo, corriendo en el viento y bajo la tierra. El problema es que a veces se me olvida cómo escucharla. Se me olvida que las palabras que vomito no son mías, las he lamido del mundo —como de un BonIce— y me las pide de vuelta, cubiertas en bilis amarilla y revueltas con el polvo de los dientes que voy perdiendo por bruxar. “Cada persona tiene solamente una historia que contar en toda su vida. Una sola” (Parra Sandoval 2024, 26); duraré toda la vida aprendiendo a contar la mía.
Me desespero frente al computador por no poder escribir, estoy lleno de pensamientos que no sé cómo expresar, empaco mi enojo en la mochila, con mi agua y mis audífonos, cierro de un golpe el portátil —sin darme cuenta de que puede que sea por eso que esté dañándose— y salgo a caminar. Transito por los mil planetas contenidos en el interior de Bogotá, recuerdo un poema de Eduardo Galeano:
Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
—El mundo es eso —reveló—. Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. (Más Cultura 2026)
En el camino no me llegan palabras, pero sí imágenes, no tengo con qué dibujarlas, dejé todo en el taller y estaba caminando en dirección opuesta.
Devengo lengua, aquella cosa blanda que nace en la garganta y se anuda con las palabras no dichas. Me quemo con el primer sorbo de café o de chocolate. Rosada y sensible barro del piso, del asiento del bus y de las flores las esencias aromáticas de las ideas. Me pregunto por otra forma de observar, más allá del oído, más allá de la vista, un tacto que no solo sea permeado, sino que se adentre en aquello que permea. Observación que sea activa solo por el mero acto de existir. Como lengua, volteo la mirada y veo el rastro que he dejado, cual caracol invasor de este mundo extraño.
Me tiembla la pierna y el brazo, las imágenes comienzan a gritar dentro de mí. Paro en seco, la persona sacando al perro pretende no mirarme, me doy la vuelta, doblo la esquina de la cuadra y respiro. Comienzo el camino de regreso por la galaxia rola, en TransMilenio veo los incendios de las personas a mi alrededor. Atravieso la ciudad de centro a norte. “Cada localidad, cada barrio y hasta cada calle parecen pertenecer a un mundo distinto y, sin embargo, no se puede visualizar […] sino como un todo en el que conviven estas diferencias” (Mesa 2025, 18).
Llego por fin al taller, tengo sed y me falta energía para mover un lápiz sobre el papel. Quedo echado sobre la silla, escurriéndome entre las baldosas; me echo a tejer. Babeo todo lo que he recolectado en mi deriva, recuerdo los sabores y las ideas, quiero volver a soñar, me encharco. Comienzo a dejar ir el cansancio y las promesas que hice a esos seres a quienes les dije que dibujaría.
Y yo me quedo ahí, sola, frente al monte enmarañado de imágenes, ideas, palabras. Un bosque revuelto que debo escribir. Pero antes debo detenerme. Tengo las piernas cansadas de tanto andar, y la cabeza —en ebullición, como un huevo a punto de reventar— también necesita reposar. (Botero 2025, 155)
Carótida
“Vivir es pasar de un espacio a otro haciendo lo posible para no golpearse” (Perec 2001, 25). La carrera 7 empieza como un río, nace cerca del 20 de Julio, como una desembocadura de la 6, se pasea hasta el centro como una quebrada, a veces con corrientes vehiculares, otras veces con la forma de un riachuelo de peatones que pasan frente a Las Nieves y el MAMBO (Museo de Arte Moderno de Bogotá). De repente se junta con varias afluentes que caen por los costados de la plaza de toros y del Museo Nacional, donde desemboca el río de la carrera 10 y coge su carácter de vía principal. Cuando llega al San Martín, al Parque Nacional y a la Universidad Javeriana es una Vía, con mayúscula, y todas las de la ley, así viva trancada, llena de colesterol en hora pico; así intenten acortarla con proyectos de TransMilenio, que, lastimosamente, parece una realidad cada vez más cercana. Sigue así, pasa la calle 100, el Cantón Norte, Hacienda Santa Bárbara, Usaquén, Palatino, San Juan Bosco, la 170, un par de restaurantes elegantes, gomelos y campestres, y desemboca en un pequeño peaje que marca una de las salidas de nuestra ciudad.
Desde muy pequeño, la Alberto Lleras Camargo ha sido la carótida que comunica mi cabeza con todo lo demás. Aprendí a transitarla en las busetas verdes, blancas y amarillas antes del SITP (Sistema Integrado de Transporte de Bogotá): Verbenal, San Cristóbal, Usaquén; Villa Gladys, Engativá, Álamos, Cra 7ma Univ Javeriana; Gaitana, Usaquén, Alhambra
Recuerdo cuando con mi madre fuimos al Museo Nacional, en esa época ella era más feliz, el cielo era más amarillo y el aire menos espeso. No me acuerdo de cómo era el interior del Museo en ese entonces, he ido demasiadas veces y con cada visita olvido más de lo que este contiene. Al salir almorzamos en Crepes o una hamburguesa, no recuerdo, pero sí la felicidad de ese día. ¿Habrá sido esa la última felicidad? Todo era de colores tan vivos, tan bellos, aguamarina, rosado, amarillo, como una pintura re-kitsch que mi mejor amiga odiaría.
Años más tarde descubrí que la fotografía que me había gustado era el David de Miguel Ángel Rojas, que los artistas que en ese mausoleo dejaban sus obras como taxidermias de tiempos pasados eran alguien, muchos “álguienes”, que por alguna razón habían tenido la importancia suficiente como para dejar su basura botada para que otros(nosotros) la vieran(-mos). Muchos de ellos me gustan; a muchos de ellos los detesto. Sin saberlo esa fue la primera vez que vi a Feliza Bursztyn, a Antonio Caro y a Alejandro Obregón. Vi cómo en un espacio podían convivir, bajo el ojo curatorial del panóptico, atisbos de cosmovisiones indí-genas y precolombinas, con costumbrismos coloniales y republicanos, y con las preguntas inmarcesibles del arte moderno y contemporáneo.
Recuerdo una vez que fui al MAMBO, no era la primera vez que iba, pero sí la primera vez que fui solo a un museo, debía tener entre dieciséis y dieciocho años, menos de dieciocho porque no tenía el pelo rojo. En mi casa hay un libro de Luis Caballero, amo sus pinturas y dibujos desde mucho tiempo atrás, las vi en una clase de arte cuando era pequeño y me obsesioné. Esa vez que fui al MAMBO, antes de tener el pelo rojo, pero con certeza fue después de los dieciséis años, aún no conocía las dinámicas de ese museo, que tiene, en realidad, una serie de exposiciones temporales y no su colección permanente, la que está expuesta. Ese día sí lo estaba o, bueno, una parte.
Primero pasé derecho frente a un dibujo más, comencé a subir a otra sala cuando caí en la cuenta de lo que había omitido: “Ah, ese hasta se parece a uno de Caballero”, pensé. Al devolverme y leer la ficha técnica, me quedé absorto en la pieza: en la sanguina y el carbón que formaron ese cuerpo erotizado sobre un finísimo papel. Aún me pregunto si lo que me llamó la atención fue el dibujo o el nombre del dibujante.
Muchos años después [frente al pelotón de fusilamiento] me devolví en el 18-3 o el T13, o alguno de esos, a mi casa, saliendo con una compañera del pregrado del Museo Nacional tras una visita guiada por una maestra de tantas que tanto inspiran. Para ese entonces, ir a museos con clase era poco más que otra tarea, iba para poder tener la nota fácil y la rosca de la profe. Pero esa vez fuimos muy pocos, era fin de semana y había algo (festivo, Día de la Madre, 1 de Mayo, Rock al Parque, no sé). Pero, como éramos tan pocos, la tarea de ir se alivianó y volví a disfrutar del Museo. Con esa compañera de clase, nos escapamos por accidente del tour; cuando la profe volteó a una sala, nosotros cogimos para otra, y nos pusimos a rajar de cuanto artista y obra nos encontráramos.
La última vez que fui al Museo Nacional fue con mi mejor amiga, la misma que odiaría la pintura kitsch de mi recuerdo. El mundo era menos amarillo que aquella vez que fui con mi madre, pero el filtro de Instagram ayuda a disimular la tristeza. “En la ciudad, deshago los pasos rastreando recuerdos que he perdido. Camino mucho, es mi ofrenda, hasta llegar a los lugares que fueron hogar” (Lema 2025, 101). Ya sin la presión de ser estudiante sigo recorriendo el museo de la ciudad, busco en cada pintura enmarcada en su tumba, en cada grafiti que espera a ser borrado y en cada árbol que aún le hace resistencia al esmog, las palabras precisas para tejer un dibujo que valga la pena traer al mundo.
Dermis
Recuerdo mucho en clase de Biología —o Ciencias Naturales, o como sea que se llame esa clase de primaria— cuando estudiamos la composición del cuerpo humano. Aprender que estábamos hechos de tejidos, rellenos de órganos que también son tejidos y son nosotros. Tejidos de células como un crochet biológico. Años más tarde estaba saliendo de TransMilenio en la estación de Museo Nacional, debería haberme bajado una parada antes, frente a la Javeriana, pero había tantas personas que me dio pereza empujarlas para llegar a la parada. En cambio, decidí rendirme ante el flujo natural de la gente y bajarme en la estación de Museo, donde sabía que se quedarían más personas.
Mientras estaba inmerso en el flujo de gente, pensé en todos los fluidos que recorren día a día el cuerpo: sangre, ácidos estomacales, flemas, linfa, líquido cefalorraquídeo, etc. Vi/ olí a las personas a mi alrededor, nadando como los peces en una escena de Buscando a Nemo cuando intentan escapar de los pescadores, y recordé que todos somos pequeñas células de un tejido social, en un cuerpo sin órganos, este tumor amorfo que llamamos civilización. “Un cuerpo no está vacío. Está lleno de otros cuerpos, pedazos, órganos, piezas, tejidos, rótulas, anillos, tubos, palancas y fuelles. También está lleno de sí mismo: es todo lo que es” (Nancy 2011, 13).
Un gran porcentaje de las células de nuestro cuerpo no son humanas, son bacterias, hongos y otros microorganismos —como la flora intestinal o las bacterias en boca y saliva— con los que hemos formado una relación simbiótica sin la cual no podríamos existir. Sobre nuestra piel viven una infinidad de seres microscópicos, toda clase de bacterias, virus y ácaros que se pasean sobre nosotros, entran en nuestros ojos, orejas o nariz si nos rascamos. Si soy honesto no sé qué función cumplan.
¿Estará consciente la ciudad de todos los pequeños seres que nos paseamos por sus calles?
¿De todos esos pequeños bichitos que formamos la macrobiota contaminante que la recorre? ¿Tendrá la ciudad un espíritu capaz de sentir a quienes la habitamos y transformamos su territorio? ¿Seremos pulgas que viven en su cuero cabelludo y le hacen rascarse día tras día? ¿O seremos más bien ácaros tan pequeños que ni siquiera somos perceptibles en su dermis seca y rota?
Los andenes de la ciudad, cuando hay andenes, están rotos, fragmentados, enlodados. Cada mañana paso por un polvero o un barrial —dependiendo de si llovió o no la noche anterior— para pararme a esperar el bus que me lleva a clase. Ayer, por la 68, mientras me devolvía al taller, desde la casa de la amiga que odiaría la pintura kitsch de mi memoria, volví a ver los enormes huecos de las obras sin fin que perforan y suturan la piel de la ciudad. Bogotá es una obra eterna.
Mientras viajo en el bus, mi mente sigue a la deriva, delineando trazos en carboncillo, amasando arcilla o haciendo papeles reciclados; pieles nuevas sobre las cuales intentaré plasmar aquellas ideas que he olvidado durante el transporte.
Miro mi piel, la verdad no tengo tantas cicatrices, la mayoría son de descaches con bisturíes, con navajas, con un cortaúñas —quitándome un hongo del brazo—, con una prensa de grabado y la vez que me accidenté en la bicicleta y me clavé el disco de los cambios en la pierna. Pero, en realidad, la mayor cantidad de marcas son las estrías en mis axilas y mis caderas, consecuencia de las pérdidas y ganancias de peso a los doce, catorce, dieciséis y dieciocho años.
Tras la operación del pecho de mi mejor amigo, una de sus cicatrices, la del pezón izquierdo, le encapsuló un vello que está encarnado a perpetuidad. Ahora, cada tantas semanas tiene que drenarse el pus que secreta su vello siempre encarnado. Cada seis meses —súmale o réstale una semana hábil— se arranca el vello villano, reiniciando un ciclo de secreciones corporales. Andar por Bogotá, en especial en temporada de lluvia, es jugar un juego de azar y estrategia: saltar entre escupebaldosas, rogando que ninguna secrete su pus, marrón y espeso, en tu zapato. Agua que alguna vez fue limpia, ahora untada de la inmundicia enconada bajo la piel de la ciudad, que nunca se acaba de limpiar de la bota del pantalón. Infección que, si no supura, se seca como un signo invisible de nuestro paso por el mundo.
El día que salgo de casa y no voy a la Nacional, sino al centro, a la Javeriana, a la 26, o a quién sabe dónde, paso el puente frente al edificio donde vivo, evitando el barrial de polvo
—que queda en la NQS— y salto de baldosa en baldosa la propaganda del partido MIRA que me dice dónde no pisar para no tragarme el agua mugrienta de la lluvia de anoche.
Bogotá es de los dibujos más chonetos que conozco. Ha crecido cual teratoma, ignorando instrucción o intuición. En mis constantes derivas por su tez tatuada, comencé a encontrar pequeños pedazos de basura, que para mí eran más que basura, y los he recolectado desde entonces. Entre estos pedazos de calle que intento resignificar en mi praxis, están los que llaman ojo de gato (paupérrimo nombre), esos pequeños baches reflectores que delimitan el borde de donde deben andar los vehículos.
Ahora, en mis búsquedas de equilibrio, balanceo cerámicas sobre estos pedacitos del cadáver vivo de la ciudad, mientras se me ocurren más formas de integrarlos en las imá-genes que creo.
Aparte de los piercings y las cicatrices de la ciudad, sus paredes están llenas de colores tatuados, temporalmente con carteles pegados con engrudo o, de manera más permanente, con grafitis y murales que aguardan ser rayados por otros grafiteros, o a que alguien mande a pintar esa pared que se ve muy fea con ese “millitos te amo” o “santafecito tu papá”.
Una vez en las noticias de la noche, dijeron que un artista internacional, especializado en hacer mímesis de espacios con cuerpo por medio del maquillaje y el body paint, venía a Bogotá a camuflarse con tres grafitis de la ciudad. Mis padres, con repelús conservador, comentaron que, “con tantas cosas tan bonitas de la ciudad, por qué tenía que venir a mostrar los grafitis”, o algo así. Yo, para no sobresalir en la conversación, asentí silencioso, mientras me decía a mí mismo que ojalá alguno de esos grafitis quedara cerca de mi casa para poder ver al man tomando sus fotos vestido de pared rayada.
Mi primer tatuaje me lo hice en un estudio frente a un parque por la cientonosequé, y el segundo también. Recuerdo los nervios que tenía de que se me dañaran, los nervios que tenía de que mi madre los viera —hoy en día ya ni se da cuenta de cuando me tatúo sino hasta meses después; en pandemia, encerrados los dos, viéndonos las caras todos los días, duró de marzo a octubre en ver los dos tattoos que me había hecho antes de que llegara el encierro—. Pero desde esa primera vez quedé condenado a querer tatuarme todo el tiempo.
Al entrar a estudiar Artes en la universidad, me volví conejillo de Indias de algunos de esos pelagatos alternix que comienzan a tatuar. Una noche de mucho ron en la casa de una compañera, un amigo había llevado su máquina de tatuar, él comenzó a hacerle puntos a todo el mundo —como es un punko de los bien higiénicos, cambiamos de aguja de per-sona en persona—. Me hizo dos puntitos en la muñeca derecha, yo cogí la máquina y una regla, y me hice una raya en la pierna con un ebrio intento de una x en un extremo. No sé muy bien por qué lo hice, pero ya no hay vuelta atrás, ahora cargo con eso y, la verdad, así esté todo choneto, me gusta.
Axila
Que día estaba caminando por Chapinero, yendo de Hippies a Lourdes, con la tarea de escribir este texto dando vueltas en mi cabeza. Tenía la metáfora del cuerpo de Bogotá y pensé en qué parte del cuerpo sería Chapi. “Una axila”, no cupo duda en mí: tras pasar por el enésimo bar cerrado —porque eran las nueve de la mañana—, evitar las bolsas de basura que bloquean el andén —como Snorlax en un juego de Pokemón—, ver a la señora abriendo una sex shop —o una panadería— y taparme la nariz porque el olor a orina y mugre era demasiado potente. Sí, Chapinero es la axila de Bogotá, erógeno y oloroso.
De niño y adolescente odiaba mis axilas. En la infancia porque eran un punto débil, era muy cosquilludo —lo sigo siendo—; en ese entonces, si pataneaba o peleaba con alguien, la forma más fácil de ganarme y enojarme era presionando esos botones de piel, llenos de talco, que me hacían convulsionar de risa. En la pubertad, las odiaba por su ausencia de pelos, veía a mis compañeros, más hormonales, más desarrollados; a los actores de veinte, treinta o cuarenta años que interpretaban adolescentes en las series y películas de Hollywood; a los protagonistas del porno (pornogonistas) y me preguntaba por qué ellos sí tendrían vello y yo no. Luego me empezó a salir y lo detesté, porque era demasiado y no era suficiente, me afeitaba de vez en cuando, pero odiaba cómo me veía. Parecía la piel de un durazno viejo y arrugado que lleva meses en la nevera, o la rodilla de mi abuelo. Y si lo dejaba crecer era peor, una mota mona de pelitos delgados que no eran —como diría mi madre— ni fu ni fa.
Volviendo a la geografía por un momento:
Chapinero es uno de los barrios más antiguos de Bogotá. A finales del siglo XIX empezó a expandirse como parte del crecimiento urbano. Por entonces, las familias adineradas usaban los cerros del oriente como lugar de descanso: levantaron quintas con jardines, construyeron iglesias, y más tarde llegó el tranvía. Se trazaron barrios elegantes junto a quebradas como Las Delicias. (Botero 2025, 147)
Hoy en día ese barrio pipirisnais creció tanto que se volvió en otro de esos mundos que, como localidad, encapsula una gran diversidad de barrios, calles y cuadras, como la monstruosidad frankenstainana que es esta ciudad. Más al norte están las zonas más elegantes y gomelas: El Chicó, El Nogal, Los Rosales, Quinta Camacho; luego está chapi-centro, chapi-ñero —para los clasistas—, chapi-guei —para lxs homófobxs—. Es uno de esos centros que encapsula a una gran variedad de seres extraños, artísticos y alternos —junto con Santafé, La Candelaria y Teusaquillo—. Algo entre el odorífero erotismo nos pone como colibríes ante la flor lamiendo el néctar de su axila.
El corazón de esa localidad-planetaria no es una estrella brillante, sino un agujero negro que mantiene el calor de las formas de vida que sostiene sin irradiar luz, sino por la mera fuerza termodinámica del movimiento que ejerce. Poniendo a orbitar pulsiones destructivas que digieren la realidad y la descomponen para que los enjambres tornasolados de seres medio artísticos intentemos crear prismas con las motas de sus ombligos, para —ojalá—decir algo que tenga el mínimo de pertinencia.
Hay espacios, axilas, si se quiere, donde una energía caótica causa revueltas en esos colibríes —bien sean niños vestidos de marca o punkos de los que se peinan con jabón Rey— y propicia encuentros inesperados en sus parques y baños públicos. Contagiándonos de ideas y mugres que atentan contra la santidad de dios y patria, que tanto proclaman en palacios e iglesias. “Las enfermedades infecciosas con tacha sexual siempre inspiran miedo al contagio fácil y provocan curiosas fantasías de transmisión por vías no venéreas en lugares públicos” (Sontag 2003, 55). Todos estamos enfermitos de inspiración artística, así no sepamos qué hacer con ella.
No estoy diciendo que Chapinero sea el único lugar así, solo es un ejemplo de muchos espacios que transitan entre el lugar y el no lugar, donde los bordes del mundo se vuelven difusos, en especial al caminar a las tres de la mañana. Tampoco es mi espacio favorito, lo fue durante años, me sentía como un turista fascinado por su desorden, pero ahora me desespera su ruido. Sin embargo, los síntomas de esta localidad hacen un eco de las enfermedades psicosociales que agobian los cuerpos enfermos de modernidad.
Aorta (arterias iliacas comunes)
“Cuerpo tocado, tocante, frágil, vulnerable, siempre cambiante, huidizo, inasible, evanescente ante la caricia o el golpe, cuerpo sin corteza, pobre piel tendida en una caverna donde flota nuestra sombra” (Nancy 2011, 33). Dependiendo de cómo se mire, la NQS nace en la calle 1, cuando se transforma de la autopista Sur a la carrera 30 —aunque podría argumentarse que la S en NQS se refiere precisamente a la autosur—, atraviesa la ciudad corriendo hacia el norte hasta que desemboca en la calle 170 para llegar a la autonorte. Si la 7 es la arteria que llega a la cabeza, la NQS es aquella que se bifurca para llegar a los pies. Cuando íbamos a la finca de mi abuelo, cada fin de semana, puente, Semana Santa y vacación, salíamos por la 30 hasta llegar a la 13 y salir de Bogotá camino a Nilo —a menos que tuviéramos que pasar por mi padre al aeropuerto, ahí el viaje cambiaba un poquito, pero el resultado era el mismo—. La finca del abuelo tenía siete habitaciones, que se volvieron seis cuando tumbamos la pared que separaba la nuestra con la de mi tío Mauricio para que no tuvieran que entrar por el corredor de atrás —donde arañas, alacranes y espantos reinaban en las noches—.
Siempre que nos devolvíamos, el viaje era de cuatro, seis u ocho horas de trancón, subiendo mientras mi mamá y mis tías aprovechaban, cuando nos tocaba parar en plena carretera, para subir los pies que estaban hinchados de tanto retener líquidos. Mientras mis primos y yo nos bajábamos de los carros a echar chisme de por qué se habían dete-nido los carros.
La 30 era también la que comunicaba con la casa de quien fue mi mejor amigo en la época del colegio, a quien llamaré el Biólogo. El Biólogo vivía con su madre —profesora de Arte del colegio— y su padre cerca de la Lotería de Bogotá en la 26 con 30. Lo más fácil para llegar es bajarse en la estación de AV El Dorado por la NQS o en la de Concejo de Bogotá por la avenida El Dorado.
El Biólogo y yo fuimos amigos desde los cuatro años, casi hasta los veinte. De niño me quedaba a dormir en su casa cada vez que podía. Si estábamos solos dormíamos en su cuarto, pero si íbamos en manada hacíamos cama franca en la sala, sacando cuanta colchoneta y cojín nos encontráramos para poder dormir frente al televisor. Aparato en el que conocí al Fantastic Mr. Fox, a todas las películas de Ghibli, a los Beatles y su Yellow Submarine, y en el cual nos repetíamos quien sabe cuánta cantidad de películas del Blockbuster o de la colección infinita de películas piratas de su padre.
Cada noche era una aventura diferente, nos quedábamos despiertos hasta la hora que los niños consideren que es muy tarde, dibujando, jugando, leyendo. Los domingos nos despertábamos a seguir dibujando hasta que nos llamaran a ayudar con el desayuno, nos atragantábamos con la comida para poder aprovechar todo el tiempo que pudiéramos antes de que me recogieran.
A medida que fui creciendo la vía aorta se volvió un canal alterno, transitaba más por la 7 que por la 30, y cada lugar que quedara sobre esta me parecía un planeta demasiado lejano como para llegar a él. Sin embargo, la vida es una espiral y me devolvió a la NQS con el posgrado en la Nacional, siendo esta el camino más directo desde la casa de mi madre. Salgo cada mañana a coger el T11 o alguno de esos monstruos de metal y esmog que me llevan empacado como salchicha a las seis de la mañana.
Intento salir temprano para ganarle al colesterol que tranca la calle en hora pico, vencer los coágulos y trombos que trancan las arterias de la ciudad. En el SITP soy menos que un glóbulo rojo transitando por el cuerpo citadino. Aun así, imagino, veo por la ventana y disfrazo la realidad percibida por mis ojos, la relleno de imaginación, de fantasía. Intento memorizar todo lo que los daimones me susurran entre las pestañas. Pero sus palabras me desbordan, me superan, me hacen ínfimo y tribal. Así que me dejo llevar por los sueños de la vigilia hasta que veo algo en una esquina, un paradero o un caño, que me saca a la realidad. Bien sea un hurto, una riña, un chuzo, una manoseada, un accidente, o cualquiera de esas violencias cotidianas que me hacen pensar que quizás somos menos que glóbu-los porque, en realidad, no deberíamos estar aquí, somos un virus que infecta el mismo cuerpo social que conformamos. Una carga autoinmune, causa de su propia destrucción.
Más grosera es la metáfora que sobrevive aún en los cursos de sanidad pública, donde habitualmente se describe la enfermedad como una invasora de la socie-dad, y a los esfuerzos por reducir la mortalidad de una determinada enfermedad se los denomina pelea, lucha, guerra. (Sontag 2003, 47)
Vello corporal
¿Para qué escribimos? Llenamos nuestras pieles de sensaciones, de marcas. Ya mencioné los tatuajes y las estrías que me atacan la piel, como en un libro de Georges Bataille donde el dolor da lugar a un éxtasis divino. La humanidad siempre ha tenido la pulsión de dejar una marca que diga “yo estuve aquí”, desde las cuevas en Francia y España, hasta los petroglifos de Chiribiquete y las Líneas de Nazca. Hay algo que nos hace querer grabar en el rostro del mundo una prueba de nuestra existencia.
Aun así, entre las pinturas y estatuas que dejamos en la peña desnuda, crecen las plantas, el órgano sensible del mundo. La maleza se enreda, los matorrales brotan de la tierra y echan raíces, a veces tapando los tatuajes como en el cráneo del ex-skinhead que se arrepintió de la esvástica que tiene tatuada en la coronilla, la cual se revelará cuando la calvicie lo ataque a los cuarenta. Hay veces que las plantas se demoran en retomar el territorio que por designio es suyo, pero igual por lento que sea el pasto crece entre el asfalto para que lo acaricie el viento.
Igual entre la ciudad se encuentran parches de bello que la maquinara de depilación urbanista no alcanza a derrochar, o por torpeza en sus cuchillas o por decreto de mantener el jardín bonito —como diría Žižek—. Pienso en la dicotomía entre parques y espacios de reserva/ preservación —humedales y quebradas—. Mirando el Simón Bolívar, lugar invadido por ácaros y nuestra basura, que por más que lo limpien seguirá siendo un espacio.
Por otro lado, están humedales como el Córdoba —espacio previamente propicio para gloriosos encuentros obscenos—, a donde solo se puede entrar con permiso e invitación en un intento de preservación y recuperación de su flora y fauna; se ha vuelto un microrrefugio —microcosmos de calma— para aves, peces e insectos que retornan desde el continente americano hacia Abya Yala. Sin embargo, la mugre se filtra, en el polvo, en el aire, en la vista de los gigantes de ladrillo que lo rodean y en el ruido que se cuela.
Están también las quebradas: el río Molinos, la quebrada La Vieja, el río San Francisco, Tunjuelo, Arzobispo, etc. Que no importa cuán protegidos estén por la empresa de Acueducto de Bogotá, cuando bajan del oriente están condenados a ser canalizados, a llenarse de basura, orina, y otros horrores. Hasta terminar de nuevo en manos del acueducto —aunque no siempre— en las plantas de tratamiento antes de desembocar en las aguas negras del río Bogotá.
La piel de la ciudad termina irritada, reseca y sucia. Sus poros abiertos y llenos de basura. Entrando al humedal Jaboque, al lado del puente de Guadua de la 80, se encuentran cúmulos de bolsas de basura, cuyos contenidos se extienden bien al interior de las aguas ahí contenidas. Tinguas y coquitos vuelan y se posan indiscriminadamente sobre rocas y hierbas, latas y matorrales.
Tendemos a ver el vello que sale en nuestro cuerpo como un vestigio de nuestro pasado evolutivo, que puede ser estético o incómodo, dependiendo de cómo se mantenga y quién lo mire. Pero, lejos de ser solo el recuerdo de la piel de los simios que fuimos y somos, es parte del órgano más sensible: la piel. Es lo primero que se estimula en la nuca cuando sopla el viento, cuando estamos asustados o excitados. Es lo que hizo que Amparito Grisales se erizara en Yo me llamo y lo que realmente nos pone “piel de gallina” cuando tenemos una sensación o emoción suficientemente fuerte. Es aquello que se excita con los bajos del bafle en el concierto como tocado por una lengua de sonido que recorre el cuerpo.
La piel siente, vive en el reino de las percepciones. Los vellos presienten el mundo, se anticipan a los hechos y traducen el lenguaje de las fuerzas sutiles más allá de la percepción. Los vellos salen de lo profundo de nuestros poros, están enraizados con las capas más interiores de nuestra dermis. Como las flores que rompen el concreto y tejen sus raíces en lo profundo del manto terrestre. Mandan señales directamente a nuestro sistema nervioso y nos alertan del mundo antes, incluso, que la piel misma.
Hay algo de devoción en hacerse daño: devoción estética del momento cuando me depilo los testículos, devoción religiosa o espiritual cuando los monjes se afeitan las cabezas. Intervenir el cuerpo del espacio que habitamos: página, cama, habitación, apartamento, inmueble, calle, barrio, ciudad, campo y mundo —siguiendo a Perec, 2001—, debería ser un acto igual de devoto. Bien sea en honor a los troncos cortados para hacer el papel donde serán impresas palabras y dibujos, o por remembranza del espíritu del mundo al que se le escurren las lágrimas cuando le arrancamos un árbol del bozo. Cada grafiti, edificio, (contra)monumento y paso que se da en la calle ojalá se hiciera con la misma dedicación con la que se da una caricia entre las sábanas.
Así cuando el vello verde del mundo vuelva a nacer, rompiendo las losas de asfalto y los tubos del acueducto, dando paso a nuevos ríos y páramos para que los antiguos dioses reclamen el mundo, puedan encontrar nuestros fósiles como ofrendas en el altar más primordial y no como ofensas contra el orden natural de las cosas.
Y se hizo agua
para tocar la geografía
de los cuerpos.
Para juntarse con la noche.
Para provocar temblores a la tierra.
Para que
gima,
agua.
Hasta en azul:
su sombra derramada. (Manglar 2025, 20)
Con Daniela —Manglar— hemos hablado en ocasiones de cómo canalizar voces que no sean propias en el arte. No es que sea la primera vez que esto sucede en los mundos de la creación: Hildegarda canalizaba a su dios. Un ejemplo más contemporáneo sería el cantante argentino Milo J que, en su último álbum, habla de lo que llama “no sentirse propio” y de cantar historias de otros: espíritus, fantasmas, recuerdos y desconocidos. Independientemente de que creas o no en los seres sutiles y metafísicos, cada artista termina por canalizar el espíritu de su época (el zeitgeist benjaminiano). No podemos hacer otra cosa que responder a los sucesos que atentan contra la vulnerabilidad del mundo: Félix González-Torres, Käthe Kollwitz, Wislawa Szymborska, entre otros. Bien sea a nivel personal o individual solo nos queda hurgar en el ombligo del mundo, y ya que (la mayoría de nosotros —artistas—) no somos médicos ni curanderos, únicamente podemos apuntar al síntoma para que otros vean la carne negra.
En últimas, creo que escribimos, en especial quienes nos hacemos llamar artistas, porque “nada nos asemeja más a Dios que la palabra escrita” (Parra Sandoval 2024, 79). Porque no nos podemos quedar de brazos cruzados sin por lo menos intentar zurcir la herida del mundo imperfecto fuera del Edén.
Sistema linfático
Se me olvida que las palabras que uso no son mías, las primeras me las dieron mis padres entre llantos y canciones, otras las he robado de las lenguas de mis amantes, de los consejos que ignoro de mis amigos, de las canciones en CD y en Spotify, del viento en el camino, de los recuerdos que invento y de todo —o casi todo— lo que he leído.
Cuando era niño tuve una pesadilla mitológica. Había leído el mito griego donde el monstruo Tifón le quitaba los tendones al rey de los dioses, Zeus, para que este no lo derrotara. Recuerdo soñar que alguien me quitaba los nervios, me hacía un hueco en el talón izquierdo y me los sacaba como enrollando espagueti. Luego, mis amigos, para devolverme a la vida tenían que cortar mi cuerpo en dos en un plano coronal y volver a colocarme el sistema nervioso para unirme como un sánduche. Me despertaba sudando, no recuerdo gritar por ese sueño, solo sentir una incomodidad que recorría mi cuerpo.
Años más tarde, cuando a una de mis tías le dio cáncer de seno, después del tratamiento de quimio y radio, me contó que tenía que hacerse unos exámenes y que, dependiendo de cómo salieran, lo más probable era que tuvieran que extirparle los ganglios que se conectan desde el seno derecho hasta sus dedos. Cuando pregunté cómo se hacía el procedimiento, recordé el sueño que había tenido varias veces en mi infancia. Solo imagi-naba a mi tía sedada, semidesnuda en una mesa de cirugías, desgonzada a merced de la cuchilla de un cirujano que jalaba esa parte de su sistema linfático, como si fuera espagueti con albóndigas. Todavía me dan espasmos pensando en eso.
“El ciclo de agua en la montaña es el mismo en un cuerpo […]. El agua que va y viene, que bebo y transpiro, ‘esa es otra corriente’” (Lema 2025, 89). Aprendiendo de la existencia de este otro circuito que desconocía de nuestros cuerpos, pensé en los ríos de Bogotá: los ganglios como nódulos, lagunas o humedales donde el agua se deposita antes de seguir su curso por el sistema de vasos que llevan la linfa picha de la ciudad, llena de mugre y pena al río Bogotá. Recuerdo una vez que un amigo de mi padre me montó en una avioneta para tomar fotos —fotos que hasta donde sé he perdido—. Nunca se me va a olvidar ver el río Magdalena, verde, marrón y enorme, chocarse con la desembocadura negra y llena de espuma del río Bogotá. El año pasado en un viaje con amigos nos desviamos de la vía que nos llevaría a nuestro destino y terminamos en el parador del salto del Tequendama, donde la misma espuma jabonosa le daba un aspecto mágico al mismo río de porquería.
Me pregunto si habrá que extirpar los ríos de la ciudad para limpiarlos, parar el flujo del río Molinos, del Arzobispo o del Tunjuelo para lavarlo con el mismo jabón Rey del pelo de los punks hasta que las manos se nos caigan de tanto refregar. Extirpar la mugre como lo iban a hacer con los ganglios —que al final no fueron cancerígenos— de mi tía.
Esta ciudad de ciudades siempre ha estado construida por el agua:
Para los muiscas, estas piedras eran sagradas. Subían hasta aquí para agradecer el agua, a pedir equilibrio, a reconectarse con la tierra. Traían ofrendas, vasijas de barro (moyas) que llenaban con agua, medicinas, semillas o pequeños tesoros y las depositaban en los huecos de las rocas. (Botero 2025, 153)
Una vez paseando por Usaquén con un amigo —el mismo del vello enquistado— nos topamos con una piedra enorme en un parque pequeño. Esta, en su costado, tenía un montón de líneas, marcas, surcos… que indicaban caminos fluyendo por su superficie. Mi amigo me mencionó que eso era un mapa del territorio, una huella hecha por el tiempo y la tierra, una suerte de autorretrato del terreno donde estaban dibujados los surcos para marcar los caminos del agua por la sabana.
Recuerdo la leyenda de cuando Jiménez de Quesada llegó al territorio que hoy llamamos Bogotá, en ese entonces Bacatá —Mykytá o Kihichá, tierra de siembra, labranza de la sabana o camino a pie en lenguas muyscas; Saravia 2021—, e intento imaginar lo que debió haber visto: un tejido de ríos. Entramado de agua y campos de cultivo que me recuerda el mito griego en el que el semidiós Heracles cambia el cauce de un río para limpiar unos establos en una tarde. Solo que aquí el cauce del río no se cambiaba, sino que se trabajaba con él para nutrir la tierra y con eso nutrir a las gentes.
Aun así, Gonzalito decidió fundar nuestra ciudad en medio del territorio de los zipas y los zaques, entre la tierra de la luna y el páramo más grande del país —y si no estoy mal del planeta, pero no se fíen de mi palabra—. Un par de años más tarde, arquitectos y urbanistas decidieron volver a encauzar los ríos que quedaban entre los humedales cercados y los rellenos sanitarios con los famosos caños que vemos hoy en día. Volviéndolos poco más que parte del sistema de alcantarillado de la ciudad.
En la medicina china, saben que en el sistema linfático hay más de un centro energético, que la linfa que corre por nuestro alcantarillado distribuye la fuerza vital por nuestros órganos y músculos. Como el sistema de tranvía que fue extirpado a punta de violencia o el sistema de metro que es más promesa que realidad —así esté pronto a ser una promesa real—.
El centro de una ciudad no solo la define como lugar geográfico y en cierta medida antropológico, sino también como no lugar, puesto que a medida que la ciudad va creciendo, el centro va abandonando su condición de lugar […] porque cada vez se habita menos y se visita más: las permanencias en el centro suelen ser más temporales y precisas: asistir a una misa, comprar algo o ir a tomarse una foto. (Mesa 2025, 25)
Esta linfa humana que somos se ve forzada a moverse por canales injertados de manera artificial sobre placas de concreto que no terminan de fraguar sobre el terreno siempre húmedo. Quizá la linfa no sea el testaferro vial que transporta humanos a las oficinas como bovinos en los camiones —o militares en los camiones—, sino el intricado sistema de tuberías que se esconde bajo el asfalto en bóvedas ignotas —umbraculares—, y aquellos sistemas de transporte sean como los glóbulos que mueven más que solo oxígeno de un lado a otro en el cuerpo. Recuerdo la imaginación que tuve de mi tía en cirugía y pienso que quizá para acabar con nuestro cáncer sea necesario replantearnos el uso que damos al agua, para que esta dermis urbana, tan cansada de sostenernos, pueda rejuvenecer sin necesidad de inyectarse plasma.
Pienso entonces en el cerebro de los pulpos. En ese núcleo central (Alcaldía Mayor) que se extiende por el sistema nervioso hasta las puntas de los tentáculos (alcaldías locales), tanto que cada tentáculo puede llegar a pensar por sí mismo y tomar decisiones sin consultarle al cerebro central.
Releyendo Especies de espacios de Perec (2001) para usar citas en este escrito, me puse a buscar a Bogotá entre la ciudad descrita en el capítulo de “La calle”. Hay similitudes entre la ciudad que camino y la que está descrita en el texto: la numeración de las calles y la nomenclatura de los inmuebles, por ejemplo. Pero algo en mi imaginación creaba una distancia enorme entre la ciudad parisina de Perec y aquella que está al otro lado de la portería del edificio donde escribo. Sentía el encuentro de dos cuerpos que no sabían cómo no incomodarse: el texto de Perec era un espejo empañado y cóncavo que refleja una Bogotacita, como a los mismos señores que construyeron sus casas campestres en el Chapinero de antaño les hubiera encantado que fuera la ciudad. El modelo de ciudad del flâneur que no seguimos —para bien o para mal— por el crecimiento descontrolado de la urbe capitalina.
El cáncer hace proliferar las células; con el sida, las células mueren. (Sontag 2003, 51)
La fantasía del lugar fundado e incesantemente refundador no es sino una semifantasía. Ante todo, funciona bien o, mejor dicho, ha funcionado bien: las tierras fueron valorizadas, la naturaleza fue domesticada, la reproducción de las generaciones, asegurada; en este sentido los dioses del terruño lo protegieron bien. (Augé 1992, 52-53)
El sueño conjunto de Colón, Jiménez de Quesada y Bolívar es cuestionado por la fractura posmoderna de los ideales de egalité, fraternité et liberté, que se ven distorsionados en esta nación de libertad y orden. Donde se muestra que la libertad es de aquellos pocos a quienes Dios Padre les sonríe y no de los que realmente componen los callos del talón de la patria.
Pero de nuevo, como pasaba en las axilas de la ciudad, el caos social se vuelve potencia creativa, la disonancia entre las muchas cabezas, la falta de pertenencia a este mons-truo-metrópoli, ciudad de todos y de nadie. Un río sucio puede ser una invitación a imaginar maneras de limpiarlo o soñar sociedades que nunca ensuciarían sus ríos, para empezar.
Camino con las montañas a la izquierda y el sol poniéndose a la derecha. Subo al supuesto chorro mítico de la fundación de Bogotá —a donde no he vuelto en años— y veo los recuerdos de tantos ires y venires, derivas acompañadas de amigos, enemigos o de viento y soledad.
When I look back on my life it’s not that I don’t want to see things exactly as they happened, it’s just that I prefer to remember them in an artistic way. And truthfu-lly the lie of it all is much more honest because, I invented it […]. It’s sort of like my past is an unfinished painting and as the artist of that painting I must fill in all the ugly holes and make it beautiful again. It’s not that I’ve been dishonest, it’s just that I loathe reality. (Lady Gaga 2011)
Órganos y chacras
Cada que me propongo escribir algún texto en el cual deba expresar una idea, argumento u opinión de manera explícita y más académica —no que haya escrito muchos—, lo primero que hago es crear dos archivos: uno con la posible estructura —ya que lo primero que me llega suele ser la forma que quiero que tenga el texto— y otro que lleno de posibles citas textuales de otros autores. Me ha pasado con los ensayos para la maestría, o para otras latitudes de mi escritura, que solo quisiera entregar ese entramado de voces de otros autores. Recuerdo las prácticas de posfotografía que se preguntaban: ¿para qué seguir tomando fotos en un mundo tan sobresaturado de imágenes? Y yo me hago una pregunta similar: ¿para qué poner mi voz en un mundo tan descrito por otros textos?
Aun así, escribo, estudio una Maestría en Escrituras Creativas, lleno cuadernos y archivos de Drive con cadenas de palabras tras palabras tras palabras. Intento construir un tejido semántico-estético con mis propios pensamientos, dispuestos de manera —mayorita-riamente— lineal para el deleite y tortura de quien escoja leerme.
Acabado el boceto de esquema, lo relleno de citas, pensando en dónde podrían ir bien, como intentando acomodar los órganos en un recién nacido. Para luego excretar mis propios pensamientos, dándole carnita a ese cuerpo, buscando tendones y ligamentos que unan esos textos impropios a los que saco de ese grifo de verborrea que he abierto en mis dedos. “El cuerpo puede volverse hablante, pensante, sonante, imaginante. Todo el tiempo siente algo. Siente todo lo que es corporal. Siente las pieles y las piedras, los metales, las hierbas, las aguas y las llamas. No para de sentir” (Nancy 2011, 15).
Todo queda envuelto alrededor de una columna invisible que está atravesada por centros energéticos que recorren desde la coronilla al coxis. No encuentro una correlación uno a uno entre las siete piscinas energéticas y los espacios de la anatomía geográfica de la ciudad. Claro, siempre hay analogías posibles: el tercer ojo y los centros de pensamiento, universidades, templos o espacios de meditación; el chakra del viento y el corazón con parques y espacios verdes; el plexo solar con humedales, restaurantes, el corrientazo de la esquina y la oficina del psicólogo; el chakra sacro con moteles, estudios de artistas, casas culturales y rumbeaderos densos. Pero todo esto se queda corto, solo una lista de datos curiosos, pandos en significado. Es mejor entender estos centros energéticos como lugares de confluencia, donde las células espirituales se acumulan y transitan: TransMilenio, iglesias, catedrales, basílicas y templos; plazas y alcaldías locales que quedan como órbitas congeladas alrededor de la plaza de Bolívar y la Alcaldía Mayor, etc.
Una cosa que quisiera hacer algún día —y más pronto que tarde— es estudiar cómo funciona la acupuntura china —entendiendo que viene de una tradición separada de la noción de los chakras—, ver cómo se relaciona la dimensión energética y biológica del cuerpo —bioenergética—. De pronto así, viendo fluir los ríos de energía por la ciudad, mis ideas estarían más ordenadas y podría ser más claro.
Escribo: trazo palabras sobre una página. Letra a letra, un texto se forma, se afirma, se consolida, se fija, cuaja: una línea estrictamente horizontal se deposita sobre la hoja blanca, ennegrece el espacio virgen, le da un sentido, lo vectoriza: de izquierda a derecha, de arriba abajo. (Perec 2001, 29-30)
Este texto creció como lo ha hecho Bogotá, había un plan inicial que llegaba hasta la 72, pero, con la venta y división de las parcelas de don Pepe Sierra, el crecimiento desaforado de sus barrios, la migración constante que llevó a integrar a los mal llamados barrios de invasión y la absorción de municipios aledaños, el plan fue insuficiente para contener las dimensiones de la ciudad-galaxia-tumor.
Solo me queda seguir escribiendo, esperando que algo en este texto logre encontrar el confort que me traen los paseos entre el caos de la ciudad, la contemplación de los paseos entre palabras que desbordan de mis dedos mientras sigo oyendo en mis audífonos una voz que dice: “Amor, no llores, veo luz en tus males / Siguiéndote el corazón, bailando en un canto de zorzales” (Milo J, 2025).
Ano
Escribiendo este texto caí en la cuenta de que, en realidad, eran tres escritos en uno, trenzados, juntos: uno sobre mi cuerpo que escribe, otro sobre Bogotá como un cuerpo vivo y un cuerpo que habita esta ciudad tan caótica. Nació así esto que ni es artículo, ni ficción, ni crónica. Más bien otra de esas concatenaciones de palabras defecadas por vías del teclado de mi computador en crisis.
Una claridad que me dio trenzar esos temas fue que el eje central del escrito sería el cuerpo, los cuerpos. Cuerpos de escritura. Un ser hecho de palabras, con una anatomía como estructura base, con ideas a manera de órganos y palabras como músculos y tendones.
La escritura es entonces el resultado de un proceso de digestión del mundo, un vómito de palabras a medio rumiar. Ideas que esperan cobrar sentido al ser inyectadas en el cuerpo de un lector que acabe de digerirlas.
El vómito se expulsa por la boca, es aquello que el cuerpo se negó a digerir. La mierda es lo que queda, lo que sobra y no fue digerido. De pronto sigo escribiendo porque las palabras me incomodan y, si logro que incomoden a alguien más, logré encontrarle un lugar a lo que no fue integrado en el cuerpo propio. Pero puede ser más que eso.
En alquimia se habla de una máxima en latín: in sterquiliniis invenitur —en la inmundicia será encontrada—. Traducida literalmente sterquiliniis está relacionada con estiércol. Esto tiene que ver con algunas medidas de temperatura que se usaban antes de la estandarización de los sistemas Celsius y Kelvin. Se instruía, para encontrar la piedra filosofal o los huevos de basilisco, dejar los menjurjes adecuados cierta cantidad de tiempo al calor del estiércol de un caballo o una vaca.
En la finca de mi abuelo, era común ver el popó seco de las vacas entre los potreros. Después de cierto tiempo ya les perdía el asco a esas plastas secas, pisarlas con mis botas de caucho era extrañamente satisfactorio. Quizá debamos encontrar nuevas formas de relacionarnos con la inmundicia al fondo de los ríos para poder entender cómo limpiarlos. Encontrar un deleite freudiano en revolcarse en el estiércol del cual se saca la piedra filosofal.
Siempre se pueden buscar otras vías para digerir las ideas que no queremos tragar. Caminos profanos, impropios de los hombrecitos de bien del patriarcado, marcados por la escarcha de las prácticas de las que no se habla en la mesa de la abuela. En últimas, los dioses pusieron muy cerca las puertas del cielo y del infierno. Ver la salida del cuerpo como una entrada al placer puede ofrecer una apertura distinta a las lecturas del mundo.
REFERENCIAS
Augé, Marc. 1993. Los no lugares, espacios del anonimato: Una antropología de la sobremodernidad. Gedisa.
Botero, Isabel. 2025. “Las piedras cantan”. En Bogotá y Medellín contadas. Idartes. https://idartesencasa.gov.co/literatura/libros/bogota-y-medellin-contadas.
Lady Gaga. 2011. Marry the Night. [Video]. Interscope. https://www.dailymotion.com/video/x35aygq.
Lema, Paula Camila. 2025. “Fuego y viento en la montaña”. En Bogotá y Medellín contadas, 75-110. Idartes. https://idartesencasa.gov.co/literatura/libros/bogota-y-medellin-contadas.
Manglar, Daniela. 2025. Si la tierra fuera sal. Corazón de Lobo.
Más Cultura. 2026. “Eduardo Galeano en un mar de fueguitos”. https://mascultura.mx/eduardo-galeano-en-un-mar-de-fueguitos/.
Mesa, Gilmer. 2025. “La bogotanidad: Retales mínimos de una megaciudad”. En Bogotá y Medellín contadas. Idartes. https://idartesencasa.gov.co/literatura/libros/bogota-y-medellin-contadas.
Milo J. 2025. “Niño”. En La vida era más corta. [Video]. Sony.
Nancy, Jean-Luc. 2011. 58 indicios sobre el cuerpo: Extensión del alma. La Cebra.
Parra Sandoval, Rodrigo. 2024. Voto de tinieblas: La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna. Fondo de Cultura Económica.
Perec, Georges. 2001. Especies de espacios. Montesinos.
Saravia, Facundo Manuel. 2021. Diccionario muisca español-español muisca. https://www.zaquenzipa.org/ewExternalFiles/diccionariomuisca.pdf.
Sontag, Susan. 2003. La enfermedad y sus metáforas. El sida y sus metáforas. Taurus.
Notas
*
Artículo de reflexión.
Información adicional
CÓMO CITAR: Montoya Saldarriaga, Martín. 2026. “Cuerpo de texto:
Excreciones y secreciones de palabras derivadas del cuerpo herido”. Cuadernos de Música, Artes Visuales y Artes
Escénicas 21 (2): 18-35. https://doi.org/10.11144/javeriana.mavae21-2.ctch