Detrás de la máscara del dcceporte: desafíos epistemológicos para su conocimiento *
Behind the Mask of Sport: Epistemological Challenges to Our Understanding of It
Thomas F. Carter
, Rafael Bruno Mogni
Detrás de la máscara del dcceporte: desafíos epistemológicos para su conocimiento *
Papel Político, vol. 31, 2026
Pontificia Universidad Javeriana
Thomas F. Carter a ethnocuba@yahoo.com
Departamento de Antropología y Estudios de Desarrollo, Universidad de Johannesburg, Sudáfrica
Rafael Bruno Mogni
Centro Universitario Regional del Este (CURE), Universidad de la República, Uruguay
Recibido: 8 diciembre 2025
Aceptado: 11 marzo 2026
Publicado: 25 agosto 2026
Resumen:
En este artículo proponemos una reorientación sustantiva del estudio del deporte dentro del campo de las ciencias sociales. Sostenemos que aquello que se denomina deporte opera, en realidad, como una máscara ideológica: una ficción reificada que oculta las relaciones de poder, los mecanismos de regulación y las condiciones institucionales que estructuran las prácticas lúdicas contemporáneas. El problema central no radica en la ausencia de investigaciones, sino en que la gran mayoría se ha enfocado en los efectos del deporte y en sus implicancias sociales, económicas, identitarias o políticas, sin abordar lo que el deporte es en sí mismo ni cómo se constituye. Argumentamos que la investigación contemporánea, incluso aquella crítica, tiende a reproducir el gran mito del deporte, clasificando casos sin producir conceptos analíticos transferibles ni cuestionar la ideología que legitima al sistema deportivo. Esto ha generado un “coleccionismo” descriptivo que poco contribuye a comprender el fenómeno. Concluimos que avanzar en los estudios del deporte requiere analizar empíricamente el sistema deportivo como institución social, al examinar cómo este organiza, regula y normaliza el juego en la modernidad, para así abandonar la aceptación acrítica de la máscara que el propio deporte proyecta.
Palabras clave:antropología, ideología, institución social, conocimiento, ciencias sociales, teoría.
Abstract:
In this article, we propose a substantive reorientation of the study of sport within the social sciences. We argue that what is commonly called “sport” operates as an ideological mask, a reified fiction that hides the power relations, regulatory mechanisms, and institutional conditions that structure contemporary ludic practices. The central problem is not a lack of research, but rather that most studies have focused on the effects of sport, its social, economic, identity-related or political implications, without addressing what sport is in itself or how it is constituted. We contend that contemporary research, including critical scholarship, tends to reproduce the Great Myth of sport, classifying empirical cases without generating transferable analytical concepts or questioning the ideology that legitimizes the sporting system. This has produced a form of descriptive “collecting” that contributes little to our understanding of the phenomenon. We conclude that moving forward requires empirically studying the sporting system as a social institution, examining how it organizes, regulates and normalizes play in modernity, and abandoning the uncritical acceptance of the mask that sport itself projects.
Keywords: Anthropology, Ideology, Social Institution, Knowledge, Social Sciences, Theory.
Introducción
Recién en la última década el deporte ha comenzado a ser tomado en serio como objeto ontológico de investigación dentro de la antropología. Una razón significativa por la cual el estudio del deporte no ha producido hasta ahora un concepto teórico capaz de aplicarse más allá de su ámbito específico es que quienes investigan el deporte están demasiado ocupados clasificando sus variaciones, al punto que rara vez se comparan estudios de caso. Este artículo plantea la necesidad de una reorientación del estudio del deporte en el ámbito de las ciencias sociales, al tiempo que argumenta que los antropólogos están particularmente bien situados para encabezar dicho proceso. Hasta ahora, quienes se han dedicado al estudio del deporte han tendido a aplicar conceptos y teorías provenientes del análisis de otras instituciones sociales. Mientras que el campo no logre generar conceptos o metodologías transferibles a otros ámbitos de las ciencias sociales, el deporte difícilmente será reconocido como objeto de estudio relevante fuera de su propio universo. El concepto de cultura ―que fue ignorado por el resto de las disciplinas durante décadas― hoy resulta omnipresente tanto en las ciencias sociales como en el lenguaje común, incluso cuando la antropología en gran medida ha dejado de emplearlo como objeto ontológico de explicación (Rosaldo, 1989; Nugent y Shore, 1997). La etnografía también se ha vuelto una práctica extendida como “método” en múltiples campos interdisciplinarios y en diversas disciplinas de las ciencias sociales, puesto que en realidad se trata de una metodología, no de un simple método (Carter, 2018). Vale la pena decir que tanto la cultura como la etnografía han sufrido transformaciones al atravesar las fronteras disciplinares; sin embargo, el hecho de que ambos conceptos sean fácilmente identificables en una variedad de disciplinas y campos dentro de las artes, las humanidades y las ciencias sociales da cuenta de la capacidad de la antropología para afrontar el desafío que aquí se plantea.
Una de las principales razones por las que resulta tan difícil delimitar el deporte es que se trata de una ficción reificada que oculta las relaciones de poder que impulsan la actividad social. Inspirado en el artículo iconoclasta de Philip Abrams (1988) sobre el estudio del Estado, el desafío de estudiar el deporte es paralelo y comparable al de este. La idea del deporte se constituye como un objeto reificado que, supuestamente, puede ser utilizado para analizar otras cuestiones sociales relevantes más allá del propio ámbito deportivo, por ejemplo, la conocida idea del “deporte como reflejo de la sociedad”. Sin embargo, es también un objeto que es producto del mismo sistema que lo genera. Sostenemos en este artículo que gran parte de lo que suele pasar por estudio del deporte no es, en rigor, el estudio del deporte en sí, sino el análisis de los efectos del deporte, precisamente porque los conceptos analíticos utilizados para investigarlo son productos cosificados del mismo sistema ideológico que se genera en el deporte y no herramientas objetivas de indagación. Esta sugerencia guarda relación con la pregunta que formula Mitchell (2002) sobre si es posible explicar el poder del capitalismo global sin atribuirle al capital una lógica y coherencia que en realidad no tiene y sin recurrir a términos que no hagan más que reproducir su propia visión del mundo. Siguiendo la lógica de Abrams (1988) sobre el Estado, el deporte no es la realidad que se esconde detrás de la máscara de la práctica deportiva: el deporte es, en sí mismo, la máscara que nos impide ver la práctica deportiva tal como es. Existe “un nexo palpable entre práctica y estructura institucional, centrado en la gobernanza y, en mayor o menor medida, unificado y dominante en cualquier sociedad dada” (Abrams, 1988, p. 59 1 ), que podemos denominar sistema deportivo. Existe también una idea de deporte, proyectada, difundida y creída de manera diversa en distintas sociedades y momentos históricos, a la que podemos llamar la ideología del deporte. Esta idea de deporte es peculiar, ya que condiciona el tipo de preguntas que incluso los pensadores críticos se atreven a formular sobre aquel. Hace casi cincuenta años, Pierre Bourdieu invitaba a los científicos sociales a reflexionar sobre cómo y por qué surgió una definición social distintivamente moderna del deporte a fines del siglo XIX y durante el siglo XX. Este autor sostenía que el deporte nunca ha sido una empresa neutral ni objetiva, sino que ha sido “un objeto de luchas, en las que lo que está en juego es la capacidad monopólica de imponer la definición legítima de la práctica deportiva y el funcionamiento legítimo de la actividad deportiva” (Bourdieu, 1978, p. 826). 2 De acuerdo con lo anterior, sostenemos que el deporte resulta ser la capacidad de imponer la definición y el funcionamiento de la actividad lúdica.
Entonces, la base para el estudio del deporte no debería situarse en el análisis del deporte en sí mismo, sino en los efectos que emergen de la interacción entre el sistema deportivo y la idea de deporte. Esto implica volver sobre el punto de partida de la investigación: el deporte no puede ser reducido a las definiciones producidas por las propias instituciones interesadas en fijar sentidos funcionales a sus fines (Guedes, 1977; Alabarces, 2000; Monteagudo y Puig, 2004). En lugar de ello, es necesario considerarlo como una institución social. En esta línea, se ha señalado que el deporte puede entenderse como la institucionalización del juego (play) y del juego reglado (game) (Coakley y Pike, 2014).
Como proceso, la institucionalización del juego libre y de los juegos reglados implica necesariamente la creación de instituciones. Si bien los historiadores se ocupan de estudiar el surgimiento de distintas instituciones, el proceso mismo por el cual el juego se institucionaliza no suele ser objeto de atención, incluso cuando está ocurriendo en este mismo momento. Sin embargo, no hemos visto que nadie discuta lo que esto significa para la producción de conocimiento académico sobre el deporte.
Nuestro planteamiento se sitúa en otro nivel analítico: no se trata de describir el deporte en calidad de práctica o ámbito institucionalizado, sino de problematizarlo como una forma específica de institución social moderna. Desde esta perspectiva, el deporte no aparece como una “cosa”, sino como un proceso social. Precisamente, la tendencia a objetivarlo constituye una de las limitaciones más persistentes en la producción académica sobre el tema.
En consecuencia, este artículo examina la máscara que constituye el deporte, así como la producción investigativa que la reifica, en tres partes. La primera parte se centra en la propia máscara: una que oculta y que, precisamente por ese ocultamiento, hace posible conocer ciertas cosas sobre quien la porta, mientras que otras permanecen ocultas. Sostener que el deporte es una máscara y no la realidad que hay detrás de ella implica que lo que creemos saber sobre el deporte es, en realidad, aquello que la máscara muestra, y no la realidad subyacente. Esta máscara condiciona el tipo de preguntas que se plantean sobre el deporte y, en consecuencia, el tipo de conocimiento que se produce al respecto. En síntesis, tanto lo que sabemos sobre el deporte como lo que la investigación en ciencias sociales ha producido en torno a nuestro conocimiento sobre el deporte se ven directamente obstaculizados por esta máscara.
La segunda parte de este artículo examina lo que hay detrás de la máscara: la realidad del deporte como institución social. Conviene precisar que las instituciones sociales son elementos de la sociedad humana que se encuentran de manera universal o casi universal a lo largo del tiempo y del espacio, en la medida en que estas contribuyen a organizar y estructurar la vida y la interacción humanas. Cabe aclarar que no nos referimos aquí a las diversas instituciones de gobernanza, económicas o culturales que contribuyen a conformar, regular y modelar el deporte. Eso es algo evidente, dado que por supuesto existen en la actualidad. Nuestro argumento apunta, más bien, a que el deporte es una institución social emergente, la más reciente de todas las instituciones sociales surgidas en la historia de la humanidad, y que ello tiene consecuencias particulares sobre la manera en que entendemos el mundo y sobre cómo las personas le dan sentido a sus propias experiencias. La tercera parte de este artículo sostiene que es necesario replantear el estudio del deporte reconociendo explícitamente que se trata de una institución social. Esto implica considerar de manera concreta lo que eso significa en relación con la vida humana en sus aspectos más fundamentales. De esta forma, explicaremos qué implica este reconocimiento para nuestra comprensión del deporte y nuestro argumento a favor de la necesidad de estudios más focalizados y explícitos sobre el sistema deportivo que abarca esta institución social.
El deporte como una máscara
Un caso reciente y sumamente ilustrativo sobre nuestro argumento evidencia la necesidad de repensar cómo interrogamos aquello que denominamos deporte. El 26 de marzo de 2025 se celebró en Inglaterra un debate público en el marco de la inminente conmemoración anual del Día Internacional del Deporte para el Desarrollo y la Paz (6 de abril). Organizado por la Secretaría de la Commonwealth y Commonwealth Sport, el Noveno Debate de la Commonwealth sobre Deporte y Desarrollo Sostenible convocó a los panelistas a discutir sobre la siguiente proposición: “Preservar los juegos tradicionales honra la identidad cultural, pero representa una distracción frente a las exigencias orientadas al futuro de los deportes modernos” (The Commonwealth, 2025). 3
Dos sólidos equipos de especialistas debatieron los méritos del deporte tradicional y del deporte moderno. Ambos coincidieron en que el deporte posee un enorme potencial para unir e inspirar a las comunidades. En una contienda reñida y tras una prolongada deliberación, los jueces determinaron que el equipo defensor de los deportes modernos resultó ganador del debate. (The Commonwealth, 2025). 4
Resulta asombroso que pueda plantearse siquiera una idea de este tipo, dado su absoluto desprecio por todo lo que no sea el “deporte moderno”. Lo que subyace a toda la proposición es una evidente falta de comprensión histórica y una aceptación irreflexiva de la ideología del deporte. A estos panelistas se les convocó a debatir en torno a una perspectiva que, en sí misma, reproduce una visión del mundo plenamente colonialista. Afirmar que el “deporte tradicional” es una distracción frente a la orientación hacia el futuro del “deporte moderno” implica, de manera directa, considerar que los “deportes tradicionales” son reliquias del pasado, carentes de relevancia actual, y que tales “deportes” son estáticos, así como que quienes los practican no estarían orientados hacia el futuro. El hecho de que muchos de estos llamados “deportes tradicionales” sigan practicándose en la actualidad es una prueba de la orientación hacia el futuro de sus practicantes, tanto hoy como a lo largo de los últimos cuatro siglos, tiempo durante los cuales las autoridades coloniales intentaron erradicar estas prácticas y borrar cualquier conocimiento sobre ellas (Fernández et al., 2008). La mencionada proposición y el evento que la rodea constituyen una continuidad de las lógicas y discursos imperialistas del siglo XXI que se emplearon para justificar la dominación del Imperio británico sobre gran parte del mundo. En términos simples, esta perspectiva posiciona a los “deportes tradicionales” como formas evolutivamente extintas, remanentes de un pasado, de una cultura y de unos pueblos ya muertos. Al desplazarlos del presente, resulta sencillo clasificarlos como prácticas “no modernas” y negar que sigan teniendo vidas culturales activas y significativas en comunidades modernas y dinámicas.
La ideología casi hegemónica del deporte se da por sentada y se asume como verdadera en todas partes. La idea de que “el deporte es un lenguaje universal” (una parábola repetida hasta el cansancio que no resiste el análisis etnográfico) y la afirmación de que “el deporte es bueno” son dos de los mantras dogmáticos centrales que se repiten acríticamente. Como sostuvo Stef Reid, excampeona mundial paralímpica, durante el debate:
El deporte aporta muchas cosas buenas a la sociedad, pero solo puede hacerlo si logra encontrarse con las personas allí donde están. Y la modernización es necesaria para llegar a la gente, porque mantiene al deporte relevante y accesible. 5 (The Commonwealth, 2025)
En definitiva, el mensaje subyacente es que, si las personas no son “modernizadas” mediante el deporte, este permanece fuera de su alcance y, peor aún, carece de sentido para sus vidas, salvo que sus comunidades y formas de vida también se adapten a la modernidad. Según lo anterior, sin modernidad, el deporte resulta irrelevante. Entonces, ¿por qué la gente debería “necesitar” el deporte?
El hecho de que en este evento se hayan formulado afirmaciones irreflexivas basadas en una proposición sobre el “deporte tradicional” y el “deporte moderno” plantea interrogantes importantes acerca de lo que realmente sabemos sobre el deporte y sobre la producción académica en torno a este. Estas afirmaciones tan despreocupadas son una evidencia de que el deporte no es una fuerza benigna o neutral al servicio del bien, sino una herramienta política explícita, portadora de una ideología tan extendida que se repite como una verdad incuestionable. Por ejemplo, esta situación quedó absolutamente expuesta en la Declaración de la Commonwealth sobre Reconciliación y Asociación con los Pueblos Indígenas de 2024. En dicha declaración se afirmó que
de acuerdo con el Artículo 2 de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, las partes firmantes de esta declaración se comprometen a participar en un proceso para definir el camino a seguir, respetando, protegiendo y promoviendo los derechos y oportunidades de los Pueblos Indígenas a través del deporte y, en particular, mediante la planificación y ejecución de un legado en los Juegos de la Commonwealth y los eventos deportivos de la Commonwealth. 6 (Commonwealth Games Federation, 2024)
Al vincular la Declaración de la ONU con los Juegos de la Commonwealth, se establece la expectativa de que las partes involucradas “promuevan los beneficios holísticos del deporte para los Pueblos Indígenas, en términos físicos, culturales, espirituales, mentales y de habilidades para la vida”. Sin embargo, lo que se observa es que la “protección” de los derechos de los pueblos indígenas se plantea, paradójicamente, a partir de la eliminación de sus propios juegos. De lo anterior se deduce que algunos juegos y actividades califican como deporte, pero los juegos indígenas no lo harían. Esto implica claramente que el deporte sería algo ajeno a los pueblos indígenas y que este sería un “beneficio” que estos recibirían únicamente en la medida en que se “modernicen”, es decir, en la medida en que se vuelvan “civilizados”, “modernos” o “desarrollados” (Guttmann, 1996; Mangan, 1985). Esta lógica es consistente con el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando tanto las colonias actuales como las excolonias eran objeto de proyectos de “modernización” o “desarrollo” (Gruneau, 2017). Además, el hecho de que la modernización de los pueblos indígenas, mediante la adopción de ciertos deportes, oriente la planificación y realización de los juegos y eventos deportivos de la Commonwealth revela claramente el sentido de esta supuesta beneficencia del deporte en un mundo que se proclama poscolonial y globalizado.
El deporte, sin lugar a dudas, se ha vuelto un fenómeno globalmente omnipresente (e incluso invasivo) y, tanto la ONU como los gobiernos nacionales, lo han utilizado como herramienta para el desarrollo de la educación y de la salud, la lucha contra la pobreza, la promoción de la equidad, la construcción de la paz, la reducción y la prevención de la violencia, así como para impulsar iniciativas económicas y ambientales. Se lo presenta, de hecho, como el instrumento ideal para perseguir o incluso alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU, que todos los Estados miembros deberían cumplir para 2030 (United Nations, 2015).
Es una realidad que millones de personas consumen espectáculos como los Juegos Olímpicos o el Mundial de la FIFA, masificados por las innovaciones en tecnologías de la comunicación de las últimas décadas. Al mismo tiempo, corporaciones transnacionales como Nike y Adidas han logrado insertarse económica y simbólicamente en prácticamente todos los rincones del planeta, al punto que resulta un lugar común afirmar que “todo el mundo sabe lo que es el deporte”.
El deporte, tal como se lo reconoce ampliamente, es entretenimiento, negocio, ocio y diversión y, en muchos casos, constituye por sí solo una realidad social, o al menos así se presenta. Sin embargo, el deporte no es una realidad social en sí, sino una máscara que oculta las verdaderas condiciones y prácticas que lo constituyen. Esta máscara es tan eficaz que no solo instala “verdades” comúnmente aceptadas sobre el deporte, sino que estas son legitimadas y reforzadas por “expertos” que contribuyen a sostener esa misma fachada.
Si aceptamos que el deporte funciona como una máscara, es imprescindible preguntarse de qué está hecha y, sobre todo, qué es lo que logra ocultar, si es que realmente hay algo detrás. La forma en que intentemos despojar al deporte de esa máscara puede permitirnos acceder a aspectos distintos, pero relacionados, de la realidad que produce el propio sistema deportivo, en oposición a la vida ficticia que genera la máscara.
El deporte surge como una fuerza estructurante dentro de la práctica política, pues su existencia comienza como un constructo implícito. Posteriormente, se reifica, se convierte en res publica (en una reificación pública) y adquiere una identidad simbólica cada vez más separada de la práctica, hasta convertirse en un relato ilusorio de esa misma práctica. La función ideológica del deporte se extiende hasta tal punto que conservadores, radicales, fascistas, comunistas y demagogos, por igual, actúan convencidos de que su práctica no está dirigida directamente contra sus adversarios, sino que, a través del deporte, logran justificar y difundir sus propias ideas. En este terreno, el mundo de la ilusión termina imponiéndose sobre la realidad (Hoberman, 1984).
La invención y el crecimiento de la olimpiada moderna ilustran claramente este punto (MacAloon, 1984). El deporte suele confundirse con espectáculos de actividades físicas vinculadas a un supuesto patrimonio cultural, situadas en pasados imaginados cuando ciertos juegos se presentaban principalmente como entretenimiento. Durante siglos, los juegos han sido utilizados como diversión para élites, monarquías o incluso para los “públicos” o las “masas”. La semejanza de estos espectáculos con el deporte entendido como competencia ritual revela que se trata de auténticas puestas en escena cosmológicas, al estilo de las antiguas olimpiadas y de otros festivales griegos que involucraban competencias físicas, los espectáculos de gladiadores en el Imperio romano, las carreras de carros en el Imperio bizantino e incluso los juegos mesoamericanos practicados en los imperios azteca y maya (Valvanis, 2004; Futrell, 1997; Cameron, 1976; Scarborough y Wilson, 1993).
A la vez, los espectáculos públicos de destreza física y hazañas no son simples vestigios de épocas pasadas, sino que siguen siendo formas de entretenimiento vivas y, a menudo, polémicas en la actualidad. El debate en torno a las corridas de toros o a los castells (torres humanas catalanas) son solo dos ejemplos entre muchos otros (Douglass, 1997; Marvin, 1994; Vaczi, 2023). Por su lado, la aparición de lo que hoy se denomina deportes de estilo de vida en el siglo XXI introduce nuevas disputas sobre cómo se debe definir y comprender el deporte (Wheaton, 2013). Los intentos de incorporar el surf, el snowboard, el skateboarding, la escalada, el break dance y el parkour al ámbito olímpico en las últimas dos décadas son un ejemplo claro de estos procesos de transformación del juego en deporte. En todos estos casos, vemos cómo diversas formas de actividad física son estructuradas a partir de la invención, aplicación e imposición de un sistema que encapsula y, en cierta medida, domestica la fuerza creativa y generativa de esas prácticas. Competiciones, juegos, espectáculos y performances no son deporte en sí mismos, sino que son elementos que pasan a formar parte del sistema deportivo. Todas estas prácticas han existido y existen fuera y al margen de cualquier elemento propio del sistema deportivo. Sin embargo, el deporte se presenta ante nosotros como uno de los aspectos más benignos de la vida humana. Esta idea se impone con tal fuerza que, quizá, la característica más importante del deporte sea que constituye un supuesto interés común de la sociedad; aunque lo fundamental aquí es que ese interés es, en última instancia, ilusorio.
En consecuencia, estamos en el terreno del mito. Es ese gran mito del deporte el que, como un canto de sirena, atrae irresistiblemente a quienes lo escuchan. La melodía, repetida una y otra vez, seduce a todos los oídos. El gran mito del deporte sostiene que este es inherentemente bueno (Coakley, 2015). Esa supuesta bondad se funda en los valores que se le atribuyen: justicia, equidad, trabajo en equipo, disciplina y meritocracia; todos estos han estado asociados a las cualidades ejemplares del caballero victoriano. La lógica de este mito continúa así: dado que el deporte es, por naturaleza, bueno, quienes participan en él también lo son y, consecuentemente, esos valores serían rasgos personales de quienes practican deporte. Esta falsa osmosis avanza un paso más: si las personas involucradas en el deporte son inherentemente buenas, entonces, sus prácticas también lo son. Y no solo sus prácticas: los efectos de esas prácticas serían, inevitable e inalterablemente, “buenos”.
En otras palabras, el deporte aparece como un fenómeno ideológico. Al utilizar el término ideología, no estamos sugiriendo que se trate simplemente de ideas “falsas” que puedan ser contrastadas con otras “verdaderas”. Más bien, entendemos la ideología como un proceso social mediante el cual las formas simbólicas y su producción pueden ser vistas como instrumentos al servicio de intereses creados y de relaciones de poder y de dominación (Comaroff y Comaroff, 1991). Cuando una ideología alcanza tal nivel de penetración, impregnando todos los aspectos de la vida social hasta ser aceptada como algo obvio y sus postulados centrales se vuelven incuestionables, se convierte en hegemónica. Ahora bien, esa hegemonía es siempre frágil y requiere de una reafirmación constante y ajustes permanentes; no obstante, quienes dependen de la mantención de esa visión hegemónica (por tener sus intereses legitimados en ese discurso) trabajan sin descanso para sostenerla (Gramsci, 1971). El deporte puede entenderse como un dispositivo a través del cual se legitima la sujeción (Thompson, 1991), en la medida en que este presenta el poder institucionalizado en una forma que, a la vez, resulta integrada y aislada. Al cumplir con ambas condiciones, genera una base aceptable para la aquiescencia mediante la reificación, que en su nivel más básico consiste en confundir relaciones y representaciones humanas socialmente construidas con un mundo de “cosas” que parece objetivo. El deporte construye su propio relato, tanto con sus instituciones (el sistema deportivo) como a través de la idea del deporte como fuerza benévola, al hablar de cohesión, propósito, autonomía, interés común y moralidad. Pero lo hace sin decirnos nada sobre la verdadera naturaleza, el significado o las funciones de esas instituciones ni sobre las relaciones de poder que existen dentro de ellas o entre ellas.
El deporte como una institución social
En su mayoría, las instituciones sociales son universales humanos. Y la respuesta a si el deporte puede considerarse un universal humano es que, por ahora, no lo es. El deporte está en proceso de convertirse en una institución social, de volverse universal. Otras instituciones sociales han existido durante milenios: la religión, la educación, el intercambio, el parentesco, la política. Todas ellas son anteriores a la modernidad.
El deporte es, entonces, la más reciente y la primera institución social verdaderamente moderna, en el sentido de que aparece por primera vez en la vida humana durante la era moderna. El trabajo de los historiadores del deporte lo deja en evidencia, aun cuando rastrean los antecedentes del deporte moderno y reconocen la existencia de otras formas de actividad social que incorporan prácticas físicas corporales y espectáculos que se le asemejan, pero que no constituían un deporte como tal.
Quienes investigan la presencia de formas tempranas de deporte en la documentación histórica y en la evidencia arqueológica suelen señalar los aspectos rituales y los espectáculos de desempeño físico en distintas partes del mundo (Besnier et al., 2018). Sin embargo, estas historias, con demasiada frecuencia, buscan o presentan evidencias basadas en nociones modernas de deporte aplicadas a formas precedentes de juego y prácticas lúdicas que estaban insertas en otras instituciones sociales (Guttmann, 1978; Kyle y Stark, 1989). En ese sentido, estos investigadores evalúan tales actividades físicas y espectáculos a partir de ideas contemporáneas de “deporte”, en lugar de considerar las cosmovisiones en las que dichas prácticas tenían lugar.
Las demostraciones físicas de destreza, por sí solas, no constituyen deporte. Tampoco el hecho de incorporar la competencia a esas demostraciones convierte automáticamente tales actos en deporte, aunque hoy resulte casi imposible imaginarlo sin la competencia en su núcleo. La competencia es un valor incrustado en el deporte, pero existía mucho antes (y más allá) de la invención del deporte (Hopkinson y Zidaru, 2022). Los registros etnográficos e históricos ofrecen ejemplos de prácticas que no se basan en la competencia, sino en otros valores sociales centrales, como la belleza, el equilibrio, la cooperación o la equidad (Maybury-Lewis, 1992; Mentore, 2005). Rituales comunitarios de este tipo requieren habilidades físicas, pero no son representativos ni del sistema deportivo ni de la idea de deporte. Son, en esencia, otra cosa. La multiplicidad de rituales, ceremonias, representaciones y otros actos sociales que demandan destrezas físicas controladas y deliberadas demuestra que no son los actos físicos en sí mismos los que constituyen el deporte.
Ni el entrenamiento físico del cuerpo ni los espectáculos derivados de esas actuaciones equivalen, en sentido estricto, al deporte. El deporte es otra cosa. Es una forma incipiente de institución social; se encuentra en proceso de convertirse en una institución social.
Buena parte de la historia temprana de la antropología se dedicó a clasificar las diversas formas en que nos organizamos en grupos, a partir de la combinación de estas instituciones sociales en lo que se denominó culturas. Por ejemplo, la religión se centra en la creencia; la educación, en el conocimiento; la familia, en la reproducción; la economía, en el intercambio, y la política, en la toma de decisiones. A lo largo de los milenios, los seres humanos han inventado cada una de ellas, en sus múltiples formas, para atender una o más necesidades sociales básicas. Todas las instituciones sociales que hemos creado establecen reglas y restricciones para satisfacer esas necesidades humanas fundamentales. Y todas ellas son anteriores a la modernidad. Ya hablemos de religión, educación, economía (no del comercio o el mercado) o de política (no del gobierno o el Estado), la mayoría de las instituciones sociales cumplen la función de organizar la vida social.
Las instituciones sociales son aquellas formas de organización humana que pueden encontrarse en cualquier lugar del mundo y que satisfacen una necesidad social básica. Por supuesto, existen necesidades biológicas fundamentales: alimentación, vestimenta, refugio, sueño y un entorno adecuado para obtener todo ello. Pero también existen necesidades sociales básicas, específicas de nuestra especie, que en conjunto moldean aquello que nos hace humanos. Por ello, somos animales sociales: no podemos llegar a ser plenamente humanos en un aislamiento individual (Center on the Developing Child at Harvard University, 2012). Necesitamos entrar en contacto con otros miembros de nuestra especie, lo que no implica que tales relaciones sean necesariamente afirmativas o positivas, pero el contacto con otros es indispensable.
En conjunto, en cada una de las instituciones sociales operan varios procesos que contribuyen a que nos convirtamos en humanos. Estos son aprender, compartir, reproducir y jugar. Generamos conocimiento sobre nosotros mismos, sobre los demás y sobre nuestros mundos. También compartimos ese conocimiento entre los miembros del grupo y lo transmitimos a las generaciones futuras. Lo que aprendemos, por supuesto, puede estar sujeto a restricciones, pero el aprendizaje constituye información organizada y compartida. Aprendemos de nuestros mayores cómo vivir y compartir. Como animales sociales, compartimos todo. Ciertamente, restringimos el acceso a diversas cosas, el sexo, la comida, el agua, la muerte, la vida, el conocimiento y todas las mercancías, pero esas restricciones limitan el compartir con algunos y no con otros. Al hacerlo, reproducimos compartiendo, tanto biológica como socialmente. Al compartir nuestro aprendizaje, reproducimos conocimientos y habilidades sobre todo lo que concierne a nuestro mundo y a lo que implica ser humanos. Una de las formas centrales de aprender es a través del juego.
En términos simples, jugar es crear y confrontar la propia existencia; por ello, el juego constituye una forma fundamental de interactuar con el mundo. Esa capacidad lo vuelve sumamente peligroso para quienes detentan el poder. Ya se trate de dioses o de humanos, el juego crea seres singulares, comunidades, sociedades, mundos enteros e incluso universos (Boellstorff, 2008; Fine, 1983; Handelman y Shulman, 1997; Nardi, 2010). Aun cuando el juego invoca marcos ficticios, con valores y posibilidades potencialmente diferentes de la realidad empírica, las realidades y actualidades de los seres emergen a través del poder creativo del juego (Puett, 2016). Aquí, lo “ficticio” alude a las cualidades inventadas del juego y no implica un juicio de falsedad. Las ficciones (re)escenificadas como vida real producen las historias sobre las que se sustentan las relaciones y la sociedad en su conjunto, haciendo del juego uno de los procesos dinámicos mediante los cuales se crea la vida social misma.
Sin limitaciones impuestas (ya sea de forma autónoma o externa), quienes participan del juego pueden imaginar qué tipo de ser son, qué cualidades poseen y cómo son o podrían ser sus mundos. En consecuencia, el juego abre la posibilidad de transformar la propia existencia, de cuestionar por qué la vida social es como actualmente la vivimos y, a partir de ello, de imaginar alternativas a las condiciones presentes de existencia. En última instancia, el juego abre la puerta a un horizonte ilimitado de posibilidades.
Si en el juego todo es posible, entonces, surge la percepción de que es necesario establecer limitaciones cuando se lo lleva a cabo. Para mantenerlo acotado, se imponen reglas y restricciones que gobiernan sus posibilidades, sus formas de realización y sus actividades. Sea cual sea su origen (autoimpuestas o externas), las reglas y restricciones no solo limitan las actividades, sino también las potencialidades; en particular, las reglas y restricciones al juego están ahí para acotar la creatividad que el juego estimula, genera y manifiesta.
Los actos creativos son actividades humanas que transforman prácticas existentes de un modo que individuos o grupos consideran valioso. Las actividades que inducen creatividad suelen ser apartadas en esferas especiales de acción y, luego, integradas en ámbitos más mundanos de la vida cotidiana, ya que la creatividad frecuentemente redefine los límites de las instituciones, las prácticas y las relaciones (Rosaldo et al., 1993). El juego, como práctica creativa, estipula sus propios límites y ámbitos permeables (Bateson, 1972); sin embargo, estas realidades múltiples son escurridizas, porosas y plenas de creatividad. Y es precisamente eso lo que hace que el juego resulte peligroso.
El peligro del juego suele enmascararse o disimularse al decir que es divertido, voluntario, una actividad de ocio o efímera. En realidad, el disfrute que puede surgir al jugar, y que no está garantizado, se encuentra muchas veces arraigado en asumir riesgos, en “jugar con fuego”, en adentrarse en terrenos desconocidos o en invertir procedimientos y jerarquías aceptadas (Schechner, 1988).
El peligro que asumimos en el juego no es necesariamente voluntario. No siempre elegimos ni aceptamos formar parte del juego de otro. Ser usado como pieza en el juego ajeno (es decir, ser reducido a un objeto para los fines de otra persona) revela la flexibilidad de la relación sujeto-objeto que caracteriza al juego. Quienes juegan actúan sobre objetos que pueden ser casi cualquier cosa, imaginaria o material: objetos inanimados, animales o personas. Puede tratarse del propio cuerpo, de otros niños, de una piedra, de una función social, de hormigas en el suelo, de un cachorro, de piezas de un juego o de una rama de árbol. Son objetos con los que el jugador interactúa en calidad de elementos del juego.
Comprender que el juego no es necesariamente consensuado ―y mucho menos divertido― para quien ocupa el lugar de objeto en esa interacción lúdica es algo que con frecuencia se pasa por alto (Trammell, 2023). Un niño que, por ejemplo, utiliza una lupa para incendiar hormigas en la vereda está jugando con esos seres vivos como objetos sobre los que puede actuar, y claramente les está causando daño. Infligir dolor y sufrimiento puede, sin duda, formar parte de lo lúdico para un torturador, y no es extraño decir que “juega” con sus víctimas (Scarry, 1985).
Puede parecer extremo equiparar el juego con la producción de dolor y trauma, pero aquel puede recordarnos constantemente lo fácil que resulta menospreciar y deshumanizar a otros. Suele ser malinterpretado porque su conceptualización acostumbra a pasar por alto la dimensión ideológica de la relación sujeto-objeto (Duncan, 1988).
El juego surge de la relación entre uno mismo y los otros, incluso cuando ese “otro” es una versión imaginada de uno mismo o un mundo entero. Nos recuerda que la subjetividad y la condición de persona son frágiles y están siempre sujetas a negociación. Cuando el juego involucra a dos o más personas que interactúan lúdicamente, cada una juega con el objeto del juego y, al mismo tiempo, es el objeto con el que juega la otra dentro del mismo contexto.
El juego plantea nuevas formas de comprender cómo son las cosas y cómo podrían ser. En este sentido, constituye un modo de pensar y de hablar sobre la posibilidad de generar cambios a través de la creación de realidades alternativas y efímeras. En ese sentido, esa relación sujeto-objeto abre un espacio para una ambigüedad considerable.
Estas cualidades emergentes, (auto)generativas y ambiguas del jugar (play) (el juego libre) son la razón de ser de los juegos reglados (games), que se fundamentan en limitar las posibles contingencias del juego libre. Al menos en sus inicios, parecen trazar con claridad un conjunto de acciones posibles, acordadas de antemano, que reducen las incertidumbres propias del juego libre mediante un orden ilusorio de estipulaciones consensuadas, las cuales restringen las posibilidades a unas pocas potencialidades, idealmente anticipadas y, en el mejor de los casos, conocidas. Proveen reglas predefinidas que constriñen a los jugadores a un conjunto limitado de acciones, actitudes y resultados dentro de ese mundo de juego reglado (Malaby, 2007).
En los juegos experienciales (como Dungeons and Dragons y otros juegos de rol de mesa) no existen vencedores ni competencia. Sin embargo, sus parámetros, aunque establecidos de manera laxa, definen qué actos de juego serán aceptados y cuáles no. Las reglas, en este caso, son abiertas y negociables, y los resultados dependen por completo de las decisiones que tomen los jugadores, sin predeterminación alguna (Bowman, 2010).
Evidentemente, este tipo de juegos reglados no están tan constreñidos como aquellos basados en la competencia. Los juegos competitivos no solo restringen las acciones posibles, sino que también delimitan los resultados potenciales de ese juego limitado; es decir, hay un ganador y uno o varios perdedores, conforme a los parámetros previamente acordados. Comenzar un juego competitivo implica aceptar un conjunto de acciones restrictivas que producirán resultados esperados al final de la partida, determinados antes de que ésta comience.
Sea cual sea el juego reglado, este restringe las posibilidades de ser y devenir a través del juego libre y, al limitar los posibles resultados, reduce las formas en que los sujetos y sus mundos pueden ser imaginados y realizados. Las conductas con lógica de juego reglado suelen ser celebradas como transparentes y predecibles, especialmente por las autoridades, justamente porque esa transparencia y previsibilidad son limitantes y están limitadas (Graeber, 2015).
Las reglas ofrecen una apariencia de orden a un mundo que, de otro modo, sería caótico, y son los propios jugadores quienes determinan ese orden. Quién establece esas reglas, en interés de quién se establecen y quién las hace cumplir son factores que configuran los parámetros y posibilidades del juego libre dentro del marco del juego reglado. Estas son, en esencia, cuestiones de poder que conducen a la aparición del deporte como institución social. El desarrollo, la estandarización y la concreción de todas estas reglas y normativas se promocionan como una forma de libertad que, en realidad, restringe el potencial creativo del juego libre. La imposición adicional de regulaciones sobre el juego reglado y otras formas de actividad lúdica proviene de un temor tácito hacia el juego, precisamente por la creatividad inherente a la actividad lúdica.
Resulta completamente funcional a los intereses de quienes detentan el poder garantizar que sus principios básicos de existencia sean aceptados sin cuestionamientos. En consecuencia, el deporte puede entenderse como la organización y regulación deliberada y focalizada del juego humano.
Las actividades (en su mayoría, juegos reglados) que el deporte regula son cada vez más extendidas, cuando no directamente globales. El caso habitual que se invoca es el del fútbol, aunque dista de ser único. Sin embargo, que los elementos externos hagan que parezca el mismo no significa que la modalidad de juego del fútbol que se practica sea el deporte del fútbol. Por ejemplo, un grupo de migrantes que se reúne en un parque de Los Ángeles para jugar partidos de fútbol, socializar y tomar cerveza no está participando en el deporte del fútbol. Las autoridades municipales y de parques, a través de la policía de la ciudad, controlan los tipos de actividades consideradas aceptables en el parque público. Si bien se requieren permisos para utilizar la cancha de fútbol, quién juega efectivamente, qué tipo de juego se desarrolla y cómo se lleva a cabo la actividad quedan fuera de ese control institucional (Trouille, 2021).
De modo similar, jóvenes de la comunidad Kachá (urarina), que juegan partidos de fútbol después de la escuela y del trabajo en comunidades de la Amazonia peruana, participan en diversas formas de juego de fútbol que luego se integran en un espectáculo ceremonial de rituales de construcción estatal y nacional; pero quiénes juegan no está bajo la autoridad escolar o municipal que organiza los rituales (Walker, 2013). En contraste, la evidencia etnográfica sobre el deporte infantil demuestra claramente el control del deporte sobre los juegos de los niños: determina quién puede jugar, cuándo y dónde tendrán lugar los partidos y cómo deberán desarrollarse (Dyck, 2012; Fine, 1987; Grasmuck, 2005; Benítez, 2020).
A lo largo de treinta años de trabajo de campo sobre el deporte en las Américas, Europa y África occidental, hemos visto a niños y adultos jugar partidos de béisbol, básquetbol, fútbol y juegos locales que, de ninguna manera, constituyen deporte. De forma similar, si salimos a jugar un partido de tenis con un amigo, a correr o a hacer una ronda de golf, eso no significa que estemos practicando deporte. Estamos participando en diversas actividades físicas, con grados variables de esfuerzo, competencia y disfrute, pero somos nosotros quienes determinamos cuáles son los parámetros, los significados y los resultados de esas actividades.
En síntesis, estamos involucrados en el acto de jugar y, en algunos casos, incluso en un juego reglado. Pero eso no significa que nuestras actividades o que los juegos que jugamos sean deporte. Lo que estamos presenciando es la implementación (o, más bien, la imposición) del sistema deportivo y de la idea de deporte sobre las formas en que las personas juegan.
El conocimiento científico social moderno sobre el deporte
En el debate de Commonwealth Sport al inicio de este artículo, Vincent John, presidente de la Cultural Games Association UK, dijo en su alegato final:
Si dejamos de lado nuestra tradición y nos enfocamos únicamente en los deportes de hoy, tarde o temprano se perderá la esencia, así como los requisitos y características clave de ese patrimonio tradicional. Debemos pensar en el impacto positivo que los juegos tradicionales tienen en comunidades de las que jamás hemos oído hablar, lo cual es absolutamente asombroso. 7 (The Commonwealth, 2025)
Tanto su cargo como la manera en que habla de esas prácticas culturales etiquetadas como “tradicionales” refuerzan nuestro argumento de que el deporte es una institución social que existe para controlar y regular el juego libre y los juegos reglados. Su propio lenguaje constituye evidencia de esta afirmación. Aunque reconoce que el impacto positivo de jugar juegos en las comunidades es importante, no nombra a esos juegos deporte. Por el contrario, su defensa de los “juegos tradicionales” refuerza la idea de deporte y su especificidad a la modernidad, justamente porque esos juegos no son deporte. Las palabras de Vincent John son indicativas del poder ideológico del deporte, de la idea de deporte, de la realidad de lo que el deporte hace y de las relaciones de poder implícitas y ocultas que forman parte intrínseca de la jerarquía estructural de todo aquello que llamamos deporte.
Este debate, los oradores de ambas posturas y la organización que produjo el evento estuvieron todos comprometidos en legitimar al deporte. La teoría clásica de Weber (1978) sobre la necesidad de legitimidad para el ejercicio del poder ofrece tres “tipos” de autoridad legítima: legal, tradicional y carismática. Las autoridades deportivas ponen en práctica las tres, sin cuestionar la construcción cultural de esa legitimidad.
En síntesis, la legitimidad del deporte se sostiene en su creencia narrativa en el gran mito del deporte, mediante el establecimiento de estructuras y de procedimientos legales, incluyendo la creación del Tribunal de Arbitraje Deportivo (Court of Arbitration for Sport [CAS]) y la Agencia Mundial Antidopaje (World Anti-Doping Agency [WADA]), que reclaman dominio soberano sobre todas las prácticas deportivas. La creencia en la legitimidad del deporte está, a priori, incrustada en la creación de esos organismos globales y es defensiva, en el sentido de que responde a las amenazas percibidas contra la creencia en el gran mito del deporte.
La legitimación de la máscara no es sostenida únicamente por las autoridades del deporte: sigue siendo una ficción poderosa en la vida cotidiana en todo el mundo. Sin embargo, la producción académica sobre el deporte también contribuye a imponer esa máscara. La mayor parte de la investigación sobre el deporte se apoya en la eficacia del gran mito del deporte y legitima la máscara, en lugar de problematizar la idea de deporte o el sistema deportivo.
En las últimas cinco décadas, ¿qué hemos aprendido realmente sobre el deporte? Muy poco, porque la mayoría de lo que hemos documentado son los “efectos del deporte”, o aquello que la máscara proyecta. Se trata de los efectos sociales, económicos y políticos secundarios del deporte, y no de lo que el sistema deportivo hace en realidad.
Al mismo tiempo, la invocación de la idea de deporte como punto de referencia último para la práctica política se ha vuelto cada vez más extendida y frecuente, sustentada en todo un conjunto de supuestos que la sostienen. 8 Hemos llegado a dar por sentado al deporte como objeto de práctica y de análisis, mientras seguimos, de manera bastante llamativa, sin tener claro qué es. La producción académica sobre “deporte”, por buena que sea en muchos casos, no aborda en realidad al deporte en sí, sino a sus efectos.
Un tema común en el análisis del Estado es el examen de los encuentros entre el Estado y la sociedad para indagar en la producción social de las fronteras entre este y su “otro”: la sociedad (Sharma y Gupta, 2006). Numerosas etnografías analizan dichos encuentros en diversos contextos, con frecuencia centradas en cómo la sociedad los experimenta (Burnyeat, 2018; Coronil, 1997; Goldstein, 2016). Los encuentros Estado-sociedad producen un efecto Estado: invocan y materializan su propia existencia (Mitchell, 2006). De esta manera, el estudio del deporte refleja el estudio del Estado.
Sostenemos firmemente que el deporte opera de manera similar: gran parte de la investigación al respecto se apoya en un nexo deporte-sociedad igualmente presunto y en sus encuentros. Estos trabajos también indagan en la producción social de las fronteras entre el deporte y su “otro”: la sociedad. La evidencia de esta relación es prolífica y profunda y se encuentra en la propia idea del deporte, que lo presenta como algo de algún modo separado de la sociedad. Los eventos deportivos no tendrían incidencia en la “vida real”, sino que se desarrollarían en un espacio diferenciado, liminal, con elementos de carácter igualmente ritual.
Esta creencia y los discursos que la acompañan explican la supuesta naturaleza especial del deporte: un discurso legitimador basado en el gran mito del deporte. Sin embargo, son estas prácticas, los encuentros deporte-sociedad, las que producen un efecto deporte: es decir, invocan y materializan la propia existencia del deporte.
El conocimiento académico producido sobre el deporte parece decir relativamente poco acerca de lo que es en sí mismo. Más bien, buena parte de la investigación “sobre deporte” se ha orientado hacia sus efectos, antes que hacia una problematización de esta práctica como tal. Esta tendencia puede observarse en distintas disciplinas vinculadas al campo, no solo en las ciencias sociales. Generalmente, los académicos no se detienen tanto en el deporte en calidad de objeto, sino en sus relaciones e impactos sobre otros ámbitos.
Por ejemplo, las ciencias del deporte y del ejercicio estudian los efectos del esfuerzo físico y el movimiento sobre el cuerpo humano y el rendimiento corporal, con el fin de mejorarlo o mantener el bienestar (The Chartered Association of Sport and Exercise Sciences, 2025.). La psicología del deporte, de forma similar, “aborda el rendimiento y el bienestar óptimos de los atletas, los aspectos sociales y del desarrollo asociados a la participación deportiva y las cuestiones sistémicas vinculadas a los entornos y organizaciones deportivas” (American Psychological Association, 2025).
Las ciencias sociales, por su parte, se concentran en un conjunto diverso de efectos del deporte. El estudio social-científico del deporte existe, al menos como objeto de indagación reivindicado subdisciplinaria e interdisciplinariamente, desde la década de 1960. En los años sesenta y setenta, estos investigadores buscaron establecer al deporte como un objeto de estudio legítimo, y algunos estaban muy preocupados por la pregunta de qué entendemos por deporte (Lüschen, 1967; Snyder, 1974; Malcolm, 2012). Estos estudiosos provenían de disciplinas tan variadas como las ciencias del deporte, la sociología, la antropología, la educación, la filosofía, la psicología y las humanidades.
Esos esfuerzos probablemente facilitaron la comunicación entre disciplinas, al tiempo que intentaban formular un objeto de estudio claro. Esto fue importante, pero igualmente lo es el hecho de que constituyó un intento por establecer una posición de autoridad legitimadora. A través de debates definicionales, estos pioneros buscaron separar al deporte de las comprensiones de sentido común y de las definiciones autoevidentes. Este trabajo fue significativo, ya que “la mayoría de las definiciones convencionales (léase: socialmente populares) del deporte son engañosas” y a menudo pasan por alto el carácter multidimensional del deporte (Gruneau y Albinson, 1976, p. 12).
Esta condición engañosa, resultado del ocultamiento del sistema deportivo por parte de la máscara, se ve reforzada por las definiciones operativas de deporte adoptadas como política. También la refuerzan los académicos, las organizaciones deportivas y los gobiernos. Las definiciones de trabajo utilizadas hoy reproducen la máscara, en lugar de enfocarse en lo que el deporte realmente es.
Estas definiciones, ampliamente difundidas, se originan en organismos políticos y gubernamentales (incluidas las Naciones Unidas) y son repetidas por asociaciones profesionales de científicos sociales. La base operativa para muchos es la definición del Consejo de Europa, que establece que el deporte es “todas las formas de actividad física que, mediante la participación informal u organizada, tengan como objetivo expresar o mejorar la condición física y el bienestar mental, establecer relaciones sociales u obtener resultados en competición, en todos los niveles 9 ” (Council of Europe, 2021/1976, art. 2.1). Muchos gobiernos europeos utilizan esta definición y, en otras regiones del mundo, se la adapta con ligeras variaciones.
Años más tarde, las Naciones Unidas, en su tarea de promover el poder del deporte, lo definen como “todas las formas de actividad física que contribuyen a la condición física, el bienestar mental y la interacción social. Esto incluye el juego libre, la recreación, el deporte organizado o competitivo, así como los deportes y juegos autóctonos 10 ” (United Nations Inter-Agency Task Force on Sport for Development and Peace, 2003, p. 2).
Estas definiciones de amplio alcance, que afirman que el deporte es “todas las formas de actividad física”, oscurecen la realidad, ya que lo convierten en un objeto en lugar de un proceso.
Sobre esta base, las ciencias sociales del deporte han articulado marcos interpretativos complejos sobre cómo las personas se incorporan a este, qué barreras enfrentan y cómo operan en este las relaciones de género, clase, etnicidad y sexualidad. Asimismo, en la academia se han elaborado interpretaciones extendidas acerca de cómo el deporte es mediado, modelado por una compleja economía política y entrelazado con las políticas de identidad a escala global. Todo ello conforma un conjunto de lecturas multidimensionales sobre los efectos que produce el deporte como máscara.
Estas interpretaciones se reproducen, además, mediante el refuerzo de la separación conceptual entre deporte y sociedad mencionada anteriormente, que se evidencia en que las áreas de investigación de la sociología del deporte incluyen “deporte y socialización, deporte y estratificación social, subculturas deportivas, economía política del deporte, deporte y desviación, deporte y medios de comunicación, deporte, cuerpo y emociones, violencia en el deporte, deporte, política e identidad nacional, deporte y globalización” (International Sociology of Sport Association [ISSA], 2025.). En cada uno de estos casos, el deporte aparece separado de estas otras manifestaciones sociales, replicando así la división conceptual entre deporte y sociedad en su conjunto.
De ninguna manera estamos arrojando por la borda a la sociología ni a ninguna otra disciplina. Nuestra crítica se centra en la cuestión de fondo que gira en torno a la producción de conocimiento sobre el deporte. Por lo tanto, los enfoques multidisciplinarios e interdisciplinarios para estudiarlo resultan, en consecuencia, limitados.
En el conjunto de las ciencias sociales, la gran mayoría de la investigación equivale a una forma de “coleccionismo victoriano de mariposas”, para tomar prestada la expresión del antropólogo Edmund Leach (1984) cuando criticaba a la antropología. A fines de la década de 1990, una de las principales corrientes de investigación en ciencias sociales se centraba en el nacionalismo y las naciones, y un hilo de ese enfoque abordaba el papel del deporte en la construcción nacional (DaMatta, 1982; Archetti, 2003; Black y Nauright, 1998; Dine, 2001; Rader, 1992; Guedes, 2009). Parte de esa línea de investigación se orientó a la relación entre los aficionados al deporte (en particular, al fútbol) y la construcción nacional (King, 2016). Artículos, volúmenes colectivos y monografías examinaban casos específicos: un estudio sobre hinchas de fútbol en Escocia (Giulianotti, 1995); otro sobre hinchas ingleses (se escribió mucho sobre ellos) (Robson, 2000; Gibbons, 2014); otro sobre hinchas alemanes, serbios, mauritanos, argentinos, italianos, brasileños, mexicanos y así sucesivamente (Brown, 1998; Armstrong y Giulianotti, 1999; Armstrong y Giulianotti, 2001; Archetti, 1985; Garriga Zucal, 2007; Magazine et al., 2012; Doidge, 2015; Teixeira, 2018). Por supuesto, esa investigación no se limitó al fútbol: diversos deportes (especialmente los deportes de equipo) generan casos similares (Gmelch, 2006; Parry y Malcolm, 2004; Cingiene y Laskiene, 2004). Todas son “mariposas hermosamente clavadas en un tablero”, con sus mínimas variaciones, que muestran de manera concluyente que las y los aficionados al deporte generan vínculos emocionales y fervor patriótico al invocar símbolos nacionalistas para expresar su pertenencia. Este tipo de investigación sigue publicándose, aunque con menor frecuencia, a medida que se agotan los casos distintivos (Grodecki, 2022).
Al mismo tiempo, la globalización surgió con fuerza como una preocupación interrelacionada. Los vínculos entre deporte y nacionalismo se escalaron para analizar cómo, a nivel global, el deporte estaba generando y reforzando el fervor nacionalista en todo el mundo, en la inmediata pos Guerra Fría, incluso mientras el sistema deportivo en sí buscaba integrarse plenamente a un sistema político-económico global emergente (Bairner, 2001; Villena Fiengo, 2003). La relación entre deporte y globalización fue un tema destacado, al mismo tiempo que lo fue la relación entre deporte y construcción nacional (Maguire, 1999, 2005; Miller et al., 2001; Sage, 2011).
El deporte se convirtió en un objeto ideal para los estudios sobre globalización que analizaban los procesos mediante los cuales cada deporte se volvía global, todos mostraron los mismos mecanismos con variaciones mínimas (Armstrong y Mitchell, 2008; Harris, 2010; Klein, 2006). De hecho, la producción interdisciplinaria sobre los megaeventos deportivos sigue un patrón idéntico (Bowman, 2020; Dauncey y Hare, 1999; Tomlinson y Young, 2006).
Un tercer patrón similar lo constituyen las preocupaciones multidisciplinarias en torno a la política de las identidades. La mayoría de las investigaciones sobre raza, género, discapacidad, etnicidad o sexualidad en el deporte se centran en las políticas de inclusión, diversidad e igualdad en términos de acceso, representación y liderazgo organizacional. Consideramos que resulta revelador que le pidamos esto al deporte, porque preguntarse cómo las organizaciones pueden atraer a más personas o cómo se puede inducir a más gente a “participar” en el deporte no hace nada por cuestionar al propio sistema deportivo ni la jerarquía que lo sustenta. Esta expectativa deriva directamente de la afirmación central del gran mito del deporte: su supuesto carácter inherentemente “bueno”.
Si bien esos grandes temas siguen impulsando gran parte de la investigación en ciencias sociales sobre el deporte, tres líneas más recientes continúan reproduciendo, aún, la máscara de los efectos del deporte en lugar de abordar la naturaleza problemática del sistema deportivo o de la idea de deporte.
La primera de ellas es la forma cada vez más dominante de investigación vinculada al deporte conocida como sport management o gestión deportiva. Esta rama se ocupa enteramente del negocio del deporte y de cómo este facilita el intercambio de recursos, especialmente en economías capitalistas de escala a nivel global, nacional y local, y ha ocupado el lugar que antes correspondía a la sociología del deporte en muchas instituciones académicas. Departamentos enteros y revistas especializadas están hoy dedicados a este tema.
La investigación en gestión deportiva, en los hechos, reproduce estudios acríticos sobre cómo el capitalismo puede ser más eficaz utilizando el deporte o sobre cómo hacer que el deporte sea aún más enajenante y extractivo como mercancía capitalista, aunque, claro está, difícilmente estos académicos formularían su trabajo en esos términos (Bradbury y O’Boyle, 2017; Robinson et al., 2012).
El segundo hilo es el uso del deporte en organizaciones de desarrollo de todo el mundo en el siglo XXI, ya sea en ámbitos de desarrollo comunitario o internacional. La explosión del movimiento Sport for development and peace (SDP) (Deporte para el desarrollo y la paz) es otro caso ilustrativo (Darnell et al., 2019). La investigación realizada sobre el desarrollo y el papel del deporte a nivel internacional es, sencillamente, tan limitada en su alcance que también equivale a “coleccionar mariposas”, solo que, esta vez, lo que se clasifica no son “naciones deportivas”, sino programas de desarrollo.
La gran mayoría de las investigaciones sobre el SDP se concentran en quienes implementan los programas y en los responsables de formular las políticas que determinan cuáles son los “problemas” o “desafíos”. Estos últimos y la propia comprensión del SDP están fuertemente enmarcados por los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU, que encasillan convenientemente las actividades del SDP en uno de sus diecisiete “objetivos” (Collison et al., 2019). Las organizaciones señalan su virtud “demostrando” que sus actividades encajan en esa narrativa específica. La “bondad” de sus programas y el cambio que afirman provocar es inherente, porque se basa en el “deporte”.
Todo el empeño recuerda a las evaluaciones coloniales sobre cuán bien los administradores cumplían con sus mandatos en las poblaciones que gobernaban. Sin embargo, lo que falta en la “evidencia” que producen las organizaciones es el análisis de los procesos reales de cambio social que supuestamente generan, así como la comprensión de cómo interactúan con esos programas las personas a las que se dirigen. La “evidencia” generada por las organizaciones no gubernamentales que ejecutan programas, junto con los informes de financiadores y responsables de políticas, constituye prueba de la entrega exitosa de proyectos, no del cambio social (Coalter, 2013). 11
Un tercer hilo importante es la relación entre deporte y cambio climático, o entre deporte y ambientalismo. Este se vincula estrechamente, tanto en el plano conceptual como en el práctico, con la lógica de la gestión deportiva y con la del deporte para el desarrollo. En el ámbito de la gestión, esto se traduce en el “enverdecimiento” del deporte, en que las ecologías deportivas se centran en cómo las organizaciones deportivas pueden volverse “verdes” (McCullough et al., 2020). Por su lado, se examinan las funciones del deporte en relación con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU en materia de sostenibilidad ambiental dentro del desarrollo internacional (Millington y Darnell, 2020; McCullough et al., 2022). Otras indagaciones retoman el caso del fútbol, observando cómo las y los aficionados pueden influir para que los clubes, las ligas y los organismos rectores del fútbol adopten prácticas “verdes” (Amann y Doidge, 2023).
Los tres hilos recientes se ocupan, en definitiva, de aspectos adicionales a los efectos del deporte que no cuestionan ni el mito de su supuesta bondad inherente ni la propia idea de deporte, entendida como la organización (y, por ende, el enmascaramiento) del juego libre y de los juegos reglados con la etiqueta de “deporte”. En los seis hilos temáticos mencionados, el “coleccionismo victoriano de mariposas” sigue intacto: estudios de caso sobre cómo un deporte específico (o el deporte en general) ha sido y es practicado y gobernado históricamente (vinculado a identidades, gestionado y orientado al desarrollo o sostenido) reproducen la falacia lógica de equiparar categorización y descripción con explicación. Todo lo anterior conduce a que el deporte funcione como facilitador para sostener la jerarquía global de poder existente, al asumir las estructuras actuales de poder global no solo como statu quo, sino como condiciones futuras ipso facto.
Parte de la razón por la que nuestro conocimiento sobre el deporte ha evolucionado de esta manera gira en torno a las nociones de deporte y modernidad, especialmente en relación con la producción moderna de conocimiento científico. Ambos surgieron aproximadamente al mismo tiempo, junto con las ideas de Estado nación, y, de ese modo, quedaron entrelazados entre sí.
Las historias que buscan antecedentes y orígenes anteriores al siglo XIX se basan por completo en ciertos rasgos salientes de las configuraciones e ideologías actuales, que luego se proyectan hacia el pasado y se presumen existentes una vez que la sociedad ha alcanzado un cierto grado de complejidad… a menos que pueda producirse evidencia definitiva de su ausencia (Graeber y Wengrow, 2021). Las historias del deporte, como ya señalamos antes, hacen exactamente lo mismo.
La producción académica existente sobre el deporte está tan obstinadamente enfocada en una narrativa única e intrincadamente entrelazada, asentada sobre un sustrato ideológico de beneficencia individual, social y económica, así como de desarrollo individual y nacional, y de progreso, que resulta difícil reconocer al deporte como algo que pueda tener otro propósito. Sin embargo, nuestra situación actual en relación con este lleva con frecuencia a que, de forma extendida, se formulen suposiciones “científicas” sobre la naturaleza del deporte, las cuales se toman como indicativas de cómo nuestra civilización o sociedad llegó a ser lo que es, pero que tienen poco o nada que ver con los datos etnográficos reales.
Hacia un mejor entendimiento del deporte
En resumen: la producción académica sobre el deporte adolece de un defecto central, y es que la gran mayoría de las investigaciones no tratan en realidad sobre el deporte. Si las ciencias sociales han llegado a preferir el discurso del deporte, de las culturas deportivas, de las prácticas deportivas, de las políticas deportivas, del desarrollo deportivo, de la sostenibilidad deportiva o de los discursos deportivos ―entre otros neologismos―, es en gran medida porque se asume que dicho discurso es más “científico”, a pesar de no existir una noción clara de qué es efectivamente el deporte. Este tipo de enfoques no hace más que reproducir los efectos del deporte y poco contribuye a interrogar el sistema deportivo o su idea misma, que se ocultan tras la máscara que este presenta. Hemos sido seducidos por una reificación que, por sí sola, entorpece gravemente el estudio efectivo de una serie de problemas sobre el deporte que deberían preocuparnos.
La dificultad de estudiar el deporte es resultado de este carácter deliberadamente opaco del propio deporte y, en igual medida, se perpetúa por las predisposiciones de quienes lo estudian. En ambos casos, los propios actos de “estudiar el deporte” están atravesados por falacias lógicas, entre las cuales destaca un asombroso nivel de sesgo de confirmación. Incluso cuando las y los académicos critican distintos aspectos de los efectos del deporte, sus fallas organizativas y otros problemas, la presunción subyacente del gran mito del deporte sigue impregnando su enfoque. Por ejemplo, si bien en los últimos años se ha producido un incremento de estudios académicos sobre abusos sexuales en el deporte a raíz de escándalos públicos de alto perfil, esas evidencias se basan en estudios de caso individuales. Resulta extremadamente difícil hallar pruebas de daños, y mucho más aún de mala praxis, que vinculen al deporte como causa directa de esos perjuicios (Owton, 2016). Incluso cuando dichas pruebas existen, el daño se atribuye a las fallas de una “manzana podrida” y no a algo inherente al propio deporte, ya que este es “bueno”. La investigación académica hace poco, o nada, para cuestionar el mito de la bondad intrínseca del deporte (Marcano Guevara y Fidler, 2002). En otras palabras, el deporte (al igual que la comunidad, la cultura, el Estado, la ciudad o la familia) es tan contradictoriamente ambiguo que constituye un objeto ontológico espurio de investigación y, ciertamente, no puede servir como unidad de análisis, ya sea para su categorización o, mucho menos, como marco contextual para la indagación.
En pocas palabras, la inmensa mayoría de la producción académica sobre el deporte no trata realmente sobre el deporte, sino sobre los efectos que la máscara genera en este y que, a su vez, contribuyen a reificar esa misma máscara. El deporte no revela las estructuras y relaciones de poder en la sociedad: es la máscara que nos impide ver las imposiciones de la dominación tal como son. Es una ilusión, una fantasía impuesta sobre el mundo, el propósito de condiciones carentes de propósito, el opio del ciudadano.
Existe un sistema deportivo: un nexo tangible de prácticas y estructuras institucionales centrado en la gobernanza, más o menos extenso y cada vez más unificado y dominante en cualquier sociedad dada. Sus orígenes, estructura y variaciones pueden examinarse de manera relativamente directa a través de métodos empíricos. Existe también una idea de deporte: una noción proyectada, difundida y creída de forma diversa sobre para qué sirve el juego y cuáles son las formas apropiadas de jugar. El deporte es, como mucho, un mensaje de dominación: un artefacto ideológico que atribuye unidad, moralidad e independencia al funcionamiento desunido, amoral y dependiente de la práctica de la gobernanza. Ese mensaje (la supuesta realidad mitológica del deporte) constituye el aparato ideológico en el que se legitima la institucionalización del juego. Por este motivo, resulta de particular importancia comprender cómo se logra esa legitimación y por qué es tan necesaria. El mensaje no es, de ningún modo, el medio, y mucho menos la clave para entender las fuentes de su producción o siquiera su propio significado real. La relación entre el sistema deportivo y la idea de deporte con otras formas de poder, así como su interacción con otras instituciones sociales, debería ―y puede― constituir una preocupación central del análisis. Sus modos de articulación, efectos y variaciones también son susceptibles de investigación. Si abandonáramos el estudio del deporte en sí para orientarnos, en cambio, a una investigación más directa de la práctica política de las relaciones de clase (y de otras), podríamos aspirar a desenmascarar, por ejemplo, el deporte en general y la imposición de organismos de gobierno como el Comité Olímpico Internacional y su ideología del olimpismo. Nos generamos dificultades innecesarias al suponer que también debemos estudiar el deporte como entidad, agente, función o relación separada y por encima del sistema deportivo y de la idea de deporte. Toda esta implicación con el “problema” del deporte puede ser, en un sentido importante, una fantasía.
En ese sentido, la antropología es particularmente hábil para desentrañar lo fantástico. Su holismo crítico resulta ideal para intentar mirar detrás del telón, para procurar arrancar la máscara y comprender las relaciones de poder que el deporte encubre. La etnografía también puede cumplir esa función, aunque potencialmente contribuya a una recolección de “mariposas” más, que en otras palabras es la acumulación de casos o descripciones sin articulación teórica. Sin embargo, el conocimiento antropológico se distingue de otras producciones de conocimiento en las ciencias sociales porque se genera a partir de la etnografía. Así, las colecciones tipológicas y las comparaciones limitadas no se organizan en categorías predeterminadas, como “en qué se diferencian los hinchas de fútbol serbios de los rusos” o “cómo puede ser sostenible el deporte en Arabia Saudita en comparación con Inglaterra”.
No obstante, el deporte sigue ocupando un lugar marginal en la antropología, pese a los avances recientes. Una razón significativa de esta situación es que, si bien la antropología se ha centrado históricamente en la vida humana, en la cultura y en sus instituciones sociales, el deporte aún no era una institución social. Todas las demás instituciones sociales han existido, en una u otra forma, durante milenios. La investigación antropológica y arqueológica demuestra ampliamente la evolución (no en sentido progresivo) de la organización humana. El deporte es la institución social más reciente: surgió con la secularización de las sociedades europeas, en un entramado de discursos mutuamente reforzados de racionalismo científico y demarcación nacionalista, ambos inscritos en la ideología de la modernidad. Hasta la llegada de la modernidad, el juego estaba estructurado por otras instituciones sociales. El deporte es la primera institución social que emergió en la modernidad y su mito perdura. La tarea es desmitificar el deporte y eso implica atender a los sentidos en los que este no existe, más que a aquellos en los que sí lo hace.
Acerca de los autores
Thomas Carter es profesor titular en Antropología en la Universidad de Brighton (Reino Unido), donde además se desempeña como subdirector del ESRC South Coast Doctoral Training Program; además, es director de Football4Peace International y coordinador del Grupo de Investigación y Vinculación sobre Culturas del Deporte y el Ocio. También es investigador mayor en el departamento de Antropología y Estudios Desarrollo en la Universidad de Johannesburg (Sudáfrica).
Rafael Bruno Mogni es licenciado en Ciencias Antropológicas, profesor asistente en el Centro Universitario Regional Este (CURE) e investigador en el Grupo de Estudios Sociales y Culturales del Deporte, Instituto Superior de Educación Física (ISEF)-Universidad de la República, Uruguay.
Origen de esta investigación
Este artículo surge a partir de la visita de Thomas Carter a Uruguay, producto de la invitación del Grupo de Estudios Sociales y Culturales del Deporte (Gesocude, Instituto Superior de Educación Física-Universidad de la República) y de la línea de trabajo Deporte, política y políticas públicas.
Referencias
Abrams, P. (1988). Notes on the difficulty of studying the state. Journal of Historical Sociology, 1(1), 58-89. https://doi.org/10.1111/j.1467-6443.1988.tb00004.x
Alabarces, P. (2000). Los estudios sobre deporte y sociedad: objetos, miradas, agendas. En P. Alabarces (comp.), Peligro de Gol. Estudios sobre deporte y sociedad en América Latina (pp. 11-30). Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso).
American Psychological Association. (2025). Sport psychology. Autor. https://www.apa.org/ed/graduate/specialize/sports
Amann, J. y Doidge, M. (2023). “I hadn’t realised that change is not a difficult thing”: Mobilising football fans on climate change. Sociology, 57(6), 1339-1355. https://doi.org/10.1177/00380385221142211
Archetti, E. (1985). Fútbol y ethos. Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso).
Archetti, E. P. (2003). Masculinidades: fútbol, tango y polo en la Argentina. Editorial Antropofagia.
Armstrong, G. y Giulianotti, R. (Eds.). (1999). Football cultures and identities. Palgrave Macmillan.
Armstrong, G. y Giulianotti, R. (Eds.). (2001). Fear and loathing in world football. Berg.
Armstrong, G. y Mitchell, J. P. (2008). Global and local football: Politics and Europeanization on the fringes of the EU. Routledge.
Bairner, A. (2001). Sport, nationalism, and globalization: European and North American perspectives. SUNY Press.
Bateson, G. (1972). Steps to an ecology of mind. University of Chicago Press.
Benítez, L. (2020). Fútbol infantil y gobierno de la infancia: de la Comisión Nacional de Baby Fútbol a la Organización Nacional del Fútbol Infantil en Uruguay (1968-2015) [tesis de maestría]. Universidad de la República (Udelar), Uruguay. https://www.colibri.udelar.edu.uy/jspui/handle/20.500.12008/30496
Besnier, N., Brownell, S. y Carter, T. F. (2018). The anthropology of sport: Bodies, borders, biopolitics. University of California Press.
Black, D. R. y Nauright, J. (1998). Rugby and the South African nation. Manchester University Press.
Boellstorff, T. (2008). Coming of age in Second Life: An anthropologist explores the virtually human. Princeton University Press.
Bowman, S. L. (2010). The functions of role-playing games: How participants create community, solve problems and explore identity. McFarland.
Bowman, W. D. (2020). The World Cup as world history. Rowman & Littlefield.
Bradbury, T. y O’Boyle, I. (Eds.). (2017). Understanding sport management: International perspectives. Routledge.
Brown, A. (Ed.). (1998). Fanatics! Power, identity and fandom in football. Routledge.
Bourdieu, P. (1978). Sport and social class. Social Science Information, 17(6), 819-840.
Burnyeat, G. (2018). Chocolate, politics, and peace-building: An ethnography of the Peace Community of San José de Apartadó, Colombia. Palgrave Macmillan.
Cameron, A. (1976). Circus factions: Blues and Greens in Rome and Byzantium. Clarendon Press.
Carter, T. F. (2018). Disciplinary (per)mutations of ethnography. Cultural Studies Critical Methodologies, 18(6), 392-399. https://doi.org/10.1177/1532708617746423
Center on the Developing Child at Harvard University. (2012). The science of neglect: The persistent absence of responsive care disrupts the developing brain (Working Paper n.° 12). https://developingchild.harvard.edu/resources/working-paper/the-science-of-neglect-the-persistent-absence-of-responsive-care-disrupts-the-developing-brain/
Cingienė, V. y Laskienė, S. (2004). A revitalized dream: Basketball and national identity in Lithuania. The International Journal of the History of Sport, 21(5), 762-779. https://doi.org/10.1080/0952336042000262042
Coakley, J. (2015). Assessing the sociology of sport: On cultural sensibilities and the great sport myth. International Review for the Sociology of Sport,50(4-5), 402-406. https://doi.org/10.1177/1012690214538864
Coakley, J. y Pike, E. (2014). Sports in society (11.a ed.). McGraw-Hill.
Coalter, F. (2013). Sport for development: What game are we playing? Routledge.
Collison, H., Darnell, S. C., Giulianotti, R. y Howe, P. D. (Eds.). (2019). Routledge handbook of sport for development and peace. Routledge.
Commonwealth Games Federation. (2024, July 25). Commonwealth Sport Declaration on Reconciliation and Partnership with Indigenous Peoples [documento de evento]. París, Francia. https://production-new-commonwealth-files.s3.eu-west-2.amazonaws.com/s3fs-public/2024-07/11csmm-commonwealth-sport-declaration-on-reconciliation-and-partnership-with-indigenous-people.pdf
Comaroff, J. y Comaroff, J. (1991). Of revelation and revolution: Christianity, colonialism, and consciousness in South Africa (vol. 1). University of Chicago Press.
Coronil, F. (1997). The magical state: Nature, money, and modernity in Venezuela. University of Chicago Press.
Council of Europe. (2021). Recommendation CM/Rec(2021) 5 of the Committee of Ministers to member States on the revised European Sports Charter. Autor. https://search.coe.int/cm/%7B%22CoEIdentifier%22:%5B%220900001680a42107%22%5D%7D
DaMatta, R. (1982). Universo do futebol. Esporte e sociedade brasileira. Pinakotheke Rio de Janeiro.
Dauncy, H. y Hare, G. (1999). France and the 1998 World Cup: The national impact of a world sporting event. Frank Cass.
Darnell, S. C., Field, R. y Kidd, B. (2019). The history and politics of sport-for-development: Activists, ideologues, and reformers. Palgrave Macmillan.
Dine, P. (2001). French rugby football. Berg.
Doidge, M. (2015). Football Italia: Italian football in an age of globalization. Bloomsbury
Douglass, C. B. (1997). Bulls, bullfighting, and Spanish identities. University of Arizona Press.
Duncan, M. C. (1988). Play discourse and the rhetorical turn: A semiological analysis of Homo Ludens. Play & Culture, 1, 28-42.
Dyck, N. (2012). Fields of play: An ethnography of children’s sports. University of Toronto Press.
Fernández, J. F. T., José, F. y Molina Bedoya, V. A. (2008). Notas para un juego-deporte insubordinado o del deporte desde la mirada de la modernidad/colonialidad. Recorde: Revista de História do Esporte, 1(2), 1-16.
Fine, G. A. (1983). Shared fantasy: Role-playing games as social worlds. University of Chicago Press.
Fine, G. A. (1987). With the boys: Little League Baseball and preadolescent culture. University of Chicago Press.
Futrell, A. (1997). Blood in the arena: The spectacle of Roman power. University of Texas Press.
Gibbons, T. (2014). English national identity and football fan culture. Routledge.
Garriga Zucal, J. (2007). Haciendo amigos a las piñas. Prometeo Libros.
Giulianotti, R. (1995). Football and the politics of carnival: An ethnographic study of Scottish fans in Sweden. International Review for the Sociology of Sport, 30(2), 191-220. https://doi.org/10.1177/101269029503000205
Goldstein, D. M. (2016). Owners of the sidewalk: Security and survival in the informal city. Duke University Press.
Gmelch, G. (Ed.). (2006). Baseball without borders: The international pastime. University of Nebraska Press.
Graeber, D. (2015). The utopia of rules: On technology, stupidity, and the secret joys of bureaucracy. Melville House.
Graeber, D. y Wengrow, D. (2021). The Dawn of Everything: A New History of Humanity. Farrar, Strauss, and Giroux
Gramsci, A. (1971). Selections from the prison notebooks. International Publishers.
Grasmuck, S. (2005). Protecting home: Class, race, and masculinity in boys’ baseball. Rutgers University Press.
Gruneau, R. (2017). Sport and modernity. Polity Press.
Gruneau, R. y Albinson, J. G. (Eds.). (1976). Canadian sports: Sociological perspectives. Addison-Wesley.
Grodecki, M. (2022). Performative nationalism in Polish football stadiums and fans’ views and attitudes: Evidence from quantitative research. International Review for the Sociology of Sport, 58(5), 783-808. https://doi.org/10.1177/10126902221121499
Guedes, S. L. (1977). O futebol brasileiro: instituição zero [tesis de maestría]. Universidade Federal do Rio de Janeiro, Brasil.
Guedes, S. L. (2009). Las naciones argentina y brasileña a través del fútbol. Vibrant: Virtual Brazilian Anthropology, 6(2), 167-185.
Guttmann, A. (1978). From ritual to record: The origins of modern sport. Columbia University Press.
Guttmann, A. (1996). Games and empires: Modern sports and cultural imperialism. Columbia University Press.
Handelman, D. y Shulman, D. (1997). God inside out: Śiva’s game of dice. Oxford University Press.
Harris, J. (2010). Rugby union and globalization: An odd-shaped world. Palgrave Macmillan.
Hoberman, J. (1984). Sport and political ideology. University of Texas Press.
Hopkinson, L. y Zidaru, T. (2022). What competition does: An anthropological theory. Social Analysis, 66(4), 1-25. https://doi.org/10.3167/sa.2022.660401
International Sociology of Sport Association. (2025). What is the sociology of sport? Autor. https://www.issa1965.org/useful-info/what-is-the-sociology-of-sport/
King, A. (2016). Football fans and national identity. En J. Hughson, K. Moore, R. Spaaij y J. Maguire (eds.), Routledge handbook of football studies (pp. 293-303). Routledge.
Klein, A. M. (2006). Growing the game: The globalization of Major League Baseball. Yale University Press.
Kyle, D. G. y Stark, G. D. (Eds.). (1989). Essays on sport history and sport mythology. Texas A&M University Press.
Leach, E. (1984). Glimpses of the unmentionable in the history of British social anthropology. Annual Review of Anthropology, 13, 1-23. https://doi.org/10.1146/annurev.an.13.100184.000245
MacAloon, J. (1984). This great symbol: Pierre de Coubertin and the origins of the modern Olympic Games. University of Chicago Press.
Magazine, R., Martínez López, J. S. y Varela Hernández, S. (2012). Afición futbolística y rivalidades en el México contemporáneo: una mirada nacional. Universidad Iberoamericana.
Maguire, J. (1999). Global sport: Identities, societies, civilizations. Polity Press.
Maguire, J. (2005). Power and global sport: Zones of prestige, emulation and resistance. Routledge.
Malaby, T. M. (2007). Beyond play: A new approach to games. Games and Culture, 2(2), 95-117. https://doi.org/10.1177/1555412007299434
Malcolm, D. (2012). Sport and sociology. Routledge.
Marcano Guevara, A. J. y Fidler, D. P. (2002). Stealing lives: The globalization of baseball and the tragic story of Alexis Quiroz. Indiana University Press.
Marvin, G. (1994). Bullfight. University of Illinois Press.
Maybury-Lewis, D. (1992). Millennium: Tribal wisdom and the modern world. Viking.
Mangan, J. A. (1985). The games ethic and imperialism: Aspects of the diffusion of an ideal. Croom Helm/Cass.
McCollough, B., Kellison T. y Melton, N. (Eds). (2022). Routledge handbook of sport and sustainable development. Routledge.
McCollough, B., Orr, M. y Kellison, T. (2020). Conceptualizing an emerging subdiscipline within sport management. Journal of Sport Management, 34(6), 509-520.
Mentore, G. (2005). Of passionate curves and desirable cadences: Themes on Waiwai social being. University of Nebraska Press.
Miller, T., Lawrence, G., McKay, J. y Rowe, D. (2001). Globalization and sport. Sage.
Millington, R. y Darnell, S. (Eds) (2020). Sport, development, and environmental sustainability. Routledge.
Mitchell, T. (2002). Rule of experts: Egypt, techno-politics, modernity. University of California Press.
Mitchell, T. (2006). Society, economy, and the state effect. En A. Sharma y A. Gupta (eds.), The anthropology of the state: A reader (pp. 169-186). Blackwell.
Monteagudo, M. J. y Puig, N. (Eds.). (2004). Ocio y deporte: un análisis multidisciplinar (vol. 247). Universidad de Deusto.
Nardi, B. (2010). My life as a night elf priest: An anthropological account of World of Warcraft. University of Michigan Press.
Nugent, S. y Shore, C. (1997). Anthropology and cultural studies. Pluto Press.
Owton, H. (2016). Sexual abuse in sport: A qualitative case study. Palgrave Macmillan.
Parry, M. y Malcolm, D. (2004). England’s Barmy Army: Commercialization, masculinity and nationalism. International Review for the Sociology of Sport, 39(1), 75-94. https://doi.org/10.1177/1012690204040524
Puett, M. (2016). Foreword. En R. Hamayon, Why we play: An anthropological study (pp. xv-xix). HAU Books.
Rader, B. G. (1992). Baseball: A history of America’s game. University of Illinois Press.
Robinson, L., Chelladurai, P., Boudet, G. y Downward, P. (Eds.). (2012). Routledge handbook of sport management. Routledge.
Robson, G. (2000). “No one likes us, we don’t care”: The myth and reality of Millwall fandom. Berg.
Rosaldo, R. (1989). Culture and truth: The remaking of social analysis. Beacon Press.
Rosaldo, R., Lavie, S. y Narayan, K. (1993). Introduction: Creativity in anthropology. En S. Lavie, K. Narayan y R. Rosaldo (eds.), Creativity/Anthropology (pp. 1-8). Cornell University Press.
Sage, G. H. (2011). Globalizing sport: How organizations, corporations, media, and politics are changing sport. Paradigm.
Scarborough, V. L. y Wilson, D. E. (Eds.). (1993). The Mesoamerican ballgame. University of Arizona Press.
Scarry, E. (1985). The body in pain: The making and unmaking of the world. Oxford University Press.
Schechner, R. (1988). Playing. Play & Culture, 1, 3-19.
Sharma, A. y Gupta, A. (Eds.). (2006). The anthropology of the state: A reader. Blackwell.
Snyder, E. E. (1974). Sociology of sport: Concepts and theories. Journal of Popular Culture, 8(2), 361-369. https://doi.org/10.1111/j.0022-3840.1974.00361.x
Teixeira, R. da C. (2018). La Asociación Nacional de las Hinchadas de Brasil en el espacio público: retos de un movimiento colectivo. Antípoda. Revista de Antropología y Arqueología, 30, 111-128.
The Chartered Association of Sport and Exercise Sciences. (2025). About sport and exercise science. Autor. https://www.cases.org.uk/spage-about_us-about_sport___execise_science.html
The Commonwealth. (2025, abril 4). Commonwealth debate reinforces the “intangible cultural heritage of sport”. Autor. https://thecommonwealth.org/news/commonwealth-debate-reinforces-intangible-cultural-heritage-sport
Thompson, J. B. (1991). Ideology and modern culture. Stanford University Press.
Tomlinson, A. y Young, C. (Eds.). (2006). National identity and global sports events: Culture, politics, and spectacle in the Olympics and Football World Cup. SUNY Press.
Trammell, A. (2023). Repairing play: A Black phenomenology. The MIT Press.
Trouille, D. (2021). Fútbol in the park: Immigrants, soccer, and the creation of social ties. University of Chicago Press.
United Nations. (2015). Transforming our world: The 2030 Agenda for Sustainable Development. Autor. https://sustainabledevelopment.un.org/content/documents/21252030%20Agenda%20for%20Sustainable%20Development%20web.pdf
United Nations Inter-Agency Task Force on Sport for Development and Peace. (2003). Sport for development and peace: Towards achieving the Millennium Development Goals. United Nations. http://assets.sportanddev.org/downloads/16__sport_for_dev_towards_millenium_goals.pdf
Vaczi, M. (2023). Catalonia’s human towers: Castells, cultural politics, and the struggle towards the heights. Indiana University Press.
Valvanis, P. (2004). Games and sanctuaries in ancient Greece: Olympia, Delphi, Isthmia, Nemea, Athens (D. Hardy, trad.). J. Paul Getty Museum.
Villena Fiengo, S. (2003). Gol-balización, identidades nacionales, y fútbol. En P. Alabarces (ed.), Futbologías: Fútbol, identidad y violencia en América Latina (pp. 257-271). Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso).
Walker, H. (2013). State of play: The political ontology of sport in Amazonian Peru. American Ethnologist, 40(2), 382-398.
Weber, M. (1978). Economy and society: An outline of interpretive sociology. University of California Press.
Wheaton, B. (2013). The cultural politics of lifestyle sport. Routledge.
Notas
*
Artículo de investigación
1
Traducción de los autores.
2
Traducción de los autores.
3
Véase el debate completo en The Commonwealth (2025).
4
La traducción de ambos fragmentos corresponde a los autores.
5
Traducción de los autores.
6
Traducción de los autores.
7
Traducción de los autores.
8
Lamentablemente no disponemos aquí del espacio para desarrollar este
punto. Esta cuestión es abordada en un artículo complementario a este.
9
Traducción de los autores.
10
Traducción de los autores.
11
Coalter (2013) abre esta línea de análisis, pero su trabajo es previo a
los ODS; por eso, la afirmación
demanda un desarrollo más minucioso, que se presenta en un artículo
complementario mencionado anteriormente.
Notas de autor
a Autor de correspondencia. Correo electrónico: ethnocuba@yahoo.com
Información adicional
Cómo citar: Carter, T. F.
y Bruno Mogni, R. (2026). Detrás de la máscara del deporte: desafíos
epistemológicos para su conocimiento. Papel Político, 31. https://doi.org/10.11144/Javeriana.papo31.dmdd