Pablo Jaramillo
, Federico Dupont Bernal
, Sofía Rivera Sotelo
Bio-geo-economías: una invitación *
Universitas Humanística, vol. 95, 2026
Pontificia Universidad Javeriana
Pablo Jaramillo a p.jaramillo23@uniandes.edu.co
Universidad de los Andes, Colombia
Federico Dupont Bernal
Duke University, Estados Unidos
Sofía Rivera Sotelo
Pontificia Universidad Javeriana, Colombia
Introducción
¿Cómo pensar las transformaciones económicas contemporáneas en un momento marcado, simultáneamente, por la acelerada globalización y la destrucción del medio ambiente? ¿Cómo analizar formas de extracción, acumulación y circulación que operan no solo sobre el trabajo humano, sino también sobre procesos biológicos y geológicos, especialmente en un contexto de colapso ecológico y transición energética? Y, frente a estas dinámicas, ¿hasta qué punto las herramientas conceptuales de las ciencias sociales siguen siendo suficientes para comprender configuraciones en las que la vida y la materia terrestre se convierten, de manera cada vez más directa, en objetos de intervención económica?
Estas son algunas de las preguntas que constituyen el punto de partida de este dosier, que hemos titulado bio-geo-economías para nombrar e intervenir en las reconfiguraciones contemporáneas de las relaciones entre economía, vida y tierra. Las bio-geo-economías son una herramienta conceptual que permite atender a la manera en la que procesos categorizados como geo- o bio- económicos no solo modifican las formas de extracción, acumulación o circulación, sino que también interpelan nuestras propias herramientas y categorías analíticas en las ciencias sociales. Este dosier responde a discusiones amplias e interdisciplinarias alrededor de estos conceptos, preguntando qué significa estudiar relaciones que difícilmente pueden comprenderse a partir de binarismos naturaleza-cultura y bio-geo/vivo-inerte, en un contexto de colapso ecológico y de transición energética. Si bien la invitación fue abierta a diferentes disciplinas sociales, en su mayoría, quienes formulamos la convocatoria y quienes respondieron a ella venimos de la antropología.
Bio-geo-economías nos obliga a posicionarnos y a revisar conceptos como valor, circulación y consumo, provenientes de una larga tradición teórica en la antropología económica. En ese sentido, aceptamos la invitación que, en 2004, el antropólogo Michel-Rolph Trouillot nos hizo a las(os) antropólogas(os) a pensar con y en contra de las herencias conceptuales y metodológicas de la disciplina para intervenir en debates sobre transformaciones globales contemporáneas (Trouillot, 2004). Por tanto, antes de avanzar en la conceptualización de lo que las bio-geo-economías nos permiten pensar y hacer, definimos de manera puntual la forma en la que se han pensado, de manera independiente, la bio-economía y la geo-economía.
La bioeconomía ha crecido para entenderse como una visión clave para el desarrollo sostenible, en la que se cuestionan los papeles tradicionales de lo que han implicado los recursos biológicos, la naturaleza y las relaciones económicas y sociales. En ese sentido, en un marco institucional como los Objetivos de Desarrollo Sostenible enmarcados en la agenda 2030, la bioeconomía se sitúa como una manera de enfrentar problemas contemporáneos en patrones de producción y consumo (Hodson de Jaramillo et al., 2019). En la reciente Cubre Mundial de Bioeconomía, celebrada en Nairobi en 2024, se definió a la bioeconomía como
la producción, utilización, conservación y regeneración de recursos biológicos, incluyendo los conocimientos relacionados, la ciencia, la tecnología y la innovación, con el fin de proporcionar soluciones sostenibles dentro y a lo largo de todos los sectores económicos, y posibilitar una transformación hacia una economía sostenible […]. [Es] uno de los modelos de crecimiento económico que promueve el desarrollo sostenible y responde a desafíos globales como el cambio climático, la seguridad alimentaria y la conservación de los recursos. (International Advisory Council on Global Bioeconomy, 2024, p. 5)
En ese sentido, la bioeconomía no solo funciona como un horizonte tecnocrático de políticas públicas y mercados, sino también como un imaginario que reconfigura las relaciones entre lo vivo, lo económico y lo político. Al mismo tiempo, abre un campo fértil para el debate, puesto que en su desarrollo se evidencian tensiones entre las promesas de sostenibilidad, las dinámicas de acumulación y las formas locales de habitar y resistir.
En el caso de la geoeconomía, esta aparece como una versión militarista que responde a la geopolítica y que presta atención a la articulación entre recursos minerales, energéticos y la soberanía (Mohr y Trebesch, 2025). La definición de la geoeconomía es un campo de disputa que ha implicado posturas de diferentes disciplinas, como la geografía, las relaciones internacionales, las finanzas y la ciencia política (Sparke, 2024). A su vez, ha sido tomada como un concepto relevante por parte de ONG, organizaciones internacionales, empresas, Estados y actores geopolíticos que tienen sus propias visiones sobre este campo (Sparke, 2024). Por ejemplo, el Foro Económico Mundial define la geoeconomía como la aplicación de la política por medios económicos, que se expresa en disputas comerciales e inversión global en lugar de en un campo de batalla tradicional, y que involucra sanciones, controles a la exportación y subsidios, así como en el desarrollo de mecanismos de control de inversiones y de medidas de localización de datos por parte de diferentes actores (World Economic Forum, s. f.) Enfoques más críticos han mostrado cómo la geoeconomía debe ser entendida de manera coyuntural, situando la articulación de un discurso geoestratégico en contextos de luchas sobre lo hegemónico y desde enfoques locales (Sparke, 2024). Lo anterior también implica darle importancia a la influencia de discursos que influyen en realidades concretas (Sparke, 2024).
En la práctica, las bio-geo-economías son indivisibles. Un primer ámbito que da lugar a la sospecha son las configuraciones planetarias emergentes. Así, la nueva movida agresiva del gobierno norteamericano para tomar control sobre el ártico, y particularmente sobre Groenlandia, está relacionada con el descongelamiento atribuido al cambio climático de partes de la región, así como con la apertura de rutas marítimas que redibujan las relaciones entre Estado Unidos, China y Rusia. La discusión ha reavivado las voces de aquellos que afirman poder recongelar los polos de la tierra (ver Revista Economist 16 feb 2026). La discusión sobre bio-geo-economía hoy está atravesada por una crisis de los marcos institucionales herederos de la Segunda Guerra Mundial, como es el multilateralismo, ante su inoperancia frente a las guerras en Ucrania, Irán y Gaza, así como otras de menor cubrimiento en los medios, como la de Sudán. Simultáneamente, diferentes gobiernos y candidatos de derecha en la región cuestionan y violan abiertamente derechos, incluyendo el derecho internacional, en nombre de intereses soberanos, la lucha contra el narcoterrorismo y el acceso a recursos. Un ejemplo de esta dinámica es el caso del gobierno de Estados Unidos, que bombardea lanchas en el Caribe, invade a Venezuela y captura a Nicolás Maduro, al tiempo que mantiene la continuidad de su régimen, siempre que las empresas estadounidenses puedan acceder a hidrocarburos. En este contexto, la amenaza de invasión se extiende en todo el continente en el marco de una doctrina que supone que los recursos del continente y de sus islas adyacentes son para los estadounidenses. La amenaza sobre Groenlandia toca directamente los intereses de la Unión Europea en la región, y crea una especie de admisibilidad global para otras posibles invasiones por potencias económicas y militares en otros lugares.
La bioeconomía y geoeconomía son conceptos que, lejos de ser neutrales, condensan genealogías específicas: la primera, como promesa de sostenibilidad y de crecimiento; la segunda, como racionalidad estratégica en torno a los recursos y a la soberanía. Estas diferencias confluyen, sin embargo, de manera profunda en la constante articulación de “naturalezas baratas” al capitalismo: cuerpos, paisajes, sustancias; en todo caso, formas de vida y entidades cuya existencia se da por hecha y, por tanto, su extracción, uso y destrucción desconoce las redes de trabajo involucradas en su existencia (Moore 2018). Estas tensiones, así como las formas en que son experimentadas, constituyen el trasfondo desde el cual este dosier busca problematizar sus usos, disputas y efectos. Más que doctrinas particulares que aparecieron desde la década de 1990 sobre el mercado y el estado, unimos ambas tendencias en una sombrilla que define un relacionamiento con el mundo a través de prácticas de apropiación, acumulación y aprovechamiento de las potencialidades de lo animado y lo inanimado. Lo que para la institucionalidad estatal y corporativa aparece como campos separados, es una realidad etnográfica indivisible, porque siempre juega con la distinción animado e inerte.
Las bio-geo-economías movilizan afectos: esperanza en futuros sostenibles, urgencia frente a crisis globales, miedo ante la pérdida de soberanía y orgullo nacional en la defensa de territorios, entre otros. Al atender a estas afectividades y a las orientaciones de futuro que las acompañan, este dosier busca situar la bio-geo-economía como un campo emergente y político, cuyas promesas y contradicciones se entrelazan en la vida social de humanos, no humanos, territorios y comunidades. Los trabajos aquí reunidos dan cuenta de vínculos materiales configurados históricamente a través de procesos tecno-políticos dinámicos, así como de desarrollos normativos que favorecen ciertas formas de vida y economías sobre otras, y que hoy sientan las bases de futuros posibles.
Estos trabajos nos invitan a pensar-sentir con istmos oceánicos, humedales, prácticas de pesca, paisajes posmineros, pugnas persistentes por el agua, infraestructuras, marcas de origen en mercados globales y relaciones de endeudamiento. Despliegan diferentes métodos y conceptos, con una fuerte tendencia a aproximaciones históricas y diversidad de archivos, análisis documentales e historiográficos, y sistematizaciones de procesos. En la mayoría de los trabajos, la etnografía hace evidentes sutilezas y matices de la vida cotidiana en lugares. Algunos trabajos son producto de tesis de maestría y doctorado, y de investigaciones interdisciplinarias en universidades. Despliegan múltiples intersecciones entre la ecología política, los estudios críticos del desarrollo, los estudios sociales de la ciencia y la tecnología y, en menor medida, de la antropología del futuro.
Hemos dividido este texto en tres secciones, incluyendo esta introducción. La segunda sección expande sobre la vida social de la bio-geo-economía, con especial atención a América Latina y Colombia, recogiendo múltiples literaturas en un campo emergente. La tercera sección aborda los artículos del dosier y el marco conceptual de las bio-geo-economías, para proponer tres conceptos: espacios excesivos, futuros incomodos/emergentes y justicias situadas. Esta tríada de conceptos nos permite aproximarnos a algunas de las preguntas que dieron origen a este dosier: ¿qué nuevas formas de relación económica y valoración social surgen en el marco de la transición energética y la crisis climática, y cómo desafían o refuerzan las estructuras capitalistas existentes? ¿Qué formas de colaboración, resistencia y reexistencia que emergen en los diversos paisajes humanos y no humanos contemporáneos nos llevan a reconsiderar nociones tradicionales de explotación, control y extractivismo? Y ¿de qué manera el análisis de las bio-geo-economías contribuye a la comprensión de las desigualdades contemporáneas y amplía las discusiones sobre múltiples justicias?
Vida social de la bio-geo-economía
Las transformaciones globales acaecidas en las postrimerías del final de la Guerra Fría, el contexto de la neoliberalización de regímenes económico-políticos y la emergencia de nuevos instrumentos financieros desde la década de1980 han dado lugar a nuevos ensamblajes que se mueven como universales a través de contextos diferentes (Ong y Collier, 2005). Por un lado, estas transformaciones son un indicador de un proceso de expansión del capital. Por otro lado, como en el caso de lo que llamamos bio-geo-economías, estas representan un movimiento tectónico en las fronteras de lo natural y lo cultural. En este sentido, desestabilizan el campo de lo que solíamos llamar lo “económico” y “lo político”, para no hablar de la vida de árboles, acuíferos, animales, bacterias, depósitos minerales y vidas humanas.
En el caso de lo que se empezó a llamar “bio-economía” alrededor del año 2000, y cuya popularidad solo se incrementa, se empezaron a agrupar prácticas y discursos que hacían confluir biotecnología, biorecursos y bioecología (Bugge et al., 2016). Se empezó a constituir un campo heterogéneo, un verdadero dispositivo que agrupaba conocimientos científicos, prácticas administrativas y de gobierno, emprendimientos económicos y la financierización de genes, ecosistemas y especies.
En América Latina, la bioeconomía se ha configurado como un campo plural que oscila entre visiones biotecnológicas orientadas a la productividad agrícola y los biocombustibles, y propuestas que priorizan la sostenibilidad ambiental y la inclusión social (International Advisory Council on Global Bioeconomy, 2024). En particular, la existencia y supervivencia de la Amazonía, como sumidero de carbono y territorio de más de 700 pueblos indígenas, concentra estas tensiones y exige estrategias sensibles a la diversidad cultural y ecológica.
En Colombia, las discusiones sobre bioeconomía en la primera década del siglo XXI empezaron a indicar la rearticulación de un régimen de “manejo de recursos naturales” (expresado inicialmente en las leyes que desde los años cincuenta, pero principalmente en los años setenta y, luego, con la Ley 99 de 1993) hacia una perspectiva de atracción de inversión en sectores como la agroindustria, la conservación y el turismo, a través de categorías como bioenergía, biotecnología y biodiversidad (Aramendis y Castaño, 2019). El tránsito de grandes inversiones en infraestructura hacia la “sostenibilidad” apuntaló este nuevo escenario en el desarrollo internacional. En la práctica, esta transición implicó nuevos inversionistas, proyectos y financiación. Lo anterior marcó, de forma implícita, una mirada geoeconómica, en la medida en que reconfiguró territorios, ecosistemas y recursos biológicos como activos estratégicos dentro de una competencia más amplia por atraer capital, posicionar al país en cadenas globales de valor “verdes” y consolidar nuevas formas de inserción en la economía mundial a partir de la valorización diferencial de sus condiciones geológicas y biológicas.
En ese sentido, desde los años noventa, el registro de material genético, las regulaciones sobre denominación de origen protegido y los marcos para la conservación han insertado la biodiversidad y los conocimientos asociados en lógicas de propiedad intelectual y de valorización económica. Estas dinámicas se han reforzado en el escenario del posacuerdo, en el que el discurso de una “nueva frontera” abierta tras el “fin del conflicto armado” ha legitimado programas como Colombia BIO, el cual busca “fomentar el conocimiento, valoración, conservación y aprovechamiento sostenible de la biodiversidad para construir las bases de la bioeconomía en los territorios colombianos a través de la ciencia, la tecnología y la innovación” (Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación [MinCiencias], s. f.). En este contexto, los acuerdos de cooperación internacional con instituciones como con Kew Gardens han consolidado infraestructuras científicas y legales para el registro y la circulación de material genético (Diazgranados et al., 2019), profundizando una lógica geoeconómica en la que la biodiversidad se convierte en un recurso estratégico dentro de redes transnacionales de investigación, innovación y valorización.
El Código de Minas de 2001, un calco de múltiples códigos de minas estructurados desde Canadá, abrió al país a una nueva manera de gestionar los depósitos minerales a través de la inversión directa, la especulación y las bolsas de valores, principalmente la de Toronto. Este fue el primer síntoma en Colombia del súper ciclo de minerales que la región y el mundo vivieron en el inicio del siglo XXI. Proliferaron nuevas instituciones para el manejo del subsuelo (Agencia Nacional de Minería para Colombia, en el 2012) y los que se llegaron a llamar “conflictos socioambientales" (Global Atlas of Environmental Justice, s. f.). En conjunto, estos procesos redefinieron el subsuelo como un activo estratégico, integrando los depósitos minerales a circuitos transnacionales de inversión y de especulación que han venido transformando su gobernanza.
El discurso de la transición energética se sitúa en este panorama, reposicionando a los minerales críticos, como litio, cobre y níquel, en el centro de una narrativa “verde” que, paradójicamente, depende de formas de extracción intensiva y altamente conflictivas. Aquí emergen materialidades incómodas: recursos que, al mismo tiempo que se presentan como motores de la sostenibilidad, profundizan desigualdades territoriales y tensiones socioambientales. La bio-geo-economía adquiere así un carácter etnográfico en la vida de comunidades para las que la transición energética global se experimenta como nuevas oleadas de oportunidad y de despojo.
En paralelo, la financierización de la naturaleza, a través de mercados de carbono, bonos verdes y la bancarización de la biodiversidad, ha incorporado actores financieros globales a la gobernanza climática y extractiva. Bancos multilaterales, fondos de inversión y aseguradoras se convierten en mediadores clave, redefiniendo qué significa “proteger” y “sostener” la vida. Este giro intensifica debates sobre propiedad intelectual y biopiratería, en los que los saberes indígenas y los recursos genéticos se ven inscritos en regímenes legales globales que a menudo ignoran las formas de vida y las luchas locales.
Múltiples hilos de literatura, cuya revisión sistemática supera el propósito de este escrito, han analizado la progresiva articulación de “la naturaleza” a los procesos de metabolismo del capital. Posturas del marxismo que abordan los desafíos ecológicos tienen raíces profundas en el pensamiento socialista (Foster, 2020) y llegan hasta los análisis del propio Marx sobre el origen de la alienación capitalista en la separación con la tierra en el encerramiento los comunes (Saito, 2017). De manera notoria, Jason caracteriza el capitalismo como una ecología-mundo que pone en tensión capital, poder y naturaleza, caracterizada por operar a través de la “naturaleza barata”, esto es, la apropiación de la energía/trabajo no pago (Moore, 2018). Las naturalezas barateas están en el centro de una lógica que impulsa la productividad, la eficiencia y el aprovechamiento que mueve el crecimiento económico, y a la cual pueden atribuirse, en última instancia, las nuevas fronteras de lo vivo, de lo mineral y de lo atmosférico que nos interesan. Este dosier se inscribe en las condiciones estructurales descritas por esta literatura, pero opta por un análisis orientado a las formas materiales, espacios, futuros y justicias que se abren en los procesos bio-geo-económicos abordados por los artículos que lo componen. Si bien no contradice, en líneas generales, las posturas ecosocialistas, sí se enfoca, por otro lado, en aspectos menos estructurales e indeterminados de nuevas configuraciones de las naturalezas capitalistas que describimos en la siguiente sección.
El campo problemático en emergencia
Esta sección propone tres componentes articuladores del concepto de bio-geo-economías, que integramos en este dosier con base en literatura amplia y también en los textos que responden a la convocatoria. Espacios excesivos, futuros incómodos y justicias múltiples dan cuenta de procesos situados y heterogéneos que presionan sobre categorías que insisten en separar lo vivo de lo inerte, que tienen por condición el vaciamiento de lugares de ciertas formas de vida contemporánea, consideradas incomodas tanto para la administración pública como para marcos analíticos que ya parecieran tener todo muy claro.
Espacios excesivos
Los excesos a los que hacemos referencia habitan en lugares (Escobar, 2005). Sus materialidades y afectos son cotidianos y ordinarios (Solana, 2020; Ahmed y Schmitz, 2014; Stewart, 2020, 2019; Ahmann, 2018). Estos espacios excesivos presionan sobre las categorías que nombran diferentes economías, como bio- y geo-. En este volumen, al igual que en una literatura más amplia, esta presión se ejerce de diferentes formas.
Elizabeth Povinelli (2016) denomina geontopoder a las formas de poder que operan a través de la designación de cosas como inertes y, por tanto, extraíbles y aprovechables. La etnografía contemporánea es rica en mostrar relaciones que cuestionan ese predicamento y que nos confrontan con materias fuera de fase, en “suspensión” en el aire y en el agua (Zee, 2022; Zee y Choy, 2015), en “descomposición vital” (Lyons, 2020) o en estado miasmático (Taussig, 2018). Este tipo de exceso nos ayuda en la propuesta teórica que aquí presentamos a pensar en tales reconfiguraciones como horizontes materiales y de deseo que abren la posibilidad de respuestas creativas y de nuevas políticas. Por ejemplo, Labban (2014) ha documentado la constante reconfiguración del concepto de trabajo en minas donde bacterias colaboran con la lixividación de metales preciosos, mientras que Chao (2022) analiza las ambiguas colaboraciones de insectos “amigos” o “enemigos”, según el punto de vista de quienes pueblan las plantaciones de palma en Indonesia.
Otro tipo de literatura nos recuerda que no todas las formas contemporáneas de vida pasan por las categorías bio- y geo- (De la Cadena y Blaser, 2018). Por ejemplo, el trabajo de Marisol De la Cadena sobre Seres Tierra nos confronta con un ser tierra particular: Ausangate, una montaña en Cusco, que como montaña puede ser clasificada como bio- y geo- con fines de extracción minera e incluso como materia fuera de estado. Sin embargo, Ausangate es montaña, pero no solamente, para Mariano y Nazario, indígenas- campesinos, es una relación que les activa mutuamente como personas difícilmente clasificables dentro de las concepciones de naturaleza y de cultura (De La Cadena, 2015). Esta conceptualización no es ajena a discusiones sobre extracción. En lugar de esto, evidencia una inconmensurabilidad en aquello que se compromete, por ejemplo, en la decisión de una mina de oro a cielo abierto. Si bien, esta literatura no compone directamente con los conceptos de la antropología económica, tampoco es ajena una discusión sobre procesos de valoración, recursos y mercados.
Weildler Guerra Curvelo ha traído esta aproximación de aperturas ontológicas a discusiones más recientes sobre transición energética y proyectos de parques eólicos en territorios wayúu (Guerra Curvelo, 2019). Él disputa un exceso que no es solo de distribución, sino sobre la naturaleza de las cosas —qué son los vientos—. Estas aperturas resuenan con la necesidad de abordar las economías contemporáneas no como sistemas cerrados de producción y consumo, sino como ensamblajes relacionales que participan activamente en la configuración de valor, de trabajo y de circulación.
Una conversación entre estos diferentes tipos de literatura le permite, por ejemplo, a Iván Montenegro Pierini, en su texto en este volumen, una sensibilidad particular a paisajes posmineros en La Guajira. Su forma narrativa vívida complejiza la recomposición biofísica y ecológica que propone la empresa Cerrejón, cumpliendo con lineamientos gubernamentales, y que deviene en lugares frágiles que requieren para su sostenimiento del vaciamiento de vidas wayúu contemporáneas. Estos paisajes borran las huellas visibles de agravios históricos a comunidades locales. En ese sentido, estas prácticas son simultáneamente procesos de rehabilitación ecológica y de borramiento de memorias. La atención de Montenegro Pierini al vaciamiento de vidas wayúu contemporáneas de estos paisajes alerta sobre conceptualizaciones que se detienen en la denuncia del extractivismo y de sus males, descontando condiciones que hoy hacen otros futuros posibles. Los espinitos que la rehabilitación ecológica busca erradicar materializan la posibilidad de alimento y el espacio vital para vacas, chivos y diversas formas de vida wayúu en la actualidad.
El texto de Iván Montenegro Pierini comparte con el de Cecilia Roa el vaciamiento reiterativo de diferentes vidas humanas y no humanas en lugares donde se proponen proyectos desarrollistas y sustentables. Roa refiere cómo la promoción estatal de la deuda rural ha creado y mantenido múltiples vulnerabilidades que presionan sobre formas de vida campesina, y favorecen proyectos agroindustriales en medio del conflicto armado en Colombia. Tierra, despojo y endeudamiento rural están profundamente vinculados. Además de los desplazamientos, de las enfermedades y de las muertes prevenibles y evitables asociadas al temor, la incertidumbre y la ansiedad abonan un campo sin campesinos como los conocemos.
En este volumen, otros espacios excesivos presionan vacíos analíticos en la conceptualización de territorialidades anfibias y las conectividades del agua, que desbordan imaginarios de contención y de control en políticas públicas y en las promesas desarrollistas de megaproyectos de infraestructura (Camargo y Uribe, 2022; Camargo et al., 2025; Anand et al., 2018; Morita, 2016; Prapocki, 2018). Dos de los textos del dosier evidencian cómo el requisito de vaciamiento se sostiene sobre espacialidades anfibias. Los textos de Suzana Vásquez Vidal y de Catalina Rivera Cediel ilustran los borramientos institucionales de diversas formas de vida humana en humedales, y cómo estos procesos viabilizan propuestas desarrollistas de istmos interoceánicos en México, así como prácticas de desecamiento y de acaparamiento en beneficio de la ganadería extensiva en La Mojana. Al mismo tiempo, las materialidades y las relaciones propias de estos lugares erosionan, oxidan y fracturan las infraestructuras modernizantes, y las inundaciones periódicas sumergen ciudades como Magangué en una mezcla de sustancias, sedimentos y basuras que desbordan la capacidad de absorción del río.
Finalmente, otros espacios excesivos llevan a lugares incómodos que sostienen lo que de otra forma se puede concebir como contradicciones incompatibles. Tres de los textos del dosier presentan formas heterogéneas de vida campesina contemporánea, de diferentes estrategias de resistencia y reexistencia, en las que cabe incluso la posibilidad de ser campesino y ser empresario de una marca de café para el mercado internacional.
El texto de Kelly Escobar Jiménez, Roque Manuel Jiménez Sumaval y Rubén Gutiérrez Campo desarrolla cómo la comunidad no se da por sentada, sino que es un logro sin garantías más allá de los acuerdos vecinales voluntarios, la construcción de albercas, la reutilización y el cuidado del agua, la cotidianidad en proximidad a actores armados aún en postconflicto y la emergencia de ciudadanías que reclaman responsabilidades estatales en La Secreta, Ciénaga, Colombia. El texto de Astrid Lorena Perafán y William Andrés Martínez-Dueñas explica cómo las denominaciones de marca de origen no son solamente impuestas, sino también apropiadas, de manera que campesinos afectados por el conflicto armado en la Sierra Nevada de Santa Marta están en una posición no solo de ser “compensados”, sino de participar en los beneficios de negocios internacionales. Finalmente, el texto de Cecilia Roa muestra cómo hoy el cambio climático es un factor de riesgo financiero para campesinos, pero también permite presionar la condonación de deudas, la resistencia al pago y la promoción de otro tipo de intercambios cooperativos y de trueque.
Futuros incómodos / futuros emergentes
Las condiciones excesivas a las que hacemos referencia antes —y que han sido borradas de discursos institucionales y corporativos— se presentan, a su vez, como otros futuros posibles y en disputa en el presente, y como otros horizontes ético-políticos de justicias distintas. La invitación de este dosier ha sido explorar las formas en que emergen relaciones económicas y sociales desde cuerpos más que humanos que nos cuentan historias sobre la forma en la que se construyen sujetos dentro de las bio-geo-economías. Los textos reunidos en este volumen exploran la forma en la que paisajes humanos y no humanos hacen vidas y cuentan trayectorias desde esos lugares. Las categorías clásicas de la antropología económica —como mercancía, producción, circulación, consumo y trabajo— han dejado de lado categorías menos antropocéntricas que los textos de esta convocatoria abordan, haciéndose preguntas sobre conceptos, lugares y sujetos que se salen de los marcos tradicionales. Todas estas categorías clásicas toman nuevas dimensiones si se ponen en tensión con horizontes temporales y de futuro múltiples. Nuevos ritmos y horizontes de desarrollo, proyección, anticipación y adivinación constantemente interrogan qué es —y puede llegar a ser— una mercancía, qué significa producir y qué es algo consumido o desechado.
La antropología del futuro es un campo relativamente nuevo en antropología (Bryant y Knight, 2019). La antropología ha tenido principalmente una aproximación histórica a las continuidades y discontinuidades de diferentes tiempos que perviven en el presente. Un ejemplo de este tipo de aproximación es aquella del grupo de modernidad, colonialidad, decolonialidad (Viveros Vigoya, 2023; Curiel, 2013; Quijano, 1997; Lugones, 2008; entre otros), y también trabajos que señalan los efectos de borramientos en archivos en el presente (Trouillot, 2015). Las aproximaciones desde el multiculturalismo sostienen una historia lineal moderna, que estructura la diferencia étnica aún contemporánea como permanentemente fija en el pasado (Wolf, 2001; Rivera Cusicanqui, 2012). Y algunas aproximaciones culturalistas han contribuido a sostener unos modos de atención a vidas contemporáneas como si se tuvieran que “conservar” en un pasado estable. La invitación que se nos hace desde la antropología del futuro es a atender a la manera en que diversas orientaciones al futuro afectan la cotidianidad de la vida en lugares en el presente. Algunas de esas orientaciones son la anticipación, la expectativa, la especulación, la esperanza y el destino (Bryant y Knight, 2019).
Algunos debates de las antropologías del futuro entienden la futuridad como una capacidad distribuida, desigual y siempre situada (Appadurai, 2013; Salazar et al., 2017). El reciente planteamiento de Gupta y Mankekar (2025) distingue entre futuros, escenarios planificados y teleológicos inscritos en proyectos de desarrollo, infraestructura y modernización, y en futuridades (futurities), una condición afectivo-temporal generativa, vinculada a aspiraciones, temores, posibilidades y formas de movimiento que exceden los marcos lineales del progreso. Esta distinción entre escenarios predeterminados y aspiraciones e imaginarios cotidianos es clave para entender cómo los futuros contemporáneos se disputan en medio de desigualdades profundas, herencias coloniales y nuevas configuraciones bio-geo-económicas (Guyer, 2007; Bear, 2016; Jaramillo, 2020).
Algunos de los textos del dosier nos invitan a atender a las formas cómo diferentes formas de imaginar y materializar el futuro en el presente afectan tanto la cotidianidad de formas de vida hoy como otros futuros posibles. Las configuraciones materiales y espaciales que alimentan las bio-geo-economías a la vez producen formas de desposesión temporal (Smith, 2010), entendida como la incapacidad infligida para proyectar y hacer vidas incrementales y con valor. Pero los ritmos materiales de los desechos y de las nuevas formas de trabajo entran constantemente en otras coordenadas de lo histórico y son reconfiguradas creativamente para pensar nuevas formas de futuro.
Emergen futuros incómodos dentro de horizontes inestables, en los que procesos como transiciones energéticas, la modernización infraestructural, reconversiones productivas y el desarrollo rural se proyectan sobre los territorios mediante infraestructuras, marcos jurídicos, instrumentos financieros o discursos expertos. Es en estos marcos en los que se suelen desconocer las ecologías locales, las temporalidades del agua, las prácticas interespecies y las formas de vida que dependen de conectividades. Son futuros incomodos que emergen desde prácticas relacionales y desde ecologías que insisten en su propia vitalidad.
Las autoras y los autores del dosier identifican formas de articulación prospectivas que responden a estás dinámicas. Un ejemplo son los paisajes (pos)mineros que se configuran en La Guajira mediante arreglos institucionales y corporativos que borran las huellas materiales de la destrucción minera, sin sanar las heridas de la minería (Montenegro Perini). En esos mismos paisajes heridos emergen plantas (espinitos) que crecen a pesar de la escasez del agua y la baja calidad del suelo. Los espinitos buscan ser controlados por la rehabilitación ecológica, y, sin embargo, materializan formas de ocupación con chivos y vacas por wayúus contemporáneos. Estas plantas y sus relaciones emergen como futuros incómodos: entidades vivas que persisten en condiciones adversas y que desbordan sus inscripciones técnicas y legales, cuestionando la idea de recuperación como cierre y evidenciando otras temporalidades de vida y daño.
Otro caso del dosier hace referencia al endeudamiento rural, el cual opera como una infraestructura de despojo temporal que produce futuros incómodos para la vida campesina en Colombia (Roa). Más allá de la reasignación de la propiedad, la deuda reorganiza las relaciones de producción y reproducción social al imponer horizontes de obligación, de espera y de sacrificio que erosionan la capacidad de proyectar la vida en la tierra. En este marco, el crédito rural facilita la transferencia de valor hacia economías agroindustriales y especulativas, al tiempo que exacerba inequidades, acelera embargos y ventas forzadas y contribuye a la consolidación de proyectos desarrollistas “sin campesinos”, sostenidos por violencias que afectan cuerpos, salud y futuros posibles. El texto de Roa también nos invita a reflexionar acerca de los tiempos del cambio climático. ¿Son una lluvia fuera de estación, una helada más intensa, su posibilidad antes del tiempo de cosecha que varía entre meses y años con cada cultivo? ¿Son los tiempos inciertos de la materialización del valor de todos estos ritmos y temporalidades en el mercado? ¿Es su abstracción que se presenta hoy no solo como riesgo, sino también como una posibilidad de renegociar la deuda o de negarse a pagarla? Aquí hay una red de distribución de incomodidades no solo para los campesinos, sino también para los bancos y los prestamistas.
Otro de los artículos introduce otro tipo de incomodidades. Certificaciones como las denominaciones de origen del café producen futuros incómodos y ambivalentes, al reconfigurar identidades campesinas entre la promesa de inclusión económica y las exigencias del mercado global (Perafán y Martínez). La performatividad de figuras como el caficultor-empresario, lejos de ser simplemente impuesta, es negociada por productores afectados por el conflicto armado, quienes articulan su territorio-mundo y sus historias colectivas para disputar formas situadas de participación en los beneficios de las economías globales.
Estos futuros emergentes, o futuridades, ponen de presente prácticas que comunidades, territorios y no-humanos despliegan para sostener la vida en medio de estas presiones. De esta manera, los textos nos retan a pensar en futuros que son incomodos para nociones clásicas sobre la vida, el tiempo, la identidad y el valor que incomodan a estructuras legales, económicas y sociales. Estos futuros incomodan modos de explotación y producción, relaciones entre humanos y no humanos y nos invitan a pensar en formas alternativas de pensar y habitar el mundo.
En conjunto, los trabajos del dosier muestran que los futuros incómodos no son efectos colaterales de desarrollos e imposiciones, sino campos de disputa donde se reconfiguran temporalidades, formas de vida y horizontes ético-políticos alternativos. Estas futuridades emergentes obligan atender a las prácticas relacionales, afectivas y más-que-humanas que sostienen la vida en contextos de despojo e incertidumbre.
Justicias situadas
Economías emergentes en espacios excesivos y futuros inciertos resitúan preguntas sobre justicias. En los artículos del dosier, la distribución desigual de daños y de responsabilidades aparece en relaciones contingentes que problematizan visiones universalistas, antropocéntricas y presentistas de la justicia. Si en ciudades ribereñas los sedimentos son centrales para pensar el potencial económico y la precariedad, en áreas de extracción minera emergen formas de vida “restauradas”, grandes extensiones cultivadas por procesos institucionales y corporativos de rehabilitación. De otra manera, en el caso del istmo mexicano documentado por Vásquez, el Estado y las corporaciones pueden designar lugares como “geoestratégicos” o “con potencial” a través del lenguaje de la naturaleza. Las bio-geo-economías aparecen así atravesadas por estructuras interpuestas de marginación y jerarquización, pero precisamente, por aparecer en espacios excesivos y futuros incómodos, vienen con excesos que ofrecen aperturas políticas.
Varios textos del dosier se ubican en contextos en los que expectativas de modernidad (Ferguson, 1999), así como las aspiraciones y deseos por el desarrollo, han sido, por lo menos, elusivas y, en general, traicionadas. Las promesas del desarrollo infraestructural del istmo en México que nos describe Velázquez son un telón de fondo típico de la operación de las bio-geo-economías. Muchas veces, al no cumplirse las expectativas de desarrollo, una nueva frontera de deseo se abre cuando lo geo y lo bio se vuelven los nuevos objetos de explotación. En el artículo de Perafán y Martínez, por ejemplo, se muestra cómo las ideas de emprendimiento están ahora articuladas al lenguaje del origen justo de los productos agrícolas. Las viejas luchas campesinas, de corte más autonómico, se ven enfrentadas a nuevas relaciones problemáticas con el Estado que son vistas, no obstante, como una oportunidad de mejoramiento de la vida para algunos. Mientras que, para ciertas luchas históricas, el lenguaje del comercio justo significa una nueva encarnación de amenazas a la vida campesina, también puede significar la restitución de la justicia para algunos sectores de las mismas comunidades.
Algo similar ocurre cuando los agentes de la bio-geo-economía se atribuyen “el cuidado” de la naturaleza en los espacios que buscan intervenir. Desde el punto de vista de estos actores, prácticas y cuidados de conservación y restauración ecológica representan un despliegue de “responsabilidad” o un acto de un “buen vecino”. Pero desde el punto de vista de los habitantes de los territorios, es una afirmación que viene con la capacidad de decidir quién queda incluido y excluido del cuidado o de desplegar la desposesión sobre los modos de vida en el territorio en nombre de especies carismáticas y de paisajes desprovistos de vida humana. Así, para los interlocutores de Montenegro Perini, la herida del extractivismo del carbón en La Guajira adopta la forma paradójica de la restauración ecológica. En este contexto, se abren interrogantes sobre las devaluaciones y revaloraciones de formas de existencia, los límites del daño y las reconfiguraciones de la responsabilidad, las materialidades de la memoria y los agentes que imponen o fallan en el propósito.
Atendiendo a materialidades y relaciones no solo humanas, los diferentes textos amplían el vocabulario más allá de la colaboración, la resistencia y la reexistencia. Etnografías, devenires cotidianos —apropiaciones, usos, cuidados, mantenimientos, así como degradación, erosión, combustión, procesos situados más acá y más allá de lo vivo— altamente específicos nos ayudan en este dosier a entender la emergencia de justicias situadas. Etnografías de este tipo ponen de relieve que las bio-geo-economías no son simplemente campos de extracción o conservación, sino también de respuesta y de responsabilidad (response-ability), es decir, son formas de atención, de deseo y de comunicación que responden a la coexistencia entre seres (Van Dooren y Rose, 2016).
El enfoque en la respuesta mutua desplaza las discusiones sobre ética desde una postura centrada en la agencia humana a una visión enfocada en redes de múltiples respuestas entre entidades. Asimismo, las capacidades de respuesta dan cabida a tiempos más dilatados y a redes de causalidad más complejas que la simple atribución de un culpable por un daño. En este sentido, en diálogo con trabajos como los del Chao (2022), quien analiza la invasión de la palma aceitera en la vida Maring en Papúa Nueva Guinea desde el concepto de violencia vegetal o de conceptos clave en la justicia ambiental como violencia lenta (Nixon, 2013), aquí apostamos por visibilizar alianzas inesperadas por la justicia que atraviesan entidades múltiples.
Proyectos de existencia múltiple —mineral, vegetal, humano, más que humano—, a menudo en tensión, aparecen aquí como configurando contrapunteos de proyectos de justica. Chao (2022) entiende los contrapunteos como una perspectiva que atiende a cómo cosas y seres se constituyen mutuamente en relación, adquiriendo sentido no por oposición fija, sino a través de diferencias que se producen en la convivencia y la fricción. La diferencia, orgánica u ontológica, es central para el contrapunteo. Sin embargo, “lo más relevante es el efecto que esa diferencia tiene en las vidas, los futuros y las condiciones de bienestar de las distintas entidades que participan en el contrapunteo entendido como relación” (Chao, 2022, p. 146).
En conjunto, este enfoque permite pensar la justicia como un campo relacional en el que se disputan materialmente las condiciones de vida, los futuros posibles y los modos de coexistencia entre entidades múltiples. Con todo esto, queremos distinguir que los modos de descripción usados en este dosier justamente ponen en juego proyectos de justicia al debatir preguntas sobre apropiación, desposesión y uso legítimo de entidades vegetales, minerales, en varios estados de la materia en una misma descripción, sin hacer distinciones a priori sobre quién tiene la capacidad de imponer un modelo de mundo y una ética sobre este.
Lo anterior es relevante frente a la tendencia general que guía acciones de justicia a través de discursos universalistas desde lenguajes más cercanos a los discursos históricos de la ciudadanía y del Estado, como los derechos que están dominando la discusión sobre, por ejemplo, la justicia de la transición energética justa o la declaratoria sistemática de no-humanos como “sujetos de derechos”. Es el caso, también, de códigos corporativos de justicia con aspiraciones globales —estándares de comercio, de extracción, de mercadeo, de trabajo—. A pesar de los experimentos públicos, privados y, en general, jurídicos, para ampliar el vocabulario de la justicia, es necesario ampliar vocabularios políticos además de la ya extendida idea de “sujeto de derecho”, encarnada en apuestas como la declaración de cuerpos de agua o de lo vivo como objeto de protección. En este sentido, como se evidenció en la lectura transversal de los textos, en forma muy material, substancias esenciales para la vida pueden reenmarcar, de forma renovada, viejas luchas, así como cuando el agua presenta la posibilidad de prolongar y de rejuvenecer viejas luchas por la tierra, tal como nos lo cuentan Escobar et al. De este modo, notamos una tendencia a formas de reinvención del derecho y de la ley en fricción y en relación con los mundos geológicos y vivos que son objeto de las economías que describimos. Las organizaciones comunitarias están entrando en alianza con otros seres para renovar el lenguaje de la acción política y las demandas al Estado; un proceso que Rivera Cediel llama “derecho salvaje” en este volumen.
Frente a estos discursos universalistas, que reproducen otras formas de injusticia al desligar la pregunta por la experiencia ordinaria y los propios proyectos de espacio de vida y de futuro, apostamos en este dosier por las diversidades de justicias. En otros lugares, Catalina Rivera ha reivindicado el concepto de principio vital como el objeto jurídico por excelencia, más allá de la noción de sujeto de derecho. En su trabajo, son la conectividad y la movilidad las que permiten mantener a la ciénaga de Magangué como ciénaga. No es tanto el “cuerpo de agua” per se el que debe ser protegido, sino los procesos ecosociales que dan existencia a algo como una ciénega los que merecen protección y, en ese sentido, también las vidas —animales, plantas y humanos—, cuya vida es indistinguible de la del paisaje anfibio. En este dosier hay múltiples instancias en las que lo mismo aplica, quizás para pensar en principios de existencia bio-geo, y no solamente.
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Desde este horizonte, proponemos repensar las economías contemporáneas, atendiendo a la imbricación entre globalización, colapso ecológico y transición energética, y a la necesidad de ampliar y tensionar las herramientas conceptuales de las ciencias sociales para comprender cómo la vida y la materia terrestre se convierten hoy en terrenos centrales de intervención, de disputa y de posibilidad.
Cerramos este texto con la invitación a sumergirse en las páginas del dosier, a transitar entre sus argumentos, atendiendo a los diferentes ritmos, materialidades, humanos y no humanos implicados en las narraciones, a quizá recordar, de manera intermitente, las provocaciones conceptuales que vienen con espacios excesivos, futuros incómodos y justicias múltiples; a componer sus propias aproximaciones y conversaciones con las preguntas que abren las bio-geo-economías y a los futuros que estas hacen imaginables.
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Notas
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Presentación del dosier
Notas de autor
a Autor de correspondencia. Correo electrónico: p.jaramillo23@uniandes.edu.co
Información adicional
Cómo citar: Jaramillo, P., Dupont Bernal, F. y Rivera Sotelo,
S. (2026). Bio-geo-economías: una
invitación. Universitas Humanística, 95. https://doi.org/10.11144/Javeriana.UH95.bgei