Del Chocó al escenario global: atletas afrocolombianos, poder blando y geopolítica de la imagen-país en Colombia *

From Chocó to the global stage: Afro-Colombian athletes, soft power and the geopolitics of the country’s image in Colombia

Javier Moisés Rentería Hurtado , Mariano Rosario

Del Chocó al escenario global: atletas afrocolombianos, poder blando y geopolítica de la imagen-país en Colombia *

Papel Político, vol. 31, 2026

Pontificia Universidad Javeriana

Javier Moisés Rentería Hurtado a

Universidad Autónoma de Madrid, España


Mariano Rosario

Universidad Complutense de Madrid, España


Recibido: 11 enero 2026

Aceptado: 30 abril 2026

Publicado: 25 agosto 2026

Resumen: El deporte se ha consolidado como un escenario especial para la política exterior y la construcción de la identidad nacional en Iberoamérica. En Colombia, el éxito deportivo reciente ha estado intrínsecamente ligado a la población afrodescendiente, particularmente aquella vinculada al Pacífico geográfico, cultural o por linaje familiar, así como a otras regiones periféricas con alta presencia afrocolombiana, tales como Cauca, La Guajira, Antioquia y Bolívar. Este artículo examina el papel múltiple, racializado y generizado de los atletas afrocolombianos como vectores de poder blando y como símbolos de una geopolítica interna que confronta la desigualdad social. Se sostiene que la proyección internacional de figuras como Caterine Ibargüen, Luis Díaz y Yerry Mina no solo mejora la imagen-país de Colombia, sino que también ejerce una forma de diplomacia interna, al visibilizar las demandas de justicia social y la contribución de regiones históricamente marginalizadas en el relato nacional. El éxito deportivo, leído como arena pública, pone en disputa el poder blando estatal y las reivindicaciones de justicia racial, territorial y de género. Utilizando un marco teórico de la diplomacia deportiva y los estudios poscoloniales del deporte, y a partir de un análisis documental y de discurso sobre fuentes secundarias (como literatura académica, informes oficiales y cobertura mediática), se analiza cómo el cuerpo del atleta se convierte en un territorio de disputa y representación en el escenario global.

Palabras clave:diplomacia deportiva, afrocolombianos, Colombia, poder blando, imagen-país, justicia social, región pacífica, geopolítica interna.

Abstract: Sport has become an essential vehicle for foreign policy and the construction of national identity in Latin America. In Colombia, recent sporting success has been intrinsically linked to the Afro-descendant population, particularly those connected to the Pacific region geographically, culturally, or by family lineage, as well as to other peripheral regions with high Afro-Colombian presence (Cauca, La Guajira, Antioquia and Bolívar). This article examines the multiple, racialized and gendered role of Afro-Colombian athletes as vectors of soft power and as symbols of internal geopolitics that confronts social inequality. We argue that the international projection of figures such as Caterine Ibargüen, Luis Díaz, and Yerry Mina not only improves Colombia’s “nation-image,” but also exercises a form of “domestic diplomacy” by making visible the demands for social justice and the contributions of historically marginalized regions to the national narrative. Reading sporting success as a public arena, the article shows how state soft power and claims for racial, territorial and gender justice. Using a theoretical framework of sports diplomacy and postcolonial sport studies and drawing on a documentary and discourse analysis of secondary sources (academic literature, official reports and media coverage), this article analyzes how the athlete’s body becomes a territory of dispute and representation on the global stage.

Keywords: Sports Diplomacy, Afro-Colombians, Colombia, Soft Power, Country Image, Social Justice, Pacific Region, Internal Geopolitics.

Introducción

La diplomacia deportiva constituye una dimensión fundamental del poder blando estatal, definida por la capacidad de utilizar el éxito deportivo como herramienta de mejora del prestigio internacional y proyección de influencia cultural (Freeman, 2012). En el contexto colombiano, esta estrategia adquiere particular relevancia, dado el esfuerzo sostenido del Estado por reposicionar su narrativa global más allá de los imaginarios históricos asociados al narcotráfico, la violencia armada y la inestabilidad política que han caracterizado la percepción internacional del país durante décadas.

En ese sentido, el deporte de alto rendimiento se ha convertido en un espacio privilegiado para la construcción de narrativas alternativas sobre Colombia. Los logros en disciplinas como el atletismo, el boxeo, el ciclismo y especialmente el fútbol han permitido proyectar una imagen de nación diversa, resiliente y capaz de producir talento de clase mundial. Sin embargo, un análisis detallado de la composición étnica y regional de la élite deportiva colombiana revela un patrón significativo; son los atletas afrocolombianos (en su gran mayoría procedentes de los departamentos del Chocó, Valle del Cauca, Cauca y Bolívar) los principales responsables de la cosecha de medallas y de reconocimientos en megaeventos deportivos internacionales, como los Juegos Olímpicos, campeonatos mundiales y competiciones panamericanas (Morales Fontanilla, 2004; Jarvie, 2003).

Este fenómeno plantea la tesis central que guía este artículo: el papel de los deportistas afrocolombianos trasciende la simple consecución de títulos deportivos y, más bien, constituye una práctica compleja de diplomacia deportiva que opera simultáneamente en dos dimensiones. A nivel externo, estos atletas funcionan como embajadores culturales que mejoran la imagen-país y generan capital simbólico internacional y, a nivel interno, su éxito deportivo actúa como un mecanismo de visibilización de las desigualdades estructurales, ejerciendo presión sobre el Estado para abordar las demandas históricas de justicia social, inversión pública y reconocimiento de las comunidades afrodescendientes.

A partir de este planteamiento, la pregunta que orienta el artículo es la siguiente: ¿de qué modo el éxito internacional de los deportistas afrocolombianos constituye una arena pública (Cefaï, 2002) en la que se disputan, de forma simultánea y conflictiva, los proyectos de poder blando del Estado colombiano y las demandas de justicia racial, territorial y de género formuladas por las comunidades de origen y por los propios atletas? De ella se desprenden tres preguntas subsidiarias: (i) ¿qué actores construyen y movilizan la imagen de estos atletas como embajadores nacionales (gobierno, prensa, patrocinadores, diáspora) y según qué encuadres mediáticos (Goffman, 1974) y regímenes de visibilidad mediada (Thompson, 2005) lo hacen?; (ii) ¿qué tensiones genera la coexistencia entre el reconocimiento simbólico de estos deportistas y la persistencia de la marginación racializada, generizada y territorial en sus comunidades de origen?, y (iii) ¿qué papel asumen los propios atletas y, en particular, las atletas mujeres afrocolombianas frente a esa contradicción, ya sea reproduciendo, resistiendo o subvirtiendo el discurso oficial desde la posición específica de su cuerpo-territorio (Curiel, 2014)?

Al respecto, es importante mencionar que la participación olímpica y el éxito deportivo han servido históricamente como plataformas para proyectar identidades nacionales, diversificar la participación social y promover cambios simbólicos en América Latina (L’Hoeste et al., 2015). Jarvie (2003) argumenta que el deporte internacional ha sido fundamental en los procesos de construcción nacional en contextos poscoloniales, funcionando como un espacio donde se negocian identidades, se afirman soberanías y se desafían jerarquías globales. L’Hoeste et al. (2015) han documentado ampliamente cómo el nacionalismo deportivo en América Latina ha estado intrínsecamente vinculado a proyectos de modernización estatal, integración social y afirmación de identidades regionales frente a potencias hegemónicas.

En el caso colombiano, este proceso adquiere matices particulares cuando se considera que las regiones de origen de estos atletas, especialmente el Pacífico colombiano, enfrentan condiciones estructurales de pobreza, exclusión institucional y limitado acceso a servicios básicos como educación, salud e infraestructura (Gutiérrez Hurtado et al., 2020; Sevillano, 2016). Esa configuración no es solo socioeconómica: es lo que Wade (1997, 2009) describe como una geografía de la diferencia, en la que la racialización opera articulada a la localización territorial, de modo que ciertas regiones funcionan como repositorios simbólicos de la negridad para el resto de la nación mestiza. El departamento del Chocó, por ejemplo, con una población mayoritariamente afrocolombiana (más del 82 % según el censo de 2018), ostenta paradójicamente los peores indicadores socioeconómicos del país: el 79,19 % de su población tiene necesidades básicas insatisfechas, el 45,1 % vive en condiciones de pobreza extrema y la tasa de mortalidad infantil duplica el promedio nacional (Hernández, 2017).

Esta contradicción fundamental, entre el éxito deportivo internacional y la marginación socioeconómica regional, constituye el núcleo problemático de este artículo. Buscamos desentrañar esta doble función del deportista afrocolombiano como agente de diplomacia externa e interna, examinando cómo su éxito internacional se convierte simultáneamente en capital simbólico para el Estado y en espejo crítico de las desigualdades territoriales y raciales persistentes en Colombia, problemáticas que la lente interseccional (Viveros Vigoya, 2016) obliga a leer también en clave de género.

Una aclaración terminológica resulta necesaria: el título “De Chocó al Mundo” utiliza al departamento del Chocó como sinécdoque del Pacífico afrocolombiano y, de modo más amplio, de las periferias afrocolombianas. El corpus de casos analizados en este artículo incluye atletas con vínculos directos o familiares con esta región (como Caterine Ibargüen, nacida en Apartadó, pero con raíces chocoanas), así como deportistas afrodescendientes procedentes de Cauca, La Guajira y Antioquia, regiones que comparten con el Chocó dinámicas estructurales de marginación racializada. La elección de estos casos responde a criterios de visibilidad mediática internacional, de trayectoria competitiva sostenida en los últimos quince años y de origen en municipios con alta proporción de población afrocolombiana, según se detalla en la sección de metodología.

El artículo se estructura de la siguiente manera: la segunda sección presenta el marco teórico-histórico que articula los conceptos de poder blando, diplomacia deportiva, estudios poscoloniales del deporte y análisis crítico de la raza en América Latina, junto con un panorama histórico de las desigualdades deportivas y socioeconómicas en Colombia; además, incorpora las herramientas analíticas movilizadas en el resto del artículo (capital corporal, encuadre, visibilidad mediada, arena pública e interseccionalidad afrolatinoamericana). La tercera sección detalla la estrategia metodológica y los criterios de selección de casos. La cuarta sección presenta los resultados del análisis, organizados en tres ejes: el atleta como vector de poder blando, la dimensión transnacional y migratoria y el cuerpo-territorio del atleta afrocolombiano. La quinta sección desarrolla la discusión teórica, integra la lectura del éxito deportivo como arena pública e incluye una agenda de investigación futura desde perspectivas decoloniales y feministas. Finalmente, la sexta sección presenta las conclusiones y reflexiones sobre las implicaciones para la política pública.

Marco teórico-histórico

Deporte, poder blando y construcción nacional

El concepto de poder blando (soft power), acuñado por el politólogo estadounidense Joseph Nye en la década de 1990, se refiere a la capacidad de un actor internacional para influir en otros mediante la atracción, la persuasión y la construcción de legitimidad, en lugar de recurrir a la coerción militar o los incentivos económicos directos. Nye identificó tres fuentes principales de poder blando: (i) la cultura (cuando es atractiva para otros), (ii) los valores políticos (cuando se practican de manera coherente) y (iii) las políticas exteriores (cuando se perciben como legítimas y con autoridad moral).

El deporte, como fenómeno de alcance global con capacidad de movilizar emociones colectivas y generar identificación masiva, se ha convertido en uno de los instrumentos más efectivos de poder blando en el sistema internacional contemporáneo (Freeman, 2012).

Freeman (2012) sostiene que el desempeño deportivo y la visibilidad en eventos internacionales pueden operar como mecanismos para mejorar la reputación estatal, legitimar proyectos políticos nacionales y generar influencia cultural que trascienda las fronteras. Asimismo, la diplomacia deportiva se define, en este contexto, como el uso estratégico del deporte por parte de actores estatales y no estatales para alcanzar objetivos de política exterior, mejorar la imagen internacional, facilitar el diálogo intercultural y promover valores específicos en el escenario global. A diferencia de la diplomacia tradicional, que opera a través de canales gubernamentales formales, la diplomacia deportiva tiene la capacidad de llegar directamente a audiencias masivas, generar empatía emocional y construir puentes culturales de manera más efectiva que los mecanismos diplomáticos convencionales.

En el contexto latinoamericano, el deporte ha funcionado históricamente como herramienta de construcción de identidad nacional y de proyección internacional, particularmente en momentos de transición política o de búsqueda de legitimidad estatal (Jarvie, 2003; L’Hoeste et al., 2015). Jarvie (2003) argumenta que el internacionalismo deportivo ha sido fundamental en los procesos de construcción nacional en contextos poscoloniales, permitiendo a naciones periféricas afirmar su presencia en el escenario global y desafiar jerarquías establecidas.

El movimiento olímpico, en particular, ha servido como plataforma para que las naciones latinoamericanas proyecten aspiraciones de modernidad, desarrollo y capacidad competitiva en igualdad de condiciones con potencias establecidas (L’Hoeste et al., 2015). L’Hoeste et al. (2015) documentan cómo eventos deportivos internacionales han sido utilizados estratégicamente por gobiernos latinoamericanos para consolidar proyectos nacionalistas, movilizar apoyo popular y legitimar regímenes políticos.

Para Colombia, un país que ha invertido recursos significativos en la transformación de su imagen internacional durante las últimas dos décadas, el deporte de alto rendimiento representa una oportunidad única. Cada medalla olímpica, cada victoria en un campeonato mundial, cada jugador colombiano destacado en las principales ligas europeas de fútbol constituyen un activo de poder blando que contribuye a matizar o incluso desmontar narrativas negativas persistentes sobre la nación. En este sentido, los atletas se convierten en embajadores culturales que, a través de su desempeño y visibilidad, comunican valores de excelencia, diversidad, resiliencia y capacidad de superación que el Estado colombiano busca proyectar internacionalmente.

Raza, región y nación en el deporte colombiano

La literatura académica sobre deporte y nacionalidad en Colombia ha identificado tensiones fundamentales relacionadas con la raza, el regionalismo y la construcción de la narrativa nacional (Morales Fontanilla, 2004; Restrepo, 2024). Los deportistas afrocolombianos han sido presentados recurrentemente como símbolos de inclusión y orgullo nacional, contribuyendo a narrativas de logro colectivo y superación individual que el Estado y los medios de comunicación han sabido capitalizar (Morales Fontanilla, 2004; Jarvie, 2003).

Sin embargo, esta visibilidad deportiva contrasta dramáticamente con la desigualdad social estructural y la exclusión institucional que enfrentan las comunidades afrodescendientes en Colombia. Como muestra Wade (1997, 2009), en Colombia la raza y la región se constituyen mutuamente: la geografía de la diferencia asocia históricamente lo afrodescendiente al Pacífico y al Caribe, de manera que la integración simbólica del atleta afrocolombiano a la nación está siempre mediada por la racialización de su lugar de origen. Investigaciones históricas sobre el papel de los deportistas afrocolombianos en la construcción del discurso de nacionalidad entre 1948 y 2000 revelan que, si bien estos atletas han sido celebrados como héroes nacionales en momentos de victoria, su éxito no se ha traducido proporcionalmente en reconocimiento político, inversión pública en sus regiones de origen o mejora sustancial de las condiciones de vida de las comunidades afrodescendientes (Morales Fontanilla, 2004).

Restrepo (2024) ha analizado críticamente las transformaciones en la construcción del sujeto legal y político de la negridad en Colombia, argumentando que el proceso de “etnicización”, iniciado con la Constitución de 1991 y consolidado con la Ley 70 de 1993 ha generado tensiones complejas entre cultura, raza, territorio y derechos.

La Ley 70, también conocida como Ley de Comunidades Negras, reconoció derechos territoriales colectivos a las comunidades afrodescendientes que habitan territorios baldíos en zonas rurales ribereñas de los ríos de la cuenca del Pacífico. Sin embargo, este reconocimiento basado en la focalización territorial ha generado exclusiones paradójicas: afrocolombianos que no residen en estos territorios específicos, que han migrado a centros urbanos o que habitan otras regiones del país, quedan frecuentemente fuera del alcance de políticas y programas diseñados desde un enfoque étnico-territorial (Restrepo, 2024; Bonilla, 2009).

Bonilla (2009) profundiza en esta problemática, argumentando que el marco legal colombiano enfrenta dificultades fundamentales para articular el reconocimiento de la diversidad cultural con la necesidad de abordar la diferencia racial y las desigualdades socioeconómicas. La tensión entre un enfoque basado en derechos culturales diferenciados (que enfatiza en la especificidad étnica y territorial) y un enfoque basado en derechos sociales universales (que hace hincapié en la igualdad material y la redistribución económica) permanece sin resolver en el contexto colombiano.

Esta tensión se manifiesta también en el ámbito deportivo, en el que la representación simbólica de los atletas afrocolombianos no se ha traducido necesariamente en políticas deportivas inclusivas, inversión equitativa en infraestructura deportiva en las regiones de origen o programas sistemáticos de detección y de formación de talentos en el Pacífico colombiano (Becerril Míguez, 2018). La ausencia de políticas deportivas diferenciadas que reconozcan las especificidades culturales, socioeconómicas y territoriales y de género de las comunidades afrocolombianas y que incorporen las trayectorias específicas de las mujeres afrodescendientes en el deporte evidencia la brecha existente entre el reconocimiento simbólico y la justicia material.

Vergel (2015) propone la necesidad de una caracterización detallada de las comunidades negras, afrocolombianas, raizales y palenqueras como base para la formulación de políticas del deporte que respondan a sus realidades específicas. Sin embargo, hasta la fecha, la implementación de tales políticas ha sido limitada y la inversión pública en infraestructura deportiva, programas de formación y apoyo institucional sigue concentrada en los centros urbanos del interior del país, perpetuando las desigualdades territoriales.

Hacia enfoques decoloniales en el estudio del deporte

Estudios recientes en sociología del deporte y cultura han reclamado la necesidad de centrar relatos subalternos y adoptar metodologías decoloniales en la investigación deportiva (Telles, 2014; Valencia Caicedo, 2014). Estas perspectivas críticas cuestionan los marcos analíticos eurocéntricos que han dominado tradicionalmente los estudios del deporte y proponen enfoques que reconozcan las especificidades históricas, culturales y políticas de América Latina.

Telles (2014) propone el concepto de pigmentocracias para analizar los sistemas de estratificación social basados en el color de la piel que persisten en América Latina, a pesar de los discursos oficiales de mestizaje e igualdad racial. Según Telles, las sociedades latinoamericanas están caracterizadas por jerarquías raciales que determinan el acceso diferenciado a oportunidades económicas, educativas y de movilidad social. En este contexto, el éxito deportivo de atletas afrodescendientes puede leerse como un fenómeno contradictorio: por un lado, desafía estereotipos raciales negativos y ofrece modelos positivos; por otro lado, puede reforzar nociones esencialistas sobre el “talento natural” de ciertos grupos étnicos, eludiendo el análisis de las condiciones estructurales que canalizan a jóvenes afrocolombianos hacia el deporte como una de las pocas vías de movilidad social disponibles.

Valencia Caicedo (2014) desarrolla un marco analítico que reconoce la etnicidad, el mestizaje y la diáspora como dimensiones fundamentales de la diferencia social para las poblaciones afrodescendientes en América Latina. Aplicado al contexto deportivo colombiano, este marco sugiere que las políticas deportivas deben ir más allá del reconocimiento cultural abstracto para abordar las condiciones materiales, como la pobreza, la exclusión educativa y el limitado acceso a infraestructura, que determinan el acceso diferenciado a oportunidades deportivas.

Interseccionalidad afrolatinoamericana y cuerpo-territorio

La perspectiva decolonial del deporte se vuelve insuficiente si no incorpora la lente interseccional desarrollada por la teoría afrofeminista latinoamericana. Viveros Vigoya (2016) ha mostrado que en los contextos racializados de la región la interseccionalidad no opera como suma aritmética de discriminaciones (raza más género más clase), sino como matriz de coproducción de las posiciones sociales: ser mujer afrodescendiente en Colombia, recuerda la autora, no es ser mujer y además negra y además pobre, sino que implica ocupar una posición específica producida por la articulación histórica de esas tres dimensiones en el contexto colonial y poscolonial. Aplicada al deporte, esta lente obliga a leer las trayectorias de atletas como Caterine Ibargüen, María Isabel Urrutia o Mariana Pajón no como “casos individuales”, sino como expresiones de esa matriz interseccional, en la que el reconocimiento como heroína nacional convive con la invisibilización persistente de las condiciones materiales que enfrentan las mujeres afrocolombianas.

Curiel (2014), a partir del afrofeminismo decolonial, aporta la noción de cuerpo-territorio para nombrar el primer espacio donde se libra la disputa por la soberanía: el cuerpo de la mujer negra —históricamente objeto del trabajo colonial, la explotación sexual y la apropiación estatal— es ya un territorio en disputa antes de cualquier mapa geográfico. Esta categoría, retomada y desarrollada por movimientos feministas territoriales en América Latina, permite leer el cuerpo de la atleta afrocolombiana como sitio donde convergen la marca-país, el régimen de la belleza racializada, la economía del entretenimiento global y, simultáneamente, la posibilidad de una agencia política que recupere ese cuerpo como sujeto de derechos. Más adelante, se desarrolla esta noción analíticamente para el caso colombiano.

Visibilidad mediada, encuadres y arena pública

El éxito deportivo no produce significados sociales por sí mismo: estos se producen en el trabajo cotidiano de los medios y de los actores institucionales que dan forma a la representación pública del atleta. Thompson (2005) caracteriza el régimen contemporáneo de visibilidad mediada como una transformación histórica en la que los individuos públicos quedan expuestos a una visibilidad permanente, descontextualizada y simultáneamente local y global, lo que multiplica tanto su capacidad de proyección como su vulnerabilidad simbólica. El atleta afrocolombiano en redes globales, transmisiones satelitales y redes sociales encarna esta condición: su cuerpo y su biografía circulan en escalas que exceden cualquier control individual.

Goffman (1974), por su parte, aporta el concepto de encuadre (framing): los medios y las instituciones no transmiten “los hechos”, sino que organizan la experiencia mediante marcos interpretativos que seleccionan qué es relevante, qué es accesorio y qué queda fuera del campo de la atención pública. La narrativa hegemónica colombiana sobre los atletas afrocolombianos privilegia un encuadre de “superación individual” que individualiza el éxito y, en el mismo movimiento, oculta las condiciones estructurales (de raza, clase, género y geografía) que hicieron posible y, sobre todo, improbable, ese éxito. La cuarta sección analiza este encuadre en operación.

Finalmente, Cefaï (2002) propone pensar los problemas públicos como arenas públicas: configuraciones inestables de actores, discursos, intereses y dispositivos institucionales en las que un fenómeno se constituye en problema digno de atención colectiva y se disputa su definición. La medalla olímpica de una atleta afrocolombiana, leída en esta clave, no es un hecho deportivo: es la apertura efímera de una arena donde se enfrentan el Estado, los medios, los movimientos sociales afrocolombianos, los movimientos feministas y la propia atleta por la definición del significado político de ese éxito. Esta noción articula el cierre del marco teórico y orienta la discusión final del artículo.

Panorama histórico-estructural del deporte colombiano y las desigualdades regionales

Comprender el lugar del atleta afrocolombiano en la diplomacia deportiva requiere situar dos trayectorias paralelas: la institucionalización del deporte de alto rendimiento en Colombia y la persistencia de las desigualdades regionales que estructuran el acceso al deporte. La primera trayectoria muestra una centralización progresiva de la infraestructura y la inversión deportiva en el eje Bogotá, Medellín y Cali, consolidada a lo largo de la segunda mitad del siglo XX e intensificada con la creación de Coldeportes en 1968 y, más recientemente, del Ministerio del Deporte en 2019. La segunda trayectoria, documentada de manera convergente por Sevillano (2016), Gutiérrez Hurtado et al. (2020) y Hernández (2017), revela que las regiones con mayor presencia afrocolombiana, en particular el Pacífico, han recibido inversión deportiva pública sistemáticamente inferior, pese a aportar una proporción desproporcionada de medallistas internacionales.

El contraste entre ambas trayectorias define el contexto histórico en el que opera la diplomacia deportiva colombiana. Por un lado, el Estado dispone de un patrimonio simbólico construido a partir del éxito de atletas procedentes de regiones marginadas. Por otro lado, ese patrimonio se produce a pesar de, y no gracias a, una política deportiva territorial equitativa. Esta paradoja estructural será retomada analíticamente más adelante, al desarrollar los resultados y la discusión sobre la diplomacia interna como arena pública.

Metodología

Este artículo adopta un diseño cualitativo basado en el análisis documental y de discurso sobre fuentes secundarias. La elección responde tanto a las preguntas formuladas en la introducción, que se ocupan de procesos narrativos y de representación, como a la naturaleza del fenómeno estudiado, en el que los significados políticos del éxito deportivo se producen y circulan en textos institucionales, mediáticos y académicos.

Corpus de fuentes

El análisis se apoya en tres tipos de materiales. En primer lugar, revisa literatura académica especializada en diplomacia deportiva, estudios poscoloniales del deporte y políticas de reconocimiento racial en Colombia (Freeman, 2012; Jarvie, 2003; L’Hoeste et al., 2015; Morales Fontanilla, 2004; Restrepo, 2024; Bonilla, 2009; Telles, 2014; Valencia, 2014; Wade, 1997, 2009; Viveros Vigoya, 2016; Curiel, 2014; Wacquant, 2004; Thompson, 2005; Goffman, 1974; Cefaï, 2002). En segundo lugar, se apoya de informes oficiales y técnicos sobre indicadores socioeconómicos del Pacífico colombiano y políticas deportivas afrocolombianas (Gutiérrez Hurtado et al., 2020; Hernández, 2017; Vergel, 2015; Becerril Míguez, 2018). En tercer lugar, acude a cobertura mediática y discursos institucionales asociados a los atletas seleccionados, identificados a partir de notas de prensa de medios nacionales y reportes de eventos internacionales en el periodo 2010 a 2024.

Criterios de selección de casos

La selección de los atletas analizados (Caterine Ibargüen, María Isabel Urrutia, Luis Díaz, Yerry Mina, Davinson Sánchez, Juan Guillermo Cuadrado, Yuberjen Martínez y Anthony Zambrano) sigue tres criterios articulados, anclados teóricamente en los conceptos de capital corporal (Wacquant, 2004) y de geografía de la diferencia (Wade, 1997). Primero, está la autoidentificación o adscripción pública afrocolombiana, sea por origen familiar, comunitario o regional. Segundo, aparece la proyección internacional sostenida, operacionalizada como la participación en al menos un megaevento deportivo internacional (Juegos Olímpicos, campeonatos mundiales) o en una de las cinco grandes ligas europeas de fútbol durante el periodo de estudio. Tercero, está el origen geográfico en municipios con proporción superior al cuarenta por ciento de población afrocolombiana, según el censo de 2018 (DANE), o el vínculo familiar directo con esos municipios. Los casos no pretenden constituir una muestra representativa en sentido estadístico; más bien, funcionan como casos paradigmáticos que permiten ilustrar la doble función diplomática del atleta afrocolombiano.

De esta forma, la invocación de Wacquant es analítica, no decorativa. Su concepto de capital corporal, desarrollado en su etnografía sobre boxeadores afroamericanos en Chicago (Wacquant, 2004), permite leer al atleta afrocolombiano de élite como un sujeto que ha invertido años en la acumulación deliberada de un capital específico (musculatura, técnica, resistencia, plasticidad, disciplina) que solo puede convertirse en capital económico y simbólico en el marco de condiciones sociales muy precisas. Esto descarta la lectura esencialista del “talento natural” y obliga a leer la selección de casos como una muestra de trayectorias en las que el capital corporal acumulado en condiciones de privación adquiere rendimientos extraordinarios en el mercado global del deporte.

La agrupación regional (Chocó, Cauca, La Guajira, Antioquia, Bolívar), por su parte, no opera como categoría geográfica neutra. Al seguir la propuesta de Wade (1997), se reconoce que en Colombia la racialización se sedimenta en geografías específicas: el Pacífico y, secundariamente, ciertos enclaves del Caribe y los valles interandinos funcionan como “lugares negros” en el imaginario nacional. Agrupar los casos por esta geografía de la diferencia permite analizar el corpus en términos de un patrón estructural y no de coincidencias biográficas.

Estrategia analítica

Sobre el corpus se aplican tres operaciones analíticas. La primera es un análisis de discurso que rastrea, en notas de prensa y comunicaciones institucionales, los marcos narrativos con que se representa al atleta afrocolombiano (superación individual, orgullo nacional, embajador cultural), interpretados con la sociología del encuadre de Goffman (1974) y el régimen de visibilidad mediada de Thompson (2005). La segunda es un análisis temático que cruza las trayectorias de los atletas con los indicadores socioeconómicos de sus regiones de origen, lo que permite caracterizar la brecha existente entre reconocimiento simbólico y justicia material. La tercera es una lectura interseccional (Viveros Vigoya, 2016) que presta atención sistemática a la coproducción de raza, género, clase y región en el análisis de cada caso, con especial cuidado en las atletas mujeres y en la noción de cuerpo-territorio (Curiel, 2014) desarrollada.

Limitaciones

El artículo no incorpora entrevistas en profundidad con los atletas ni trabajo etnográfico en sus comunidades de origen. Esta limitación es deliberada: el objeto privilegiado aquí son las narrativas públicas y los discursos institucionales que circulan en torno a los atletas, no su experiencia subjetiva. La incorporación de la voz de los propios deportistas constituye una línea de investigación futura desarrollada en el apartado correspondiente.

Resultados

El atleta afrocolombiano como vector de poder blando

El éxito internacional de figuras icónicas como Caterine Ibargüen en el triple salto, Anthony Zambrano en los cuatrocientos metros planos, Yuberjen Martínez en el boxeo o la visibilidad constante de jugadores de fútbol en las principales ligas europeas como Luis Díaz (Liverpool FC), Yerry Mina (Everton FC, anteriormente FC Barcelona), Davinson Sánchez (Tottenham Hotspur) y Juan Guillermo Cuadrado (Juventus, Inter de Milán) constituyen activos tangibles del poder blando colombiano. Estos atletas encarnan valores que el Estado colombiano busca proyectar internacionalmente: resiliencia, talento, diversidad, capacidad de superación y excelencia competitiva.

En el contexto de la diplomacia cultural, las victorias deportivas se traducen en capital simbólico de alcance global. Un podio olímpico ocupado por un atleta afrocolombiano es una herramienta de comunicación masiva que, en minutos, puede matizar o incluso desmontar narrativas negativas sobre la nación (Freeman, 2012; Morales Fontanilla, 2004). Entonces, el atleta se convierte en un embajador no oficial, ofreciendo una imagen de diversidad, superación y potencial humano que contrasta dramáticamente con las representaciones históricas de Colombia asociadas a la violencia, el narcotráfico y la inestabilidad política.

La construcción de esta imagen no es espontánea: en ella intervienen, de forma articulada, al menos cuatro tipos de actores. En primer lugar, está el Estado colombiano, a través de la Cancillería, ProColombia, el Ministerio del Deporte y la marca-país, que incorpora a los atletas en campañas de promoción turística, comercial y de paz. En segundo lugar, están los medios de comunicación nacionales (en particular El Tiempo, Semana, Caracol y RCN) e internacionales (cadenas deportivas como ESPN, DAZN y BBC Sport), que producen los marcos narrativos de superación individual y orgullo nacional. En tercer lugar, aparecen los patrocinadores comerciales, tanto multinacionales (Adidas, Nike, Movistar) como nacionales, que asocian sus marcas al capital simbólico del atleta. Y, en cuarto lugar, emerge la diáspora colombiana, que recoge y resignifica el éxito deportivo como afirmación identitaria en sus comunidades de migración. Estos actores no se limitan a transmitir información: producen lo que Goffman (1974) llamaría un encuadre dominante, en el que el atleta afrocolombiano aparece sistemáticamente en la figura del “héroe individual que vence la adversidad”, mientras que la adversidad misma queda elidida o reducida a un decorado biográfico. Thompson (2005) permite añadir que esa producción simbólica opera según un régimen de visibilidad mediada que descontextualiza las trayectorias y las hace circular en escalas globales y, al mismo tiempo, expone al atleta a una vulnerabilidad simbólica permanente (críticas, escándalos mediáticos, demandas patrióticas). Cada uno de estos actores opera con lógicas e intereses distintos, lo que produce narrativas a veces complementarias y a veces en tensión.

Caterine Ibargüen representa quizás el caso más emblemático de esta transformación simbólica. Dos veces campeona mundial de triple salto (Moscú 2013 y Londres 2017), medallista olímpica de oro en Río de Janeiro 2016 y plata en Londres 2012, además de contar con múltiples títulos en competiciones continentales, Ibargüen se convirtió en un símbolo nacional que trasciende ampliamente el ámbito deportivo. Nacida en Apartadó (Antioquia), una región marcada por décadas de violencia del conflicto armado, y con raíces familiares en el Chocó, Ibargüen personifica la narrativa de superación desde la periferia que el Estado colombiano ha sabido capitalizar estratégicamente en términos de imagen internacional.

Una lectura interseccional (Viveros Vigoya, 2016) de la trayectoria de Ibargüen, sin embargo, complica esta narrativa de superación. Ibargüen no solo enfrentó la marginación racial y regional asociada a su origen afroantioqueño con raíces chocoanas: enfrentó, además, las barreras específicas de género que estructuran el acceso al deporte de alto rendimiento, desde la menor inversión en disciplinas atléticas femeninas hasta los costos reproductivos no remunerados que pesan sobre las atletas mujeres a lo largo de su carrera. El encuadre mediático dominante sobre Ibargüen, no obstante, tiende a borrar esa dimensión generizada: la presenta como heroína nacional individualizada, mientras que las condiciones materiales que enfrentan las mujeres afrocolombianas en su mismo punto de partida permanecen fuera del campo de visión. Lo mismo puede decirse de María Isabel Urrutia, primera medallista olímpica de oro en la historia de Colombia (Sídney 2000), cuya trayectoria como mujer afrovallecaucana en una disciplina marcada por el sesgo masculino, la halterofilia, condensa de modo paradigmático esta articulación de raza, género, clase y región.

Su imagen ha sido utilizada en campañas gubernamentales de promoción turística, iniciativas de paz y reconciliación, y programas de inclusión social. Los medios de comunicación nacionales e internacionales han construido narrativas que enfatizan su origen humilde, las dificultades superadas y su ascenso a la élite deportiva mundial como metáfora del potencial de Colombia. Sin embargo, estas narrativas frecuentemente individualizan el éxito, presentándolo como resultado exclusivo del talento y esfuerzo personal, sin abordar las condiciones estructurales ni la matriz interseccional de raza, género, clase y región que limitan el acceso de miles de jóvenes afrocolombianos y, en particular, de jóvenes mujeres afrocolombianas a oportunidades similares.

En el fútbol, la presencia de jugadores colombianos en clubes de élite europeos genera una visibilidad constante y sostenida de Colombia en los medios deportivos globales. Luis Díaz, nacido en Barrancas (La Guajira), de ascendencia wayúu y afrocolombiana, representa un caso particularmente significativo. Su transferencia al Liverpool FC en enero de 2022, uno de los clubes más mediáticos y exitosos del mundo, por una cifra cercana a los 45 millones de libras esterlinas (alrededor de 50 millones de euros), generó una cobertura mediática masiva no solo en Colombia, sino en toda América Latina y Europa. Cada partido, cada gol, cada asistencia de Luis Díaz es una oportunidad para que la marca-país Colombia se posicione positivamente en la conversación internacional.

La narrativa construida alrededor de Luis Díaz enfatiza en su origen de una región remota y empobrecida de Colombia, su paso por clubes modestos antes de llegar a Europa y su ascenso meteórico hasta convertirse en una figura clave en uno de los mejores equipos del mundo. Esta historia de superación resuena internacionalmente y contribuye a reconfigurar las percepciones sobre Colombia, presentando al país como una nación capaz de producir talento de clase mundial en condiciones adversas.

De manera similar, Yerry Mina, nacido en Guachené (Cauca), una región con fuerte presencia afrocolombiana y altos índices de pobreza, llevó la bandera colombiana al FC Barcelona, uno de los clubes con mayor alcance mediático global. Su posterior transferencia al Everton FC de la Premier League inglesa mantuvo su visibilidad internacional. Davinson Sánchez, nacido en Caloto (Cauca), otra localidad con mayoría afrocolombiana, se convirtió en uno de los defensores centrales más cotizados del fútbol europeo tras su paso por el Ajax de Ámsterdam y su fichaje por el Tottenham Hotspur. Juan Guillermo Cuadrado, nacido en Necoclí (Antioquia), con más de una década en el fútbol europeo de élite (Fiorentina, Chelsea, Juventus, Inter de Milán), ha sido una presencia constante de Colombia en las principales competiciones europeas.

Estos jugadores no solo generan visibilidad mediática, sino que también contribuyen a la economía nacional a través de remesas, inversiones y proyectos filantrópicos en sus regiones de origen. Sin embargo, su éxito individual contrasta con la ausencia de políticas sistemáticas de desarrollo deportivo en las regiones del Pacífico y otras zonas con alta población afrocolombiana, y debe leerse en contraste con la menor inversión y visibilidad de las disciplinas femeninas, en las que las atletas afrocolombianas enfrentan barreras adicionales para acumular y capitalizar su capital corporal (Wacquant, 2004).

Deporte, migraciones y transnacionalismo

El deporte de alto rendimiento genera, inevitablemente, flujos migratorios complejos. Los deportistas afrocolombianos, al migrar a centros de entrenamiento en el interior del país (principalmente Bogotá, Medellín y Cali) o, más comúnmente, a ligas y clubes europeos, se convierten en actores transnacionales que mantienen lazos económicos, culturales y afectivos con sus comunidades de origen, generando dinámicas que trascienden las fronteras nacionales.

La visibilidad de estos deportistas en el extranjero genera un efecto diáspora, fortaleciendo el vínculo emocional entre los emigrantes colombianos y su país de origen (Jarvie, 2003). Sus clubes, sus logros individuales y sus narrativas personales de superación se convierten en temas de debate global, insertando a Colombia en las conversaciones geopolíticas del deporte internacional de manera constante y sostenida.

Este fenómeno es particularmente notable en el fútbol, en el que la presencia de jugadores colombianos en ligas europeas de élite (Premier League inglesa, La Liga española, Serie A italiana, Bundesliga alemana) mantiene a Colombia en el radar mediático internacional de manera permanente. Cada fin de semana, durante la temporada futbolística europea, millones de espectadores en todo el mundo ven a jugadores colombianos competir al más alto nivel. Esta visibilidad constante genera un efecto acumulativo de reconocimiento y prestigio que ninguna campaña publicitaria gubernamental podría replicar con la misma efectividad.

Para las comunidades de emigrantes colombianos en Europa, Estados Unidos y otras regiones, el éxito de estos deportistas se convierte en una fuente de orgullo y de reafirmación identitaria. Estudios sobre diásporas deportivas latinoamericanas (Jarvie, 2003; L’Hoeste et al., 2015) describen cómo, en ciudades con alta presencia migrante colombiana como Madrid, Londres, Nueva York o Miami, el consumo colectivo de los partidos de futbolistas connacionales funciona como ritual identitario de comunidad. Estos espacios de encuentro alrededor del deporte fortalecen los lazos comunitarios de la diáspora y mantienen viva la conexión emocional con Colombia.

Además, la presencia de deportistas colombianos en clubes europeos facilita la circulación de información, de recursos y de oportunidades entre Colombia y los países receptores. Algunos clubes europeos han establecido academias o programas de intercambio con clubes colombianos, buscando identificar y desarrollar talento joven. Estas conexiones transnacionales generan flujos de conocimiento, tecnología deportiva y recursos financieros que pueden beneficiar el desarrollo del deporte en Colombia.

El dinero repatriado por estos deportistas y las fundaciones que establecen en sus ciudades natales constituyen, de facto, actos de diplomacia de desarrollo a nivel micro, compensando —aunque de manera insuficiente e inequitativa— la ausencia histórica del Estado central en la provisión de servicios básicos y de oportunidades de desarrollo (Becerril Míguez, 2018).

Varios futbolistas colombianos han establecido fundaciones deportivas en sus regiones de origen, ofreciendo oportunidades de formación deportiva, apoyo educativo y programas de desarrollo comunitario a niños y jóvenes que de otro modo carecerían de acceso a estas experiencias. Sin embargo, la información disponible permite observar también un patrón generizado: las fundaciones más visibles pertenecen a futbolistas hombres, mientras que las iniciativas filantrópicas de atletas mujeres afrocolombianas reciben una cobertura mediática y un acompañamiento institucional sustancialmente menores, lo que reproduce, en el campo de la filantropía deportiva, la misma asimetría de visibilidad que el encuadre mediático produce en la cancha.

La pregunta crítica es ¿por qué las regiones que producen los atletas más exitosos de Colombia dependen de la filantropía privada de esos mismos atletas para acceder a infraestructura deportiva básica? Esta paradoja evidencia la inversión de responsabilidades: en lugar de que el Estado invierta en las regiones para desarrollar talento deportivo sistemáticamente, son los atletas individuales, productos del talento excepcional y la superación personal en condiciones adversas, quienes retornan recursos a sus comunidades.

El atleta afrocolombiano como cuerpo-territorio

La metáfora del territorio simbólico —que el primer borrador de este artículo utilizaba para nombrar la inscripción del proyecto nacional en el cuerpo del atleta— resulta insuficiente desde la perspectiva afrofeminista decolonial. Curiel (2014) propone, en cambio, la noción de cuerpo-territorio para nombrar la condición específica de los cuerpos de las mujeres negras: el cuerpo no es soporte de una representación territorial, sino que es ya, en sí mismo, el primer territorio sobre el que se libra la disputa por la soberanía, desde la Colonia hasta el presente. El cuerpo de la mujer negra ha sido históricamente objeto de la apropiación esclavista, de la explotación reproductiva y sexual, del régimen de la belleza racializada y, más recientemente, de la marca-país y de la economía del entretenimiento global. Pensar el cuerpo del atleta afrocolombiano, y en particular el de la atleta mujer afrocolombiana, como cuerpo-territorio permite leer simultáneamente las inversiones simbólicas del Estado (uniformes, himnos, banderas) y las disputas por la agencia, la integridad y la autonomía que esa misma corporalidad reclama.

Sin embargo, esta exaltación del atleta afrocolombiano a menudo se desvincula de las realidades estructurales de sus regiones de origen. Leído ahora como cuerpo-territorio (Curiel, 2014), el cuerpo del atleta es un espacio donde se proyectan aspiraciones nacionales, pero también donde se evidencian las contradicciones fundamentales del proyecto nacional colombiano (Morales Fontanilla, 2004; Restrepo, 2024).

La celebración del éxito deportivo coexiste incómodamente con la invisibilización de las condiciones de pobreza, de violencia, de exclusión institucional y con el limitado acceso a servicios básicos que caracterizan a departamentos como el Chocó, que ostenta los peores indicadores sociales del país (Becerril Míguez, 2018; Sevillano, 2016; Hernández, 2017). Esta paradoja genera una tensión fundamental: el Estado capitaliza el éxito de atletas afrocolombianos para proyectar una imagen de diversidad e inclusión, mientras simultáneamente perpetúa políticas que mantienen la marginación de las regiones de origen de estos mismos atletas y, en el caso de las mujeres afrocolombianas, reproduce las violencias específicas que el cuerpo-territorio condensa: violencia sexual, violencia obstétrica, hipersexualización mediática.

Sevillano (2016) documenta que, tras quinientos años de presencia afrodescendiente en el Pacífico colombiano, persiste una visión de contraste entre la riqueza cultural, la biodiversidad excepcional, los recursos naturales abundantes y la contribución histórica de estas comunidades, por un lado, y su situación de marginación socioeconómica, violencia estructural y exclusión política, por otro lado. Este contraste se replica perfectamente en el ámbito deportivo: mientras los atletas afrocolombianos brillan en escenarios internacionales, reciben reconocimientos oficiales y son celebrados como héroes nacionales, las escuelas deportivas, la infraestructura básica, los programas de formación y el apoyo institucional en sus regiones de origen siguen siendo precarios o directamente inexistentes.

El informe sobre la región Pacífica elaborado por la Universidad de los Andes (Gutiérrez Hurtado et al., 2020) documenta que el Chocó tiene el índice de Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) más alto de Colombia (79,19 %), más del doble del promedio nacional (27,78 %). El acceso a servicios básicos como agua potable, alcantarillado, electricidad y vivienda digna es dramáticamente inferior al resto del país. En educación, la tasa de analfabetismo en el Chocó (18,8 %) triplica el promedio nacional (6,6 %) y la cobertura en educación secundaria y superior es significativamente menor. En salud, la mortalidad infantil en el Chocó (48,5 por cada 1000 nacidos vivos) duplica el promedio nacional (24,6 %) y el acceso a servicios médicos especializados es extremadamente limitado (Hernández, 2017).

En este contexto de exclusión estructural, el deporte emerge frecuentemente como una de las pocas vías de movilidad social disponibles para jóvenes afrocolombianos. La concentración de talento deportivo en estas regiones no es resultado de una supuesta predisposición “natural” o genética, sino de condiciones socioeconómicas que limitan las opciones de desarrollo personal y profesional, así como de procesos sociales de acumulación de capital corporal (Wacquant, 2004) que ocurren precisamente porque las demás formas de capital están bloqueadas. El deporte se convierte, entonces, en una apuesta de vida para jóvenes que enfrentan opciones limitadas: migración, economías informales o, en casos extremos, vinculación a grupos armados ilegales que operan en la región. Para las jóvenes mujeres afrocolombianas, esa apuesta enfrenta barreras adicionales: la división sexual del trabajo doméstico no remunerado, el riesgo aumentado de violencia sexual y el control patriarcal de la circulación territorial restringen las condiciones materiales para acumular capital corporal y proyectarlo en el escenario internacional.

Esta realidad plantea preguntas críticas sobre la responsabilidad estatal: ¿es ético que el Estado capitalice el éxito de atletas afrocolombianos para mejorar su imagen internacional, mientras mantiene políticas que perpetúan la marginación de sus comunidades de origen? ¿Qué obligaciones morales y políticas genera el reconocimiento simbólico de estos atletas como héroes nacionales, en particular cuando ese reconocimiento se inscribe sobre el cuerpo de las mujeres afrocolombianas, históricamente cargado de las violencias del régimen colonial y poscolonial?

Discusión: la diplomacia interna como arena pública

El análisis de la diplomacia deportiva en Colombia estaría incompleto sin una mirada crítica a su dimensión interna. La concentración del talento deportivo en regiones con altos índices de pobreza, de violencia estructural y de exclusión institucional es un hecho sociológico y político que demanda atención urgente y análisis profundo.

Los resultados presentados permiten ahora postular una proposición central: el éxito deportivo de atletas afrocolombianos opera, en Colombia, como una arena pública (Cefaï, 2002) intermitente y de escasa institucionalización. Cada medalla, cada transferencia europea, cada gol internacional inauguran, durante días o semanas, un espacio de problematización colectiva donde se enfrentan al menos tres lógicas: la lógica del Estado, que busca incorporar el éxito al inventario del poder blando; la lógica del encuadre mediático dominante (Goffman, 1974), que individualiza la trayectoria como historia de superación, y la lógica subterránea pero persistente de las demandas de justicia racial, territorial y de género formuladas por las comunidades de origen, los movimientos sociales afrocolombianos, los movimientos feministas y, en ocasiones, los propios atletas. Esta arena se cierra rápidamente, pero deja sedimentos en la opinión pública, en los presupuestos estatales y en la autoconciencia política de los atletas y de sus comunidades.

La paradoja colombiana reside en que quienes representan la cúspide del éxito nacional y proyectan la imagen más positiva de Colombia en el escenario internacional provienen sistemáticamente de las bases de la pirámide socioeconómica. El departamento del Chocó, por ejemplo, tiene una población mayoritariamente afrocolombiana (82,1 % según el censo de 2018) y ostenta simultáneamente los peores indicadores de necesidades básicas insatisfechas: acceso a educación, servicios de salud, infraestructura y oportunidades económicas del país (Gutiérrez Hurtado et al., 2020; Hernández, 2017).

Según el estudio sobre desigualdad regional realizado por la Pontificia Universidad Javeriana (Hernández, 2017), el Chocó presenta (i) pobreza multidimensional del 65,4 % (comparado con el 27,5 % nacional); (ii) necesidades básicas insatisfechas del 79,19 % (comparado con el 27,78 % nacional); (iii) analfabetismo del 18,8 % (comparado con 6,6 % nacional); (iv) mortalidad infantil de 48,5 por 1000 nacidos vivos (comparado con 24,6 % nacional); (v) acceso a agua potable del 42,3 % (comparado con 83,2 % nacional), y (vi) cobertura en educación superior del 18,7 % (comparado con 45,2 % nacional).

Estos indicadores revelan una exclusión estructural que ha persistido durante décadas, a pesar de los marcos legales de reconocimiento étnico y de los discursos oficiales de inclusión y diversidad. La “ruta del oro”, desde el Pacífico a los escenarios internacionales, es una narrativa que el Estado utiliza para la cohesión nacional y la celebración de la diversidad. Cada medalla obtenida por un atleta afrocolombiano genera un momento de celebración nacional en el que se enfatiza el origen humilde del deportista, su procedencia de regiones marginadas y su capacidad de superación como ejemplo inspirador para la juventud colombiana, celebración que, sin embargo, opera según un encuadre de superación individual (Goffman, 1974), que invisibiliza precisamente las condiciones estructurales, racializadas y generizadas, que producen tanto el éxito excepcional como la regla del talento desperdiciado.

No obstante, al destacar precisamente la procedencia humilde y las dificultades superadas por las estrellas deportivas, el éxito deportivo se convierte paradójicamente en un espejo que refleja la falla estatal en ofrecer oportunidades equitativas en salud, educación, infraestructura y servicios básicos en estas regiones (Gutiérrez Hurtado et al., 2020; Sevillano, 2016; Hernández, 2017). Cada historia de superación individual evidencia, simultáneamente, miles de historias de talento desperdiciado por falta de oportunidades, infraestructura, apoyo institucional y recursos.

La pregunta incómoda que emerge es cuántos potenciales Caterine Ibargüen, María Isabel Urrutia, Luis Díaz o Yerry Mina nunca tuvieron la oportunidad de desarrollar su talento porque carecían de acceso a entrenamiento adecuado, nutrición suficiente, educación de calidad o simplemente porque las condiciones de violencia y pobreza en sus regiones limitaron sus posibilidades de vida, y cuántas de ellas se perdieron, además, por las barreras específicas de género que afectan a las mujeres afrocolombianas.

La literatura sobre políticas deportivas en Colombia ha señalado consistentemente la necesidad de incorporar enfoques diferenciados que reconozcan las especificidades culturales, socioeconómicas y territoriales de las comunidades afrocolombianas (Becerril Míguez, 2018; Vergel, 2015). Vergel (2015) propone una caracterización detallada de las comunidades negras, afrocolombianas, raizales y palenqueras como base para la formulación de políticas del deporte que respondan a sus realidades específicas, que reconozcan sus tradiciones deportivas y recreativas propias y que aborden las barreras estructurales que limitan el acceso equitativo a oportunidades deportivas.

Sin embargo, el marco jurídico colombiano presenta limitaciones significativas para la implementación efectiva de tales políticas. Bonilla (2009) y Restrepo (2024) han analizado críticamente cómo las políticas de reconocimiento étnico, basadas en la focalización territorial (especialmente la Ley 70 de 1993), complejizan la relación entre cultura, raza y derechos, generando inclusiones y exclusiones paradójicas.

La etnicización de las políticas puede generar, paradójicamente, nuevas formas de exclusión: afrocolombianos urbanos, que enfrentan discriminación racial y desigualdades socioeconómicas, pueden no calificar para programas focalizados territorialmente. Además, el énfasis en la diferencia cultural puede invisibilizar dimensiones de desigualdad socioeconómica y discriminación racial que trascienden las especificidades territoriales (Restrepo, 2024; Bonilla, 2009). A esta crítica conviene añadir, con Viveros Vigoya (2016), que el énfasis casi exclusivo en la dimensión etnicocultural ha tendido históricamente a invisibilizar las desigualdades de género en el interior de las propias comunidades afrocolombianas y que cualquier política de reconocimiento que aspire a la justicia material debe incorporar de forma constitutiva —y no como apartado complementario— la perspectiva interseccional.

En el ámbito deportivo, esta tensión se manifiesta en la dificultad para diseñar políticas que reconozcan tanto la dimensión étnico-cultural como la dimensión socioeconómica de la exclusión. La concentración de talento deportivo en regiones afrocolombianas no es resultado de una supuesta predisposición “natural” o características genéticas, sino de condiciones estructurales complejas:

  1. (1) Limitadas opciones de movilidad social: en regiones con acceso limitado a educación de calidad, empleo formal y oportunidades económicas, el deporte emerge como una de las pocas vías percibidas de ascenso social.

  2. (2) Tradiciones culturales: algunas prácticas deportivas y recreativas tienen arraigo cultural en comunidades afrocolombianas, facilitando la identificación temprana de talento y el apoyo comunitario a atletas prometedores.

  3. (3) Redes y modelos a seguir: el éxito de atletas afrocolombianos genera modelos que inspiran a nuevas generaciones y crean redes de apoyo y mentoría.

  4. (4) Migración selectiva: jóvenes con talento deportivo excepcional tienen mayores probabilidades de migrar a centros urbanos o al extranjero, donde acceden a mejor entrenamiento e infraestructura, generando un efecto de “fuga de cerebros” deportivos desde las regiones periféricas.

  5. (5) Régimen interseccional de barreras: para las mujeres afrocolombianas, la concentración del talento deportivo se ve mediada adicionalmente por la división sexual del trabajo, el control patriarcal de la circulación territorial, la violencia sexual y la menor inversión pública y patrocinio comercial en las disciplinas deportivas femeninas (Viveros Vigoya, 2016; Curiel, 2014).

En ese sentido, estas condiciones estructurales requieren políticas integrales que aborden no solo el desarrollo deportivo, sino también educación, salud, nutrición, infraestructura y oportunidades económicas (Telles, 2014; Valencia, 2014).

El debate sobre el reconocimiento: ¿celebración o compensación?

El debate sobre el reconocimiento de estos atletas es, por lo tanto, un acto de diplomacia interna que presiona al gobierno a garantizar los derechos humanos y la igualdad social en las regiones afrocolombianas (Morales Fontanilla, 2004; Restrepo, 2024). Leído en clave de arena pública (Cefaï, 2002), este debate es el lugar donde el éxito deportivo se traduce —o no se traduce— en presión política sostenida sobre las instituciones del Estado. Cada medalla obtenida por un atleta afrocolombiano genera un momento de celebración nacional, pero también abre una ventana de oportunidad política para visibilizar las demandas de justicia social de las comunidades de origen.

Los atletas afrocolombianos, conscientes de su visibilidad y de su plataforma pública, han comenzado a utilizar su posición para abogar por sus comunidades. Algunos han hablado públicamente sobre las condiciones de pobreza en sus regiones de origen, han criticado la falta de inversión pública y han llamado la atención sobre problemas estructurales como el racismo, la discriminación y la exclusión institucional. Las atletas mujeres afrocolombianas, en particular, asumen en este uso de la visibilidad un riesgo desigual: deben gestionar simultáneamente el encuadre de heroína nacional, el escrutinio sobre su cuerpo y su vida privada (Thompson, 2005) y las represalias específicas que recibe la palabra pública de las mujeres negras en el espacio mediático colombiano.

La pregunta crítica es ¿se traduce esta visibilidad en políticas concretas de desarrollo territorial y equidad social? La evidencia disponible sugiere que, hasta ahora, el reconocimiento simbólico no se ha traducido proporcionalmente en inversión pública, mejora de infraestructura deportiva, programas sistemáticos de detección y formación de talentos o políticas integrales de desarrollo en las regiones del Pacífico (Gutiérrez Hurtado et al., 2020; Becerril Míguez, 2018; Hernández, 2017).

Los presupuestos públicos para deporte siguen concentrados en los centros urbanos del interior del país. La infraestructura deportiva de calidad (estadios, coliseos, pistas de atletismo, piscinas olímpicas, centros de alto rendimiento) está ubicada principalmente en Bogotá, Medellín, Cali y en otras ciudades grandes. Los programas de detección de talentos, las becas deportivas y el apoyo a atletas de alto rendimiento operan principalmente en estas ciudades, lo que hace que los jóvenes talentosos tengan que migrar desde sus regiones de origen, frecuentemente a edades tempranas, separándose de sus familias y comunidades.

Esta centralización de recursos y oportunidades perpetúa un modelo de desarrollo deportivo que depende de la migración individual de talentos excepcionales, en lugar de construir capacidades locales, infraestructura regional y oportunidades descentralizadas que beneficien a comunidades enteras.

Valencia Caicedo (2014) propone un marco analítico que reconoce la etnicidad, el mestizaje y la diáspora como dimensiones fundamentales de la diferencia social para las poblaciones afrodescendientes. Aplicado al deporte, este marco sugiere que las políticas deportivas deben (1) reconocer la especificidad étnico-cultural de las prácticas deportivas y recreativas en comunidades afrocolombianas, incorporando deportes y actividades tradicionales, y respetando calendarios y dinámicas comunitarias; (2) abordar las condiciones materiales que determinan el acceso diferenciado a oportunidades deportivas: pobreza, desnutrición, acceso limitado a educación y salud, infraestructura precaria; (3) considerar las dinámicas diaspóricas de atletas que migran, pero que mantienen vínculos con sus comunidades de origen, facilitando programas de retorno, mentoría y apoyo a nuevas generaciones, y (4) combatir la discriminación racial que enfrentan atletas afrocolombianos en espacios deportivos, instituciones educativas y medios de comunicación, implementando protocolos antidiscriminación y promoviendo representación equitativa en posiciones de liderazgo deportivo. A estas cuatro líneas conviene añadir una quinta, derivada del enfoque interseccional: incorporar de forma sistemática las trayectorias y condiciones específicas de las mujeres afrocolombianas, asegurando inversión, infraestructura, protocolos antiviolencia y representación en posiciones de liderazgo deportivo de manera proporcional.

Agenda de investigación futura

El análisis aquí desarrollado abre tres frentes de investigación futura, cuyo desarrollo sistemático escapa al alcance de este artículo. En el plano mediático, resulta necesario realizar estudios sistemáticos de la cobertura nacional e internacional de atletas afrocolombianos que analicen los marcos narrativos empleados, la visibilización —o no— de las regiones de origen, las articulaciones de identidad nacional y las intersecciones de género. En el plano de las políticas públicas, se requiere un análisis detallado de la asignación presupuestaria territorial para infraestructura deportiva, la implementación efectiva de políticas diferenciadas para comunidades afrocolombianas y el acceso comparado a programas de formación entre el Pacífico y el resto del país. Finalmente, en el plano cualitativo, son indispensables estudios que centren las voces de los propios atletas mediante entrevistas en profundidad, historias de vida y metodologías participativas, con atención a su conceptualización de la función representativa, los vínculos con las comunidades de origen, las experiencias de discriminación racial y de género, y las tensiones entre celebración nacional y exclusión territorial.

Asimismo, un análisis comparativo con Brasil, Ecuador y Perú —países que también concentran su talento deportivo en poblaciones afrodescendientes históricamente marginadas— permitiría identificar patrones regionales y mejores prácticas en políticas deportivas étnicamente diferenciadas y feministas.

Conclusiones

El papel de los deportistas afrocolombianos en la arena global constituye un potente prisma para entender las complejidades, contradicciones y potencialidades de la diplomacia deportiva en el contexto iberoamericano. Su éxito es, simultáneamente, un triunfo del poder blando colombiano, ya que mejora la imagen internacional del país, genera capital simbólico y proyecta valores de diversidad y excelencia, así como es un recordatorio constante de las tareas pendientes en materia de justicia social, equidad territorial, género y reconocimiento substantivo de las comunidades afrodescendientes.

A continuación, se enumeran los principales hallazgos.

  1. (1) Doble función diplomática: los atletas afrocolombianos operan como agentes de diplomacia externa (mejorando la imagen-país en el escenario internacional y generando capital simbólico y atracción cultural) e interna (visibilizando las desigualdades regionales y raciales persistentes en Colombia, así como las desigualdades de género que las atraviesan, ejerciendo presión sobre el Estado para abordar demandas históricas de justicia social).

  2. (2) Paradoja del reconocimiento: mientras el Estado colombiano capitaliza estratégicamente el éxito deportivo de atletas afrocolombianos para proyectar una imagen de diversidad, inclusión y superación, las regiones de origen de estos atletas —particularmente el Pacífico colombiano— siguen enfrentando condiciones estructurales de pobreza, exclusión institucional, violencia y limitado acceso a servicios básicos. Esta contradicción fundamental evidencia la brecha entre reconocimiento simbólico y justicia material, y se acentúa cuando se mira a las atletas mujeres afrocolombianas, cuyos cuerpos son simultáneamente celebrados como marca-país y precarizados como sujetos de derechos en sus comunidades de origen.

  3. (3) El cuerpo como cuerpo-territorio: el atleta afrocolombiano se convierte en un espacio donde se proyectan aspiraciones nacionales, se negocian identidades colectivas y se celebra la diversidad. Sin embargo, este mismo cuerpo evidencia las contradicciones del proyecto nacional colombiano: cada historia de superación individual refleja miles de talentos desperdiciados por falta de oportunidades, infraestructura y apoyo institucional. La noción de cuerpo-territorio (Curiel, 2014) permite leer este proceso no como metáfora, sino como disputa concreta por la soberanía del cuerpo racializado y generizado.

  4. (4) Limitaciones del marco jurídico-político: las políticas de reconocimiento étnico (especialmente la Ley 70 de 1993) y las iniciativas deportivas no han logrado traducirse en inversión proporcional, oportunidades equitativas ni desarrollo territorial substantivo para las comunidades afrocolombianas. La focalización territorial de las políticas étnicas genera exclusiones paradójicas, y el énfasis en la diferencia cultural puede invisibilizar dimensiones de desigualdad socioeconómica, de género y de discriminación racial.

  5. (5) Necesidad de enfoques decoloniales y feministas interseccionales: la investigación futura debe centrarse en las voces y experiencias de los propios atletas y comunidades, evitando narrativas que esencialicen el “talento natural” y que oculten las condiciones estructurales que canalizan a jóvenes afrocolombianos hacia el deporte como una de las pocas vías de movilidad social disponibles. Se requieren metodologías que reconozcan la agencia de los atletas como sujetos políticos y que aborden las intersecciones de raza, clase, género y región.

Implicaciones para la política pública

El éxito deportivo de atletas afrocolombianos no debe ser solo una oportunidad para la celebración nacional y la proyección internacional, sino también un llamado urgente a la acción para abordar las desigualdades históricas y estructurales que caracterizan a las regiones del Pacífico y otras zonas con alta población afrocolombiana. Las recomendaciones que se desprenden del análisis son la inversión territorial equitativa en infraestructura deportiva, proporcional a la contribución regional al éxito deportivo nacional; la generación de programas descentralizados de formación y centros de alto rendimiento en las regiones de origen, evitando la dependencia de la migración temprana; la puesta en marcha de políticas deportivas diferenciadas que reconozcan las especificidades culturales, socioeconómicas, de género y territoriales de las comunidades afrocolombianas; la articulación entre políticas deportivas y políticas integrales de desarrollo territorial; la implementación de protocolos antidiscriminación y antiviolencia de género y la promoción de representación equitativa de afrocolombianos y afrocolombianas en posiciones de liderazgo deportivo; la ejecución de sistemas de monitoreo y de evaluación que midan no solo medallas, sino equidad en el acceso, la inversión territorial y la mejora de indicadores sociales en regiones de origen, y la participación activa de las comunidades afrocolombianas, con presencia paritaria de mujeres y hombres, en el diseño de políticas deportivas.

La presencia de atletas afrocolombianos en la escena internacional actúa como un mediador silencioso que negocia la imagen de la nación con el exterior, mientras que internamente fuerza la reconfiguración del discurso identitario y la atención hacia la deuda histórica con el Pacífico y otras regiones afrocolombianas. Su éxito deportivo es, en última instancia, un espejo que refleja tanto las potencialidades como las contradicciones del proyecto nacional colombiano en el siglo XXI.

La “ruta del oro”, desde las comunidades marginadas del Pacífico hasta los podios olímpicos y los estadios europeos, no debe seguir siendo una excepción heroica basada en el talento y la superación individual en condiciones adversas. Debe convertirse en una posibilidad accesible, sistemática y apoyada institucionalmente para las nuevas generaciones, y debe serlo tanto para los hombres como para las mujeres afrocolombianas. Solo así el reconocimiento simbólico de los atletas afrocolombianos se traducirá en justicia material para sus comunidades de origen.

El deporte tiene el potencial de ser un motor de transformación social, de desarrollo territorial y de construcción de equidad, pero, para que este potencial se perciba, se requiere voluntad política, inversión pública sostenida, políticas diferenciadas y feministas interseccionales y un compromiso genuino con la justicia social. La pregunta que Colombia enfrenta no es si los atletas afrocolombianos pueden seguir ganando medallas o si su talento y dedicación lo garantizan, sino si el Estado colombiano puede finalmente construir un proyecto nacional que reconozca, valore y recompense equitativamente la contribución de las comunidades afrodescendientes, no solo en el deporte, sino en todos los ámbitos de la vida nacional.

Referencias

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Notas

* Artículo de investigación

Notas de autor

a Autor de correspondencia. Correo electrónico: javier.renteria@estudiante.aum.es

Información adicional

Cómo citar: Rentería Hurtado, J. M. y Rosario, M. (2026). Del Chocó al escenario global: atletas afrocolombianos, poder blando y geopolítica de la imagen-país en Colombia. Papel Político, 31. https://doi.org/10.11144/Javeriana.papo31.cega

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