La pelota vasca y la construcción identitaria en contextos transnacionales: del País Vasco a Shanghái *
Basque Pelota and Identity Construction in Transnational Contexts: From the Basque Country to Shanghai
La pelota vasca y la construcción identitaria en contextos transnacionales: del País Vasco a Shanghái *
Papel Político, vol. 31, 2026
Pontificia Universidad Javeriana
Ramiro Cabañes Martínez a rcabanes@ucm.es
Universidad Complutense de Madri, España
Recibido: 11 enero 2026
Aceptado: 19 abril 2026
Publicado: 25 agosto 2026
Resumen:
El presente artículo analiza la pelota vasca como práctica cultural vinculada a la identidad en contextos transnacionales. Originada como un juego folclórico en el País Vasco, esta reflejaba valores como la fortaleza, la nobleza, la independencia y la rivalidad ritualizada, consolidándose como símbolo de la identidad colectiva. Se examina primero su papel en la diáspora vasca, en el que los frontones en el extranjero funcionaban como espacios simbólicos para mantener lazos con el lugar de origen y reforzar la cohesión comunitaria mediante la transmisión de tradiciones y valores compartidos. Luego, se aborda la profesionalización e industrialización de los frontones a finales del siglo XIX, hecho que impulsó la expansión internacional del deporte, pero transformó su significado social, desplazando su componente identitario hacia una lógica económica centrada en el espectáculo y en las apuestas. Finalmente, se concluye que los casos de Estados Unidos y Shangh´i muestran cómo la pelota vasca fue resignificada fuera de la diáspora, perdiendo gran parte de sus referencias culturales originales y siendo reinterpretada como deporte español o como un entretenimiento exótico occidental. En conjunto, el estudio evidencia la transformación de la pelota vasca de símbolo identitario a fenómeno global con significados culturales diversos.
Palabras clave:pelota vasca, identidad, diáspora, transnacionalismo, globalización.
Abstract:
The article analyses Basque Pelota as a cultural practice closely linked to Basque identity in transnational contexts. Originating as a folk game in the Basque Country, it reflected values such as strength, nobility, independence, and ritualized rivalry, becoming a key symbol of collective identity. It first examines its role in the Basque diaspora, where frontons abroad served as symbolic spaces to maintain ties with the homeland and strengthen community cohesion through the transmission of shared traditions and values. Next, it discusses the professionalization and industrialization of frontons in the late 19th century, which expanded the sport internationally but shifted its social meaning toward an economic logic focused on spectacle and betting. Finally, the cases of the United States and Shanghai show how Basque Pelota was reinterpreted outside the diaspora, losing much of its original cultural references and being seen as a Spanish sport or exotic Western entertainment. Overall, the study highlights the transformation of Basque Pelota from an identity symbol to a global phenomenon with diverse cultural meanings.
Keywords: Basque Pelota, Identity, Diaspora, Transnationalism, Globalization.
Introducción
La pelota vasca, al igual que muchos otros juegos folclóricos europeos, experimentó a partir del siglo XIX un proceso de profesionalización y de expansión que la llevó a integrarse en circuitos internacionales de ocio y espectáculo, alcanzando incluso ciudades globales como Shanghái y convirtiéndose en un referente cultural tanto para públicos locales como extranjeros. Aunque este deporte se asocia habitualmente al País Vasco, es importante señalar que distintas modalidades de pelota se practicaban —y se practican aún— también en otras regiones de España, como La Rioja, Burgos o la Comunidad Valenciana, donde ha sido igualmente portadora de valores sociales y culturales compartidos, como el comunitarismo, la competitividad ritualizada o la transmisión intergeneracional.
Los procesos de internacionalización de los deportes occidentales han sido tradicionalmente interpretados en relación con las dinámicas coloniales e imperialistas de las grandes potencias, que utilizaron el deporte como una herramienta de imperialismo blando para difundir sus narrativas culturales. La expansión de la pelota vasca, sin embargo, plantea una problemática analítica específica, ya que, aunque se desarrolló en un contexto marcado por la hegemonía occidental y el capitalismo transnacional, no estuvo impulsada inicialmente por un proyecto imperial estatal. España, a finales del siglo XIX y durante la primera mitad del XX —periodo clave en la difusión de este deporte—, carecía de la capacidad política y cultural necesaria para imponer su modelo deportivo a escala global.
La principal diferencia entre la globalización de la pelota vasca y la de otros deportes reside en que su primera expansión respondió, fundamentalmente, a la necesidad de los emigrados vascos de mantener y de reproducir su identidad cultural en contextos transnacionales. Este fuerte componente identitario convirtió a la pelota vasca en un vehículo simbólico de pertenencia colectiva, que en determinados momentos fue también instrumentalizado políticamente, especialmente por el nacionalismo vasco. No obstante, este artículo no se centra en los usos políticos del deporte, sino en su dimensión cultural e identitaria.
El argumento central que se sostiene es que la pelota vasca se globalizó inicialmente como una práctica de permanencia identitaria dentro de la diáspora, pero que los procesos que posibilitaron su expansión —especialmente la profesionalización, la industrialización de los frontones y la centralidad del beneficio económico— contribuyeron progresivamente a la erosión de ese mismo componente identitario. Esta paradoja constituye el eje analítico del trabajo: el éxito internacional del deporte estuvo estrechamente ligado a su anclaje cultural, pero terminó vaciándolo de contenido en muchos de los contextos donde se consolidó.
Para desarrollar este planteamiento, el artículo se estructura en cuatro partes. En primer lugar, se analiza la estrecha relación entre la pelota vasca y los valores centrales de la sociedad vasca. En segundo lugar, se examina su función dentro de la diáspora como herramienta de cohesión, de memoria y de reproducción cultural. En tercer lugar, se estudia el impacto de la profesionalización y la expansión de los frontones industriales, que transformaron los significados sociales del deporte. Por último, a través de los casos de Estados Unidos y China, se analiza cómo la pelota vasca perdió gran parte de su componente identitario fuera del ámbito de la diáspora, siendo resignificada como un espectáculo económico y exótico desvinculado de su origen cultural.
El artículo concluye que la pelota vasca constituye un ejemplo paradigmático de cómo un deporte profundamente arraigado en una identidad colectiva puede convertirse en un fenómeno global, pero también de cómo la globalización y la mercantilización pueden diluir los significados culturales que hicieron posible su expansión inicial.
La pelota vasca como receptor y reproductor de los valores vascos
El proceso de profesionalización y globalización de los frontones vascos estuvo estrechamente relacionado con el desarrollo de la identidad vasca moderna. Dentro de esta evolución, la institucionalización del deporte fue, por una parte, consecuencia del desarrollo nacionalista y, por otra parte, su herramienta.
Valga recordar que durante el siglo XIX el nacionalismo se fue convirtiendo en el pensamiento dominante para el desarrollo político de los países, con una gran capacidad movilizadora tanto en Occidente como más tarde en el resto del mundo. Así, las poblaciones de diferentes regiones fueron agrupándose en diversas naciones construidas por sus clases ilustradas. Para que estas naciones fueran exitosas, se necesitó de la creación de mitos fundacionales, de la unificación e institucionalización de una lengua común a todos sus miembros, de la invención de una tradición a la cual se acogieran sus ciudadanos y de la instauración de una educación unificada para que todos compartiesen lo mencionado anteriormente. Los juegos populares mantuvieron un papel importante dentro de esas tradiciones inventadas (Hobsbawm, 2012) y su desarrollo favoreció la consolidación de las identidades nacionales. Según Ernest Renan (1884), para que una nación asegurase su existencia era necesario que esta se construyese y reafirmase de forma cotidiana en lo que él denominó un plebiscito diario (Renan, 1884). Estas acciones cotidianas eran reforzadas por rituales civiles como la jura de bandera en los colegios, la creación de festividades comunes o la participación (ya sea como espectador o como deportista) en juegos o deportes populares. De esta manera, las ideas nacionalistas se iban asentando en la psique colectiva de la población.
A partir de la segunda mitad del siglo XIX, este proceso de formación de naciones se imbricó con otro complementario de globalización, muy relacionado con el desarrollo de las potencias imperialistas occidentales y con sus necesidades económicas. El avance del proceso de globalización intensificó el curso de la formación nacional, la aparición de Estados nación étnicos y la invención y el desarrollo de las tradiciones específicas de cada estado (Maguire, 1999, p. 83). Fue en este contexto de aceleración de la globalización e intensificación nacionalista en el que los deportes modernos encontraron las condiciones propicias para su establecimiento, ya que la participación en competiciones deportivas internacionales se comenzó a considerar una forma de publicitar las naciones, al presentar los éxitos deportivos como una muestra de su estatus (Maguire, 1999, p. 83). En este mismo sentido, Hobsbawm (2012, p. 298) afirmó que las últimas tres décadas del siglo XIX marcaron una significativa transformación en la expansión de lo viejo, la invención de lo nuevo y la institucionalización de gran número de deportes en el escenario nacional e incluso en el internacional.
Dentro del desarrollo nacional, el deporte siempre tuvo una gran importancia como agente movilizador en tiempos de paz, pues sus deportistas “encarnaban” a la nación y sus valores positivos en el terreno de juego, mientras que los espectadores se veían representados por ellos. El País Vasco no es una excepción, y sus deportes regionales son un buen ejemplo de ello; la pelota vasca es uno de los principales, debido a su enorme popularidad. Para mediados del siglo XIX, se podían encontrar frontones de pelota en las plazas de cada municipio. Allí se daban los discursos políticos y las manifestaciones, pero también actividades culturales como lectura de poesía o teatro, en las que se hablaba del pueblo vasco, de su naturaleza y de sus costumbres; también había bailes y banquetes durante las fiestas patronales, en las cuales, mediante el acto de compartir espacio y comida, se afianzaba el sentimiento de pertenencia al grupo. También era en estas plazas donde los frontones compartían espacio con otros juegos tradicionales como el levantamiento de piedra o el corte de troncos. De esta forma, la pelota vasca se situaba en el centro del espacio donde la comunidad se confirmaba y se desarrollaba como grupo, al tiempo que se iban configurando los rituales y los mitos nacionales (González Abrisketa, 2013).
En las competiciones deportivas son tan importantes los atletas como el público implicado para el desarrollo de narrativas nacionalistas, debido al establecimiento de lazos emocionales. El carácter colectivo y las sinergias que surgen entre audiencia y deportistas, así como la escenificación del deporte, refuerzan el establecimiento de símbolos y de narrativas específicas de sus grupos de proveniencia.
Dentro de los deportes tradicionales vascos pueden observarse también estos símbolos y narrativas. La fortaleza y la resistencia son los valores más evidentes que se presentan tanto en la pelota vasca como en el levantamiento de piedra o el corte de troncos, debido a que son cualidades esenciales para el correcto desempeño de estos deportes. Otras de las características más típicas que pueden comprobarse en todos ellos son la independencia y la rivalidad entre casas o pueblos, llegando algunas de estas rivalidades a retrotraerse a varios siglos en el pasado (Etxeberría Gallastegui y Fernández de Larrea Rojas, 2021).
La pelota vasca es un ejemplo clarificador respecto a la reproducción de valores y de escenificación. En el marco de la situación del frontón en la plaza, centro de la vida pública del municipio, la falta de graderíos provocaba que el propio público articulase el terreno de juego, formando al mismo tiempo el espacio simbólico. De esta forma, el público tomaba una función más allá de la de participante pasivo, convirtiéndose en representación simbólica del grupo al que pertenecía y de la aceptación por parte de dicho grupo de los deportistas que lo representaba (González Abrisketa, 2013, p. 64).
Esta audiencia de la pelota vasca, en un primer momento, daba su completo apoyo, en el que primaba la parte emocional y de pertenencia sobre el juego mismo, ya que apostaba por el pelotari de su pueblo o región. Dentro de este apoyo por componentes geográficos e identitarios se podía comprobar cómo la rivalidad entre familias o pueblos se llevaba al frontón, al apoyar a uno u otro por antagonismo con otro pueblo. Otra forma que tenían los aficionados de elegir sus lealtades en la cancha ―en el caso de que ninguno de los jugadores en liza estuviese relacionado con el público por lazos familiares o geográficos― era su estilo de juego. En el juego de pelota competían habitualmente dos estilos: el estilo de fuerza y el estilo de astucia. El estilo de fuerza era el más popular, ya que representaba mejor los valores principales de la patria vasca, basándose estos en la fuerza bruta, la resistencia y la honestidad. Confiaban en que la fuerza era suficiente para conseguir la victoria, dejando de lado trucos y argucias. Muchas de las grandes rivalidades de la pelota vasca en sus primeros años se basaban en esta diferencia de estilos. 1
Los espectadores de pelota vasca solían celebrar el juego de fuerza, ya que no solo mostraba su fortaleza, sino también su nobleza, otro de los valores claves de la identidad vasca. Esta nobleza puede ser entendida según su concepción aristocrática, de la cual los vascos también participan al considerarse todos hidalgos, por el hecho de ser vascos, 2 o puede comprenderse como honestidad. La nobleza sería uno de los principales valores autoatribuidos por la comunidad vasca. Dentro del frontón, el público que marcaba los límites del terreno de juego también juzgaba la nobleza de sus jugadores, lo que demostraba que el juego limpio tendría una gran importancia, dando así a la nobleza un lugar especial entre los valores que reproducía el juego de pelota.
Esta importancia se podía observar en varias facetas. La misma pared del frontón o la pelota se consideraban nobles si los jugadores devolvían la pelota de forma previsible o si no hacían rebotes aleatorios. Los pelotaris podían mostrar su nobleza jugando limpio y acatando las decisiones del árbitro, aunque les perjudicasen, así como respetando al contrincante. El público también podía mostrar esta cualidad al celebrar solo el mérito de su favorito y no los fallos de su contrincante o disfrutando del buen juego, viniera del competidor que viniera (González Abrisketa, 2013, p. 73).
Un último valor vasco que puede verse claro en el juego de pelota es el principio de independencia y antagonismo. Si un pelotari de otra casa jugaba contra otro desconocido, los miembros de la familia o del pueblo contrario apoyarían al desconocido por enemistad. Olatz González Abrisketa (2010) afirma sobre este punto que
la lucha con lo otro, la acción contraria, el estilo opuesto como marcador de la propia personalidad ha contribuido probablemente a destacar en el ethos de los vascos un marcado sentido de independencia. […] Nobleza e independencia se refuerzan mutuamente constituyéndose en un soporte fundamental tanto del derecho político como del imaginario colectivo. (p. 105)
La pelota vasca, como disciplina deportiva, desempeña un papel clave en la transmisión de los valores que los vascos reconocen como característicos de su cultura. Por esta razón, se ha convertido en un elemento fundamental de su identidad étnica y en una pieza central de esos “plebiscitos cotidianos”, que resultan cruciales para construir y sostener el sentimiento nacional de esta comunidad imaginada que conforma el pueblo vasco.
El papel de la pelota vasca en la diáspora
La diáspora es más que migración. La diáspora estaría definida tanto por sus orígenes como por sus miembros. Para Bakewell (2009), esta contaría con cuatro puntos clave: migración desde un lugar común hacia diversos países de acogida, compartir un mito colectivo sobre su hogar ancestral, detentar una consciencia de su identidad étnica que se mantiene durante largos periodos de tiempo (basada en una historia, cultura y religión compartidas) y construir redes entre los miembros de la diáspora de diferentes puntos y con su hogar común.
Estos puntos, aunque muy clarificadores, no son idénticos en todas las experiencias diaspóricas existentes, ya que varían de una a otra y cada una se expresa en cada punto con más o menos intensidad, incluso en una misma comunidad, que varía en el tiempo, ya que estos grupos evolucionan y se desarrollan. Por ejemplo, las diásporas armenias e irlandesas compartirían un hecho traumático en su fundación, como puede ser el genocidio y la Gran Hambruna, mientras que los vascos no tendrían un único hecho fundacional (las guerras carlistas no tuvieron la intensidad ni la crueldad de los eventos mencionados anteriormente). La diáspora vasca se debería a una variedad de motivos y no a uno único, que mezclaría la victimización de sus habitantes (guerras carlistas y Guerra Civil española) y la migración laboral específica (los pastores vascos llegados a los EE. UU., en el siglo XIX) (Saitua, 2018) y la imperial (muchos salieron a las colonias de España de ultramar) (Azcona, 2015).
Uno de los elementos más importantes para las comunidades en el extranjero es el lugar originario común. Aunque no sea tanto un lugar geográfico como un lugar en la memoria colectiva, esta identificación común puede incluso oponerse a la visión moderna de nacionalismo y de ciudadanía (Gilroy, 1993, p. 207). En muchas ocasiones, el lugar de origen añorado, a pesar de poder ser visitado en unas coordenadas geográficas, ya no existiría, salvo en la memoria. Las características recordadas y transmitidas por generaciones serían más un deseo de algo perdido ―lo que acentuaría ese sentimiento de pérdida― que un lugar real al que regresar, lo que tendría como resultado que ese lugar de origen común se convierta en algo esencial lleno de recuerdos, valores e idealización; no se trataría de un espacio físico, sino lírico (Brah, 1996, p. 191).
Aun así, las comunidades de la diáspora comparten una identidad colectiva en sus lugares de origen, imaginados o reales, y para su mantenimiento desarrollan prácticas culturales y religiosas, lo que con el tiempo desarrolla identidades diferentes a las que existen en la patria perdida ( Morley y Robins, 1995, p. 85). Lo anterior se debe a que las tensiones y los contrapesos entre una identidad étnica, una nacional y una transnacional pueden a menudo dar lugar a espacios intersticiales creativos y enriquecedores (Cohen, 2008, p. 8). Estas prácticas e identidad transnacional compartida además tendrían otra función: la de ofrecer consuelo a sus miembros en lugares de acogida que en muchas ocasiones son hostiles y pueden presentar numerosos desafíos, sobre todo el choque cultural generado por la discriminación. En este diálogo constante entre el grupo y su lugar de acogida se dan procesos de criollización (Cohen, 2008, p. 197), mediante los cuales las identidades del grupo entablan diálogos con sus lugares de acogida, que tienen como resultado cambios e hibridaciones.
La memoria somática ―transmitida a través de prácticas culturales como las danzas, los juegos, la cocina o incluso los peinados― jugaría un papel clave como portadora de la cultura, convirtiendo los cuerpos mismos en lugares de la memoria (Kabir, 2019, p. 73). De ahí la importancia de los juegos folclóricos como herramienta para mantener la identidad en grupos migrantes. En este sentido, la pelota vasca jugó un papel significativo.
Las diásporas también pueden ser entendidas como redes globales que funcionan como puntos de encuentro entre lo global y lo local, lo particular y lo universal. Esta interpretación es de gran ayuda para entender la expansión de la pelota vasca por el mundo y su llegada hasta Shanghái y otras zonas.
En el siglo XIX y por dos motivos principales (las guerras carlistas ―que se produjeron principalmente en territorios del País Vasco, aunque también por otras zonas de España como Valencia― y la institución del mayorazgo ―por la cual solo el primogénito varón heredaba el patrimonio familiar―), muchos vascos salieron de la Península en busca de seguridad y de nuevas oportunidades. En su intento por mantener sus tradiciones y su cultura, pronto empezaron a crear euskaletxeas en numerosas ciudades, desde Madrid hasta Miami o Shanghái. Del mismo modo, se establecieron los famosos Hoteles Vascos en los EE. UU., destinados a acoger a los numerosos pastores vascos que migraron allí a mediados del siglo XIX. Ambos centros se convirtieron en lugares de encuentro de la comunidad, de socialización, de reproducción cultural y de añoranza del hogar perdido.
En estos espacios podían comer la comida tradicional de su región, jugar al mus, practicar el euskera, escuchar y bailar su música tradicional, celebrar las fechas conmemorativas y religiosas comunes y practicar deportes populares, reforzando así su memoria somática. Muchos vascos adinerados, o los directivos de estos lugares de reunión, decidieron construir frontones para que la comunidad pudiese jugar a la pelota vasca, los cuales no estaban situados en el centro de la vida pública de sus localidades de acogida ―ya que era algo extraño para los locales―, pero seguían estando en el centro de sociabilidad de la comunidad vasca, convirtiéndose en un lugar de memoria colectiva. Los objetos y lugares podían convertirse en lugares de memoria, condensando y reproduciendo los recuerdos comunes. En la diáspora, en la que la conexión física con la patria se debilita, los lugares como el frontón se cargan de un simbolismo especial. Para Stallybrass (1999, p. 27), la memoria y la conciencia no se encuentran solo en la mente, sino además en los objetos materiales, como edificios, ropa o artesanía, debido a su capacidad de evocar el hogar y de mantener viva la identidad compartida. El frontón sería uno de ellos, que además incluiría otros como la vestimenta o la pelota e incluso el sonido de esta al golpear la pared. Entendiendo el frontón de esta forma, en la enciclopedia de la pelota vasca en las Américas (Urza, 1994) se afirma que “la pelota fue uno de los imanes que contrarrestaron las fuerzas centrífugas de aculturación que siempre amenazan con separar a los inmigrantes de sus raíces culturales en el viejo continente” (p. 22).
Por este motivo, la pelota vasca pronto empezó a expandirse por los lugares donde se encontraban las principales comunidades de la diáspora: los antiguos territorios del Imperio español (principalmente Hispanoamérica, aunque también Filipinas) y también en Estados Unidos, debido a la gran migración de pastores que se dio en algunas zonas.
La primera expansión del juego de pelota fue la respuesta a la necesidad de los vascos de la diáspora de disfrutar de este deporte y de reproducir su hogar lejos de él. Mediante la práctica de este deporte, realizaban una actividad de ocio y de socialización, mientras reafirmaban y transmitían una parte importante de su identidad y de los valores más importantes para ellos. Además, mediante el juego, tanto jugadores como espectadores desarrollaban los lazos con su hogar perdido y con los demás vascos emigrados, cohesionando y articulando con ello a la comunidad, que se solía reunir los domingos para comer, jugar y, por supuesto, apostar.
La pelota se convirtió en una estrategia transnacional para mantener la identidad, que funcionó excepcionalmente bien, como demuestra el gran número de frontones y de pelotaris que produjo el continente americano, primero, y el resto del mundo, después. También se aprecia su eficiencia en entrevistas a pelotaris actuales afincados en América. El mexicano Arturo Rodríguez afirmaba lo siguiente: “Yo juego desde los seis años. Mi papá es un apasionado desde joven y tuvo la nobleza de llevarme a jugar siempre con una pelota y una raqueta” (Gimeno, 2019). Aquí se hace referencia a la virtud de la nobleza en la pelota vasca, en la que se comprueba que la transmisión de los valores tradicionales vascos continúa hasta nuestros días en los jugadores locales de Hispanoamérica.
Pelota vasca, identidad y primera expansión del deporte
Teniendo en cuenta las fases de globalización e institucionalización de los deportes establecidas por Maguire (1999), los deportes anglosajones, una vez asentada su regulación y estandarización, experimentaron una primera globalización desde 1870 hasta 1920, gracias al empuje que el imperialismo británico le dio, ya que la metrópolis utilizó las actividades deportivas como una forma de poder blando que favoreció que las poblaciones colonizadas asimilasen y aceptasen la cultura británica, al ser el deporte un portador y un reproductor de los ideales y de los valores británicos.
En su primera expansión, los juegos populares ingleses fueron promovidos y expandidos por la lógica político-económica del supremacismo anglosajón, llevando a las colonias una forma de ocio que influía a la población autóctona a aceptar y a repetir unos valores extraños y a comenzar un diálogo transcultural activo con los colonizadores.
La primera expansión de la pelota vasca, aunque se dio en el marco de cierta lógica colonial, se realizó por motivos diferentes. También estuvo relacionada con el antiguo Imperio español, ya que la primera oleada llegó al resto de España y a las antiguas colonias. Pero este proceso no obedeció a lógicas imperialistas de control social y de reproducción de valores, sino a otras de migración por cercanía cultural y de lingüística, y a la existencia previa de comunidades vascas o españolas. El caso de los pastores desplazados a Estados Unidos se debería a migraciones por trabajo especializado. En ambos contextos, esta llegada del juego de pelota se debió a la necesidad de las comunidades de la diáspora de mantener su identidad y la conexión con su tierra originaria y de reforzar los lazos sociales a través de dicha identidad.
Como puede verse, la pelota vasca, en su primera difusión, guardó similitudes con los deportes británicos, al haberse dispersado ambos por sus territorios imperiales. Si bien, también hay importantes diferencias, ya que los deportes ingleses se utilizaron para favorecer el proyecto imperial y controlar a los pueblos dominados, de los cuales surgirían procesos de asimilación, resistencia y apropiación de estos deportes a partir de unas relaciones de poder asimétricas (Maguire, 1999). En este caso, el objetivo era que estas poblaciones locales participaran de los deportes del colonizador.
Sin embargo, en la expansión de la pelota vasca no se buscaba la participación de la población de los lugares de acogida. Al ser la identidad étnica el principal motivo de su llegada, el deporte estaba pensado para ser practicado por los miembros del grupo. Este hecho no evitó que parte de la población local participase de él, pero de forma minoritaria. El componente identitario y la poca participación de miembros ajenos a la comunidad evitaron los movimientos de asimilación y de resistencia frente a este deporte que sí que se dieron en el caso anglosajón.
La evolución y pérdida de la pelota vasca identitaria: la industrialización de los frontones y su segunda expansión
A finales del siglo XIX se dio la mayor evolución en la pelota vasca: la aparición de los frontones industriales. Los frontones industriales representaron la profesionalización definitiva de este juego folclórico y su conversión en un deporte espectáculo de masas que movía grandes cantidades de dinero a través de las apuestas.
Aunque no fue un cambio rápido y radical, sino un proceso que se fue consolidando a través de la segunda mitad del siglo XIX, fue en 1887, con la construcción del primer frontón industrial del mundo, en San Sebastián, cuando este proceso se aceleró. Lucio González Martínez, promotor de dicho frontón, se había dado cuenta de que los frontones tradicionales situados en las plazas carecían de las comodidades de los centros de ocio modernos, por lo que pensó en una reformulación total de este deporte. Él creó graderíos más amplios, con capacidad para 2500 espectadores, y los situó en un frontón cerrado. A su vez, dio un paso más en la profesionalización de los pelotaris, al contratar cuadros enteros por temporadas y ofreciéndoles un sueldo fijo al mes, estableciendo de este modo una plantilla fija de atletas. Así mismo, comenzó a dirigir los frontones como un negocio centrado en el beneficio económico. Para ello, se creó la figura del corredor de apuestas, que se encargaría de organizar y de dirigir esta actividad en el frontón de forma profesional.
Este modelo de negocio tuvo un gran éxito y pronto comenzó a expandirse por España, donde el primer frontón moderno se inauguró en 1894 en Madrid, el Beti Jai, al cual siguieron otros. Un año más tarde, se inauguró otro en México. En 1901, en la Habana se estableció el famoso Palacio de los Gritos, uno de los jai alai más famosos de América. En 1904, la ciudad estadounidense de San Luis siguió su ejemplo y, en 1906, fue el turno de Lima. En Asia, el primer frontón de estas características se estableció en 1917 en Manila, en el recinto del Casino Español.
Estos cambios y su gran éxito se dieron por la gran cantidad de dinero que el nuevo formato era capaz de producir a través de las apuestas y, si bien propició su popularidad y su llegada a muchos rincones del mundo, también produjo un cambio esencial en su público y en su naturaleza.
La ampliación de las gradas hizo de este deporte un espectáculo de masas, en las que el componente identitario-emocional se fue diluyendo, ya que la adscripción geográfica y las rivalidades entre familias y pueblos se disolvió en las grandes aglomeraciones de gente, que empezaron a acudir para disfrutar del buen juego y de la apuesta, y no por fuertes sentimientos de pertenencia.
Para comprender este importante cambio, es necesario analizar la evolución de la apuesta en los frontones a través de este proceso de profesionalización. En el juego tradicional, era una actividad sencilla, directa y colectiva, pues se solía cerrar una cantidad idéntica entre los dos competidores, aportada por sus vecinos. La cantidad era guardada por alguien de confianza y, al terminar, los ganadores se repartían las ganancias a partes iguales, una vez restada la suma del pelotari. También surgían apuestas individuales durante el partido de forma espontánea, en la cual se cruzaba la misma cantidad de dinero por ambas partes (González Abrisketa, 2010, p. 107). Esta apuesta era de tipo identitaria y colectiva y se participaba por sentido de pertenencia a un pueblo o familia, lo cual también imposibilitaba que el individuo apostase en contra de la voluntad general del grupo (González Abrisketa, 2010, p. 107).
Con la expansión, con la internacionalización y con el éxito se produjo una desconexión entre la audiencia y la parte afectiva de este deporte, creándose un público más profesional, para quien el paisanaje y la parte identitaria y emocional había perdido su importancia, en contraposición con la parte más técnica y económica. Este gran cambio se produjo entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, debido a la construcción de los grandes frontones y a la participación de este deporte en grandes eventos como los Juegos Olímpicos.
El aumento de público, ya mencionado, provocó que las apuestas también perdieran su naturaleza emocional y que fueran sustituidas por una apuesta más neutral y técnica. Cuando no hay un claro favorito en un partido las apuestas son iguales, cuesta lo mismo apostar por cada jugador. En cambio, si existe un favorito, es la cantidad de dinero que se apuesta lo que muestra los apoyos por uno u otro pelotari del público. La grada entonces se divide en puntos y momios, quien juega por arriba y quien juega por abajo. Los puntos son los apostadores que juegan grandes sumas de dinero, los cuales forman en su conjunto la cátedra del frontón, o sea, los eruditos del juego. Ellos suelen jugar por arriba, por el favorito, y así fijan el momio y establecen la ventaja que otorgan a los que van a jugar por abajo, por el que no es favorito. A los que apuestan por este último se los denomina los momistas. Es decir, los puntos son los que deciden mediante sus apuestas quién es el favorito y cuál es la ventaja que dan a los apostadores del no favorito, estableciéndose así el momio (González Abrisketa, 2010, p. 108). Si esta inteligenzia del frontón no tiene un criterio unificado, las apuestas iniciales van a la par y son los gustos personales sobre los pelotaris los que dirigen la apuesta al mismo tiempo que los pelotaris en la cancha desarrollan su juego. Si hay cierta unanimidad sobre quién es más probable que venza en el encuentro, se establece un porcentaje, que puede llegar a ser muy abultado. A veces puede haber sorpresas y el contendiente peor valorado puede hacerse con la victoria, momento que esperan los momios, que, invirtiendo poco, pueden hacerse con un premio considerable.
Como se pueden cruzar apuestas, a medida que el partido transcurre, el momio no es un porcentaje fijo sino mutable, que va cambiando según imperan los lances del partido. Esto a su vez hace que muchos espectadores cambien sus apuestas de una pareja a otra o de un pelotari a otro, suavizando o eliminando completamente el componente emocional de la adscripción del público, desapareciendo así, gracias a la apuesta, cualquier fanatismo de bandos, ya que el espectador va cambiando de lealtades según el rendimiento de los atletas para salvar algo de dinero.
En la evolución de la apuesta en la pelota vasca, se puede comprobar cómo aquella articula al público de este deporte, desde los frontones originarios más modestos hasta los industrializados. Si en un principio el público estaba articulado entre seguidores de uno u otro pelotari que apostaban por ellos, por pertenencia y rivalidad, en los frontones profesionales la apuesta articularía al público mediante la cantidad y la forma de la apuesta o por el favorito o el no favorito.
En el desarrollo moderno de este deporte, puede comprobarse cómo algunos de los valores principales de la identidad vasca que se representaban en el juego de pelota fueron desapareciendo con su profesionalización, ya que la rivalidad entre familias y pueblos y su independencia no se encuentran en los modernos frontones; en estos, puede verse cómo su masificación y su éxito amputaron parte de su componente identitario a medida que se expandía. También es cierto que otros valores clave, como el de fortaleza o el de nobleza, se mantuvieron e incluso se reforzaron, ya que en los nuevos jai aláis la valoración del buen juego honesto se ha potenciado, al eliminarse las adscripciones emocionales a uno u otro jugador.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, el surgimiento de normas estandarizadas, la profesionalización de sus jugadores ―que con los frontones industriales ya eran profesionales que firmaban por temporadas― y el surgimiento de instituciones ―como las diversas federaciones nacionales e internacionales de pelota― marcaron, siguiendo las cinco fases de institucionalización y globalización del deporte que establece Maguire (1999), la entrada en la tercera fase de la pelota vasca. Para este autor, esta fase estuvo marcada por una ética más amateur, con la que dominaban ideas como el juego limpio y el desarrollo de los cuerpos masculinos para el deporte (Maguire, 1999, p. 82). Estas nociones pueden relacionarse con el respeto que el público y que los jugadores tenían en los frontones por el juego noble y por la figura del árbitro, que aparece en los frontones industriales. También podrían conectarse así con la preferencia por jugadores fuertes y atléticos por encima del juego astuto. La aparición de competiciones internacionales como las Olimpiadas, en las que la pelota vasca aparece ya en 1900, es otra muestra de la entrada del deporte vasco en la tercera fase.
La expansión de los frontones industriales (por España, primero; más tarde, por las antiguas colonias españolas de Latinoamérica, Estados Unidos y Filipinas, y, por último, por territorios europeos, Egipto y China), junto con la creación de la Federación Internacional de Pelota Vasca en 1929 y su participación en diversas Olimpiadas, marcaría la entrada del deporte a la fase cuatro de institucionalización y de globalización. En esta fase, los ideales estadounidenses sustituyeron a los británicos (Maguire, 1999, p. 84), haciendo que el deporte se entendiese de forma más seria y empresarial, dando mucha importancia a los beneficios y, por lo tanto, al marketing y a la promoción, que, a partir de este momento, adquirieron una enorme importancia (Maguire, 1999, p. 85). Esto se puede comprobar en el modelo de negocio del jai alai de Shanghái, en el que la publicidad, la apuesta y el beneficio económico tomaron el papel central, por encima del deporte en sí y del juego limpio que primaban en la fase anterior. Durante esta cuarta fase también se dieron resistencias ―o, más bien, transculturaciones 3 ― que crearon variaciones locales del deporte original, debido a diálogos transculturales entre los países receptores o colonizados y los países hegemónicos, marcando así un intercambio dinámico entre lo local, lo nacional y lo global (Maguire, 1999, p. 85). Esta circunstancia se reprodujo en el frontón de Shanghái, donde surgieron variaciones tanto en el propio deporte como en la forma de apostar, en la que el público chino resignificó la apuesta tradicional vasca, al hibridarla con las tradiciones chinas, llegando a considerarse como algo propio del público chino, perdiendo por completo su componente vasco.
En su primera fase de expansión, mantuvo importantes diferencias con los deportes anglosajones, especialmente por su carácter identitario y por su expansión como herramienta colectiva de mantenimiento de los lazos con su lugar de origen y de su cultura común. En las siguientes fases de expansión, las similitudes con los deportes británicos se reforzaron y las diferencias se limitaron al desaparecer el componente identitario original del deporte y fortalecer su parte económica. Su adscripción al mundo occidental y a sus narrativas supremacistas colaboraron a su expansión, especialmente en espacios coloniales o semicoloniales como Egipto y Shanghái, donde la narrativa identitaria vasca de la fortaleza y la nobleza se imbricaba con las narrativas imperialistas de masculinidad, nacionalismo y dominio físico de los cuerpos occidentales. Su participación en grandes eventos deportivos promovidos por Europa y Estados Unidos se apoyó en estas narrativas. Además, la expansión de la pelota vasca a lugares fuera del ámbito de la diáspora ―como Tianjin o Alejandría― no puede entenderse sin la hegemonía cultural occidental en la cual se apoyaron sus deportes para globalizarse. Para ese momento, el componente étnico-identitario que fue protagonista en la primera expansión se había diluido.
Este dominio de Occidente y de sus narrativas sobre la superioridad y la fortaleza del cuerpo masculino blanco benefició de gran manera a la pelota vasca, que consiguió potenciar su expansión exterior gracias a ello. Su llegada a zonas semicoloniales se debió a tres factores: el primero y más importante, a su enorme rentabilidad económica; el segundo, a la conveniente integración del juego de pelota en la narrativa física imperialista, y el tercero, por último, a la iniciativa empresarial del expelotari Teodoro Jáuregui, que comprendió cómo el modelo de negocio podía adaptarse muy bien en estas zonas.
Un buen ejemplo de ello es la construcción del frontón de Tianjin. En 1934, el Conde Ciano decidió utilizar la concesión internacional en China como escaparate para el fascismo italiano. Uno de sus principales proyectos arquitectónicos para ello fue el SAI Forum de Tianjin, un frontón de grandes dimensiones y con las mejores comodidades de la época. Ciano entendió que los valores que representaba la pelota vasca y los pelotaris encajaban a la perfección con el discurso supremacista del fascismo italiano, basado en la fortaleza del hombre mediterráneo y en la tradición. Por este motivo, se construyó un enorme edificio en el centro de la concesión, coronado con una torre en forma de torpedo y rodeado por cuatro fascios que resaltaban el carácter fascista del centro deportivo; unos relieves en los que se representaban atletas masculinos practicando el deporte allí presentes asociaban este espacio con la pelota vasca y con la fuerza de los hombres (Smith, 2012).
La parte económica obviamente fue el aliciente principal de esta gran proyección internacional, pero su facilidad para introducirlo dentro de un proyecto de ensalzamiento imperial ayudó a que este deporte llegase a más países fuera de la órbita hispánica u occidental.
El componente identitario de la pelota vasca en su expansión más allá de la diáspora
A lo largo de este artículo se ha visto que, a medida que la pelota vasca se iba desarrollando como deporte institucionalizado y expandiendo a más partes del mundo, esta iba dejando atrás componentes étnico-culturales que habían sido esenciales en sus orígenes. Su expansión por el mundo, originariamente debida a este componente identitario, fue en parte la causa (junto con la industrialización de los frontones) de la evolución de significados de este deporte en el extranjero.
Incluso el nombre de la pelota vasca en el extranjero fue sustituido por jai alai, una modalidad específica del deporte jugada con cesta punta. Este cambio de denominación ya eliminaba el componente étnico de su nomenclatura, suprimiendo una primera referencia a la procedencia de este deporte. Si bien es cierto que jai alai es un término en euskera, para personas no versadas en este idioma era un término neutral que no hacía referencia explícita a su origen y que incluso se modificó en lugares como China, donde se escribía Hai Alai. En los lugares donde no se conocía la geografía e historia de la Península ibérica, la conexión entre pelota vasca y País Vasco fue desapareciendo, siendo sustituida por mezclas exóticas de estereotipos sobre España y el Mediterráneo.
Para analizar esta evolución, que fue difuminando cada vez más el componente identitario de los frontones, se han examinado varios casos en EE. UU. y en Shanghái. Estos dos lugares, a pesar de sus enormes diferencias, se han elegido debido a que ninguno de ellos pertenecía a los antiguos territorios del Imperio español, por lo que su conexión y conocimiento de España eran menores. En Shanghái, además, no hubo grandes comunidades de la diáspora.
En el caso estadounidense, puede comprobarse a través de la prensa local cómo la pelota vasca fue despojada de todo componente étnico y pasó a ser considerada, en la mayor parte de las ocasiones, un juego nacional español relacionado con los estereotipos españoles y en otros casos como algo hispanoamericano, debido a la importancia del frontón de la Habana. Por ejemplo, en el Great Falls Daily Tribune (“A gambler’s paradise”, 1920) de Montana, se habla del jai alai como un “buen lugar para perder todo tu dinero”. Esta afirmación muestra cómo el componente económico de la apuesta se había convertido en el rasgo diferencial del jai alai. Más adelante, el autor afirma que el deporte se originó “en algún lugar de España”, sin ninguna referencia al País Vasco ―algo que será muy común en todas las publicaciones de la época―, siendo así separado el deporte de su lugar originario. En el artículo también podemos encontrar una referencia a lo extendido y exitoso que era este deporte dentro de EE. UU., ya que asegura que se jugaba en todos los Young Men´s Christian Association (YMCE), organización protestante que buscaba promover un contexto de socialización sano y educativo para los jóvenes tras la Revolución Industrial del país. Más adelante, aparece una descripción de cómo se realizaban las apuestas y del ambiente del frontón, en la que se muestra una gran diferencia con la etiqueta de los frontones originales, donde los grandes apostadores deben mantener la compostura, aunque pierdan, y se celebra el buen juego, venga del lado que venga (González Abrisketa, 2013, p. 73). En el frontón descrito por el autor, se habla de insultos a los pelotaris y al árbitro, de gorros y bastones volando por el aire y de la actitud resentida de los que habían perdido, contrastados con el ruido y con la exuberancia de los vencedores. Aquí se observa la pérdida de otro de los valores principales de la pelota vasca, la nobleza, ya que el público ya no respetaba a los jugadores ni al árbitro, ni disfrutaba del buen juego, sino que gesticulaba y gritaba de acuerdo con su interés económico, refiriéndose a los pelotaris como los hombres que “defienden su dinero” (“A gambler’s paradise”, 1920). Ya no representan su región o sus valores, solo su bolsillo.
Por último, en este artículo se hace una última referencia muy interesante sobre la parte identitaria de este juego, que serían sus jugadores. Se habla de que los pelotaris no encajarían dentro de la imagen de latinoamericano que existe en EE. UU., ya que serían fuertes y resistentes. Además, su actitud sería muy diferente de las de los estadounidenses, al mostrar sus sentimientos y gritar, sobre todo en la derrota. En estas afirmaciones se entiende que el público norteamericano ni siquiera sabría el origen étnico de los pelotaris, que en su mayoría procedían del País Vasco o descendían de vascos emigrados. Además, menciona la falta de nobleza de los atletas, que mostrarían frustración por la derrota y culparían a la pelota, a la cancha o al público, mostrando así la desaparición de otro de los valores esenciales del juego de pelota.
Siguiendo el tema de la confusión sobre el origen geográfico o étnico del juego o sus protagonistas, se puede encontrar la sección de fotografías del Evening Star del 20 de marzo de 1921 en Washington D. C., donde se refieren al jai alai como un “deporte cubano”. En el periódico New Britain Herald (“Herald Cameraman tell their story”, 1928) apareció el mítico portero Ricardo Zamora vestido de pelotari, deporte que practicaba, y se le atribuye la victoria del campeonato de Madrid, de este “deporte latino”. En estos dos casos (así como en los mencionados anteriormente) se observa que en EE. UU. los orígenes étnicos y regionales de este deporte habían desaparecido.

Otro ejemplo interesante que se puede encontrar es el del New Yorker del 17 de septiembre de 1938 (“The talk of the town”, 1938). En este artículo, sí que se hace referencia a los orígenes vascos del jai alai, ya que menciona que “Mike Jacobs va a pasar un mal rato intentando que los neoyorquinos se comporten como vascos” durante un partido. Pero la comprensión de qué es un vasco o de sus valores se mezcla con los estereotipos sobre España. En el frontón se dieron instrucciones al público para que se comportasen “como vascos”, pero estas instrucciones consistían en aplaudir cuando había un buen tiro y abuchear y silbar cuando alguno de los jugadores cometía un error. A esto el autor lo llamó “imponer la fiebre mediterránea”, en cuanto expresividad y emocionalidad. Como puede verse, estas directrices no solo van en contra de la nobleza del deporte y de la etiqueta del público en el País Vasco, sino que además se imponían por medio de carteles y exhortaciones de la dirección, algo nunca visto en los frontones vascos. En este caso se puede ver cómo el espectáculo había absorbido al deporte, pareciendo más un programa televisivo que un deporte étnico. Además, es obvio que, aunque se conoce el concepto de vasco, se vacía de contenido real para llenarse de estereotipos imaginarios sobre España.

Un último ejemplo significativo sería el programa del frontón Rainbo, de Chicago. En este frontón se anuncia la pelota vasca como “Spanish national ball game”, sin ninguna referencia al País Vasco.
En Shanghái, la situación era bastante similar, con la diferencia de que en la prensa francesa sí aparecía el nombre pelota vasca en sus anuncios y artículos, debido a que el público francés de la concesión conocía este deporte con anterioridad. En la prensa inglesa, en cambio, el deporte solía anunciarse como algo español; esto podía verse en anuncios, artículos o en las guías de la ciudad, en los que generalmente se recomendaba hacer una visita al frontón español.
Dentro de las publicaciones en inglés de la ciudad, hay una excepción importante, ya que en una guía paródica de la noche de Shanghái aparece un párrafo sobre el jai alai que dice:
Hai Alai, which takes place continuously out in a splendid new auditorium in Frenchtown is interesting, has many followers and is as good a way to lose your shirt as we know of. You can lay a bet here just as easily as you could get converted at the Methodist Mission. Hai Alai is an old Basque game, and the town is filled with Basquards who have been imported to lend the local game an authentic touch. (Karns y Patterson, 2009, p. 43)
En esta cita puede verse una referencia clara a los orígenes de los pelotaris y del deporte, aunque es la única en la que aparezca. Además, al no decir nada más, no se puede saber si los autores también pensaban en el País Vasco como un lugar mediterráneo de sangre caliente. Lo que sí queda claro es que el componente económico de la apuesta es el más importante.
En los periódicos chinos, la relación entre España y la pelota vasca era completa. En el semanario 良友畫報 (Meng, 1934 ), en el que aparecían referencias a las comunidades internacionales de la ciudad, se relacionaba a cada grupo nacional con una actividad, siendo la elegida para los españoles la pelota vasca.
Además, en los numerosos semanarios que surgieron en 1937 que recomendaban cómo apostar en el frontón, se encuentran numerosas referencias a España, pero ninguna al País Vasco. Un buen ejemplo de ello es el artículo de 古月钱 (Gu Yue Qian) en 艺花半月刊 (Yi Hua Ban Yue Kan, 1938), en que se afirmaba que el jai alai era un deporte español y, como deporte español, se debía estudiar cómo apostaban los españoles para comprender cómo jugar dinero en el frontón.
En Shanghái, además, se dio una resignificación de mucha intensidad, por medio de la cual la población local insertó su tradición religiosa y de juego de apuestas, muy establecida en el país para convertir la pelota vasca en un juego local de apuestas rápidas, en el que lo importante no era el juego ni los valores, sino los resultados numéricos que se podían investigar para intentar formar patrones de resultados que ayudasen a adivinar los siguientes desenlaces de los partidos (Cabañes Martínez, 2025). Esto hizo que cualquier resto de representación de valores étnico-culturales desapareciera por completo de los frontones chinos.
Como puede verse en ambos casos, la población local de los países de acogida del frontón desconocía por completo los orígenes y contenido étnico-identitario de este deporte, aunque algunos occidentales podían tener algún conocimiento de su procedencia vasca.
Conclusiones
La pelota vasca, desde sus orígenes como juego folclórico, contuvo, representó y reprodujo los valores principales con los que se identificaba el pueblo vasco: la fortaleza, la independencia, la rivalidad y la nobleza. Estos valores se reafirmaban en cada partido jugado en la plaza del municipio, convirtiéndose en un importante eje movilizador para la identidad vasca. Este importante papel dentro de la región favoreció que los frontones se expandieran por el mundo gracias a la diáspora vasca, que los llevó allá donde sus comunidades en el extranjero se establecían, como un medio de ocio y de socialización, pero también como una herramienta colectiva para mantener la identidad étnica y los lazos con su hogar perdido en otros territorios, mediante la memoria somática. Durante este periodo, los valores que el deporte representaba fueron parte principal de este y de su expansión, ya que era jugado y visto principalmente por vascos emigrados.
A finales del siglo XIX, la aparición de los frontones industriales conllevaría el primer cambio en público y significados. El aumento sustancial del público, así como el cambio en la apuesta, eliminó el sentimiento de pertenencia de grupo y las rivalidades e instauró un nuevo tipo de apuesta que hizo de este deporte un negocio muy beneficioso. En estos frontones aún se mantenían los valores clave de la pelota vasca y de su identidad étnica ―la importancia de la fortaleza y de la nobleza en la cancha y en la grada―, representada por la sobriedad con la que debía comportarse el público y por el respeto por rivales y árbitros de los pelotaris.
La importancia del factor económico favoreció una segunda expansión, apoyada en la primera, surgida de la diáspora, que llevo este deporte a puntos tan alejados como Shanghái, pero en este traslado el componente identitario se diluyó en su parte económica. La primacía del beneficio debido a la apuesta fue eliminando los resquicios que quedaban del deporte étnico en los grandes frontones industriales de ultramar. En ellos, como se ha visto, la nobleza evolucionó en espectáculo, en gritos y en exhortaciones guiadas por la ganancia o pérdida del dinero e incluso en insultos hacia los atletas que habían causado sus pérdidas.
En las zonas fuera de la órbita cultural española o de la diáspora, el componente vasco también desapareció, siendo sustituido, con suerte, por referencias a España y a sus estereotipos o incluso a Latinoamérica. La falta de conocimientos del contexto en el que este deporte había nacido propició una nueva narrativa basada en lo exótico de lo español, que funcionaba mejor que la referencia a un pueblo que la mayor parte de las poblaciones locales no conocían, sirviendo el reclamo del exotismo español mucho mejor para el negocio.
La pelota vasca ―que surgió estrechamente relacionada con el nacionalismo vasco y con las ideas y valores que este atribuía a su pueblo― tuvo un gran éxito y consolidación gracias a esta identificación del pueblo vasco con los valores que reproducía este deporte. Este primer éxito basado en la identidad vasca propició una expansión sin precedentes por el mundo, primero por la antigua órbita colonial y cultural hispánica y más adelante a lugares alejados de esta como China, Egipto o las regiones de EE. UU. El componente identitario de la pelota vasca que la había ayudado a triunfar fue la víctima principal del éxito en estas regiones, donde el deporte se vació de contenido para volverse más comercial y de masas, en consonancia con lo que estaba ocurriendo con otros deportes en esta etapa de la globalización, cuando el componente amateur y profesional del deporte se fue dejando de lado para potenciar el beneficio económico y el negocio.
Acerca del autor
Ramiro Cabañes Martínez es doctor en Historia Contemporánea por la Universidad Complutense de Madrid. También es profesor externo en la Universidad Rey Juan Carlos y en la Universidad Nebrija.
Referencias
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Notas
*
Artículo de investigación
1
Véase la rivalidad entre Elisegui y Mardura como ejemplo, siendo el primero representante del juego honesto de fuerza y el segundo del juego astuto.
2
Este hecho se muestra claramente incluso en declaraciones actuales del Gobierno vasco, por lo que no ha perdido actualidad, pudiendo encontrarse ejemplos de ello en la misma página web de la Lehendakaritza (Gobierno Vasco, s. f.).
3
Procesos mediante los cuales las prácticas originales sufrían modificaciones que lo adaptaban mejor al contexto local en el que se reproducían, dando como resultado nuevos deportes o nuevas perspectivas y formas de practicarlos.
Notas de autor
a Autor de correspondencia. Correo electrónico: rcabanes@ucm.es
Información adicional
Cómo citar: Cabañes
Martínez, R. (2026). La pelota vasca y la construcción identitaria en contextos
transnacionales: del País Vasco a Shanghái. Papel Político, 31.
https://doi.org/10.11144/Javeriana.papo31.pvci