Paisajes (pos)mineros: vida y destrucción en la rehabilitación de tierras de Cerrejón *

(Post-)Mining Landscapes: Life and Destruction in the Land Rehabilitation at Cerrejón

Paisagens (pós-)mineradoras: vida e destruição na recuperação das terras de Cerrejón

Iván Emilio Montenegro Perini

Paisajes (pos)mineros: vida y destrucción en la rehabilitación de tierras de Cerrejón *

Universitas Humanística, vol. 95, 2026

Pontificia Universidad Javeriana

Iván Emilio Montenegro Perini a

Universidad de California Davis, Estados Unidos


Recibido: 14 febrero 2025

Aceptado: 25 agosto 2025

Publicado: 06 julio 2026

Resumen: Cerrejón, una de las empresas de minería de carbón más grandes del mundo, produce miles de toneladas de rocas fragmentadas que deben ser retiradas de su sitio original hacia áreas específicamente designadas. Así se forman los botaderos mineros: enormes montañas artificiales cargadas de elementos químicos potencialmente tóxicos que necesitan ser controladas para prevenir la contaminación del aire y del agua. La compañía conformó un equipo de ingenieros, ecólogos, biólogos, técnicos de campo y poblaciones locales para transformarlos en paisajes posmineros a través de su programa de rehabilitación de tierras. En el proceso, estos actores coinciden en que la empresa logra avances en la restauración del paisaje, mediante la intervención de la roca, la siembra de árboles y la introducción de animales. No obstante, sus formas de experimentar y hacer los paisajes (pos)mineros también difiere. Para algunos, estas prácticas generan lo que los científicos llaman conectividad del paisaje. Para otros, la siembra también borra las huellas materiales de la destrucción minera sin sanar las heridas de la minería: es una reparación que duele. A través de un análisis etnográfico del proceso de revegetación de Cerrejón, argumento que, en las áreas de extracción, la destrucción y la emergencia de vida tienen lugar simultáneamente. Esta paradoja permite problematizar tanto las narrativas celebratorias de la “restauración ecológica” como ciertos enfoques críticos sobre el extractivismo, que reducen la minería únicamente a un origen de patologías sociales, económicas y ambientales.

Palabras clave:paisajes (pos)mineros, restauración ecológica, ruinización, minería.

Abstract: Cerrejón, one of the world’s largest coal mining companies, produces thousands of tons of fragmented rock that must be removed from their original sites to specifically designated areas. This is how mining dumps are formed: enormous artificial mountains loaded with potentially toxic chemicals that must be controlled to prevent air and water pollution. The company assembled a team of engineers, ecologists, biologists, field technicians, and local populations to transform them into post-mining landscapes through its land reclamation program. In the process, these stakeholders agree that the company is making progress in landscape restoration by intervening in rock, planting trees, and introducing animals. However, their ways of experiencing and creating (post-)mining landscapes also differ. For some, these practices generate what scientists call “landscape connectivity.” For others, planting also erases the material traces of mining destruction without healing the wounds of mining: it is a painful reparation. Through an ethnographic analysis of the Cerrejón revegetation process, I argue that in extractive areas, destruction and the emergence of life occur simultaneously. This paradox allows us to problematize both celebratory narratives of “ecological restoration” and certain critical approaches to extractivism that reduce mining solely to a source of social, economic, and environmental pathologies.

Keywords: (Post)-Mining Landscapes, Ecological Restoration, Ruination, Mining.

Resumo: A Cerrejón, uma das maiores mineradoras de carvão do mundo, produz milhares de toneladas de rochas fragmentadas que devem ser removidas de seus locais de origem para áreas especificamente designadas. É assim que se formam os depósitos de mineração: enormes montanhas artificiais carregadas de produtos químicos potencialmente tóxicos que devem ser controlados para evitar a poluição do ar e da água. A empresa reuniu uma equipe de engenheiros, ecologistas, biólogos, técnicos de campo e populações locais para transformá-las em paisagens pós-mineração por meio de seu programa de recuperação de terras. No processo, essas partes interessadas concordam que a empresa está progredindo na restauração da paisagem, intervindo nas rochas, plantando árvores e introduzindo animais. No entanto, suas formas de vivenciar e criar paisagens (pós)mineração também diferem. Para alguns, essas práticas geram o que os cientistas chamam de “conectividade da paisagem”. Para outros, o plantio também apaga os vestígios materiais da destruição da mineração sem curar as feridas da mineração: é uma reparação dolorosa. Por meio de uma análise etnográfica do processo de revegetação da Cerrejón, argumento que, em áreas extrativistas, a destruição e o surgimento da vida ocorrem simultaneamente. Esse paradoxo nos permite problematizar tanto narrativas celebrativas da “restauração ecológica” quanto certas abordagens críticas ao extrativismo que reduzem a mineração apenas a uma fonte de patologias sociais, econômicas e ambientais.

Palavras-chave: paisagens (pós-)mineração, restauração ecológica, ruína, mineração.

En octubre de 2021, acompañé a un grupo de científicos de la Red de Bosque Seco Tropical en una visita a las áreas de Cerrejón en proceso de rehabilitación. Cerrejón es una de las empresas mineras de carbón más grandes del mundo, ubicada en La Guajira, en el norte de Colombia. En los últimos veinte años, esta ha reconstruido los paisajes que destruye a través de su programa de “rehabilitación de tierras”. Interesada en mejorar el proceso, la empresa comenzó a colaborar con esta red nacional de científicos para estudiar uno de los ecosistemas más frágiles del mundo: el bosque seco tropical. La visita tuvo como objetivo fortalecer la relación de la empresa con la comunidad científica nacional e incluyó a ecólogos, biólogos, ingenieros forestales y geólogos de diversas universidades colombianas.

Tras pasar la noche en el Hotel Waya, construido por la empresa para promover el turismo en la región y permitir las visitas a la compañía, los científicos y yo nos dirigimos a una de las zonas de rehabilitación más antiguas: Manantial. Con aproximadamente veinticinco años de antigüedad desde que la empresa inició el proceso de rehabilitación, el sitio ya contaba con una exuberante vegetación. Reunidos allí, observamos un extenso terreno cubierto de árboles de color verde claro. El biólogo de Cerrejón tomó la palabra y dijo: “Todos estos árboles que ven aquí fueron plantados por nosotros sobre una zona minera que solía ser un botadero de material estéril”. Mientras todos observábamos el horizonte verdoso e intentábamos imaginar un botadero minero, el biólogo continuó explicando que los árboles permitirían gradualmente la recuperación de estas zonas mediante las alianzas entre árboles, plantas, animales, suelos y hongos. Mientras decía esto, el biólogo señaló las montañas en el norte del complejo minero (Serranía del Perijá), movió lentamente su dedo por las áreas de rehabilitación y finalizó el recorrido de su mano indicando las montañas en el sur (Sierra Nevada de Santa Marta): “Al plantar todas estas áreas, estamos restableciendo las conexiones entre estos dos ecosistemas que se han visto afectados no solo por las actividades mineras, sino también por las malas prácticas de ganadería, agricultura y deforestación causadas por las personas locales”. Para él, los paisajes posmineros consistían en árboles plantados que ayudaban a recomponer las relaciones biofísicas/ecológicas entre animales, plantas y suelos que las actividades humanas habían suspendido. Al hacerlo, estaban creando las condiciones para la conectividad (ecológica) del paisaje, que permite que las especies animales, las semillas y otros elementos, como el agua, se muevan de un lugar a otro.

Más tarde, ese mismo día, visitamos el vivero Mushaisa, propiedad de Cerrejón, donde se cultivaban la mayoría de los árboles para los sitios en rehabilitación. Ahí me encontré con Mauricio, un sembrador de árboles. Mauricio trabajaba para Constructora Sucre, empresa contratista encargada de las actividades de siembra. Él provenía de un pequeño caserío llamado Los Remedios, ubicado en el norte del complejo minero. Este caserío había quedado aislado de otros centros poblados, debido a la aparición de dos enormes tajos a cielo abierto (Tabaco y La Puente) junto con sus respectivos botaderos (La Estrella y Potrerito). La mayoría de sus habitantes terminaron trabajando para la empresa, ya que sus formas de vida basadas en la ganadería y pequeñas actividades agrícolas se vieron afectadas por dicho aislamiento y “no había otra opción” más que involucrarse con la compañía. Mauricio fue uno de ellos.

Tal como el biólogo me había explicado por la mañana, él argumentó que Cerrejón estaba haciendo un esfuerzo significativo para recuperar los árboles, las plantas y los animales afectados por la expansión minera. Sin embargo, su argumento no se limitó a eso. También me preguntó lo siguiente:

Los árboles que estamos plantando pueden reparar los suelos y atraer animales, pero ¿cómo reemplazarán a los árboles que albergaron nuestras placentas, enterradas por nuestras madres y destruidas por la retroexcavadora? ¿Cómo pueden estos nuevos árboles sanar las heridas de la minería cuando las actividades mineras no solo derribaron árboles y cavaron hoyos en el suelo, sino que también desplazaron a nuestra gente? Dime, Iván, ¿no piensas que esos árboles plantados en realidad ocultan nuestro sufrimiento de alguna manera?

Las preguntas de Mauricio me invitan a cuestionar el razonamiento del biólogo y a frenar la concepción científica consensuada de los árboles como entidades capaces de restablecer la conectividad entre ecosistemas. Sus preguntas brindan la oportunidad de despertar una conciencia ligeramente diferente sobre lo que podrían ser y llegar a ser los árboles en proceso de formación de paisajes posmineros dentro de las diferentes prácticas de plantación instauradas por científicos como el biólogo y sembradores como Mauricio. Si bien, tanto para el biólogo como para Mauricio, los árboles plantados estaban en camino de producir paisajes posmineros al reconstruir las relaciones entre plantas, animales, suelos y hongos, las preguntas de Mauricio abren esa concepción compartida para llevarla más allá de las consideraciones científicas. Para Mauricio, los árboles plantados eran insuficientes para reparar las heridas causadas por la expansión minera: desplazamientos y destrucción. La pregunta “¿no piensas que esos árboles plantados en realidad ocultan nuestro sufrimiento de alguna manera?” parecía también implicar que la presencia de los nuevos árboles podría incluso borrar las huellas materiales de la destrucción extractiva sin sanar las heridas. Recuerdo haberme preguntado si borrar la materialidad de la destrucción minera u ocultar el dolor de la gente eliminaría de hecho la posibilidad de sanación. ¿Y qué haría la sanación? ¿Por qué sería necesaria?

Al permitir que estas preguntas me afectaran analíticamente, sentí que el biólogo y Mauricio hablaban de versiones de árboles que no eran necesariamente iguales, a pesar de trabajar simultáneamente en el mismo proceso (revegetación). Equivocación es el término acuñado por Viveiros de Castro (2004) para referirse a este tipo de situación en la que dos o más hablantes, al decir lo mismo, se refieren a cosas diferentes y las desconocen. Según él, la equivocación es “un malentendido de que las comprensiones no son necesariamente las mismas, y que no se relacionan con formas imaginarias de ‘ver el mundo’, sino con los mundos reales que se ven” (Viveiros de Castro, 2004, p. 11). En este sentido, si bien las personas pueden usar los mismos conceptos, estos pueden referirse a cosas diferentes según el mundo desde el que se pronuncien. En el caso que me ocupa, el biólogo y Mauricio hablaban de paisajes posmineros, pero esos paisajes no se referían a lo mismo.

Este malentendido puede parecer como si los expertos y los sembradores fueran hablantes con la misma voz; sin embargo, está lejos de ser así. Lo que los expertos dicen a través de sus herramientas epistemológicas es lo que determina las condiciones reales de lo que son los paisajes posmineros; mientras que las perspectivas de los sembradores rara vez juegan un papel importante. El malentendido no tiene lugar entre iguales. Marisol de la Cadena (2019) conceptualiza esto como un desacuerdo (a la Rancière) que alberga una equivocación. De acuerdo con Jacques Rancière, el desacuerdo es “el conflicto entre uno que dice blanco y otro que también dice blanco, pero no entiende lo mismo por ello” (1999, p. x). En apariencia, el malentendido que provoca el desacuerdo es como el que genera la equivocación en Viveiros de Castro. Sin embargo, la diferencia radica en que este último asume que todos los participantes son hablantes en el discernimiento de cosas diferentes, mientras que el primero resulta de una controversia que enfrenta a quienes tienen habla (se les concede voz) con quienes no la tienen (se les niega el habla, son ruido), disputando las convenciones que definen qué es y cómo es (Rancière, 2004). El desacuerdo es un malentendido que ocurre cuando individuos en posiciones desiguales disputan entre sí ser lo mismo.

Siguiendo a de la Cadena (2019), propongo que el malentendido entre expertos y sembradores es una especie de desacuerdo sobre una equivocación en torno a qué es un paisaje posminero y las relaciones que lo conforman. Este malentendido es un punto de partida para argumentar que los paisajes (pos)mineros no son unívocos, pero tampoco son varios igualmente vistos y escuchados. Siguiendo las prácticas y relaciones de los disimiles actores que los hacen y habitan, argumento que estos paisajes problematizan la perspectiva de que el extractivismo genera solo contaminación y comunidades desplazadas. Prestar atención a los paisajes (pos)mineros nos muestra que la destrucción y la emergencia de vida tienen lugar simultáneamente. Hay daños y reparaciones (en términos de la empresa) y también formas de vida emergentes e invisibles, para muchos, que algunas veces constituyen futuros esperanzadores y otras veces no tanto.

Este artículo es el resultado de dieciocho meses de trabajo de campo en La Guajira, en el marco de mi tesis de doctorado. Durante los años 2021 y 2022, la empresa me permitió acompañar a ingenieros, hidrólogos, ecólogos, técnicos y trabajadores (como sembradores) en las distintas etapas del proceso de rehabilitación de tierras de la empresa. Todos estos actores hacen parte de esta y, particularmente, los sembradores contratados por la empresa Constructora Sucre también son habitantes de las inmediaciones de la compañía. Muchos de ellos, afectados de diferentes maneras por la expansión minera, deciden trabajar para Cerrejón porque “no hay otra opción”. Este artículo se construye fundamentalmente de 1) la observación participante de la siembra de pasto y árboles nativos llevada a cabo por Constructora Sucre; 2) conversaciones informales con ingenieros de la empresa, encargados de generar evidencia técnica del proceso que funciona como prueba de cumplimiento ante autoridades ambientales y como estrategia de legitimación corporativa; y 3) la observación de las interacciones de Cerrejón con autoridades ambientales como la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales (ANLA) y Corpoguajira.

Mi posición como investigador establecido en los Estados Unidos con estudios en universidad privada en Colombia le interesó al gerente del departamento ambiental de la empresa, quien me permitió seguir los procesos de rehabilitación. Al tratarse de un estudiante de doctorado en antropología —a quien se le podía asociar con los movimientos de resistencia por mi disciplina—, el gerente y los otros expertos me veían como un observador externo a quien ellos se sentían obligados a convencer del rigor técnico de sus procedimientos y de las tecnologías de punta que utilizaban para rehacer los paisajes mineros. La empresa lleva varios años convirtiéndose en el actor legitimo en la producción de conocimiento técnico en temas de conservación y restauración ecológica (Jaramillo y Cardona, 2022), conocimiento a través del cual se legitima políticamente y tamiza las voces críticas. En ese sentido, hubo una apertura por su parte para incluirme en los procesos de rehabilitación, por supuesto, con algunas reservas en algunos de los contenidos de los informes en construcción y en las reuniones con autoridades ambientales.

Paisajes (pos)mineros

En este artículo, recurro a la literatura antropológica situada en la intersección entre la fenomenología y los estudios de ciencia y tecnología (STS, por su sigla en inglés), que conceptualiza el paisaje como un medio dinámico constituido en relación con sus habitantes, sus vidas, sus propósitos, sus prácticas y sus movimientos (Ingold, 2011). Los paisajes son prácticas vividas y corporizadas entre humanos y más-que-humanos, que moldean los sentidos del yo y del mundo (Lorimer, 2015; Wylie, 2018; Waterton, 2018). Un grupo significativo de investigadores examina eventos violentos del pasado que, si bien son irrecuperables, forman parte del presente cotidiano de las personas. Interesados en las secuelas de la destrucción, estos académicos sostienen que los paisajes también están habitados por formas de vida pasadas (Tsing, 2019; Mathews, 2022). Ellos analizan las relaciones rotas, las tangibilidades ruinosas, los escombros, los desechos y otros restos materiales dejados por las empresas capitalistas, así como su capacidad de persistir y de acechar las relaciones actuales entre humanos y más-que-humanos que habitan esos paisajes (Gordillo, 2014). Tanto las presencias que han sobrevivido a los procesos de violencia y destrucción asociados al extractivismo y la guerra (Tavares, 2016; Weizman, 2017) como las “cosas” que han sido activamente ausentadas por esos mismos procesos (Nichanian, 2002; Dawdy, 2010; Kim, 2016) nunca se cancelan del todo. Así, a la producción de los paisajes se vinculan historias profundas de despojo, militarización y fragmentación social (McSweeney, 2016), que, aunque sucedieron en el pasado, todavía impactan en el presente.

Junto con esto, dialogo también con la literatura en antropología y STS, que enfatiza que los paisajes son producidos por diversas prácticas científicas e ingenieriles que conectan formas de experticia variadas, a veces antagónicas y con frecuencia impredecibles, junto con actores humanos y más-que-humanos que movilizan futuros concretos hacia el presente (por ejemplo, Bryant y Knight, 2019). Investigadores que trabajan sobre la crisis climática (Zee, 2017), la planificación urbana (Abram, 2017), el capital global (Appadurai, 2011) y las finanzas especulativas (Guyer, 2007) muestran cómo lo que aún no existe moldea el ahora, mediante la anticipación, la especulación y la esperanza. Por ejemplo, las prácticas de terraformación sitúan el futuro en primer plano, tanto al incorporarlo en los debates presentes sobre futuros ecológicos globales como al proyectarlo desde el presente hacia un porvenir de distancia e inmediatez indeterminadas (Bryant y Knight, 2019; Messeri, 2017). Sin un concepto de futuridad, sugieren estos autores, el presente deja de existir. Ahora bien, para varios autores, la movilización de los futuros hacia el presente ocurre en una constante disputa y negociación entre disimiles actores, en la cual ciertos futuros se hacen más visibles que otros. Por ejemplo, en el marco de la ecología política, Bebbington y Wittman (2012) muestran que en las luchas rurales por la tierra no se disputa solo el acceso a recursos, sino también los significados y futuros ligados al lugar entre el estado, las compañías extractivas y las comunidades locales.

Ambas literaturas me inspiran para pensar que los pasados y los futuros están incrustados en los paisajes y los constituyen. Sin embargo, mi encuentro con Mauricio abre un nuevo espacio analítico que conecta estos cuerpos de trabajo. Sus preguntas me invitan a reflexionar no solo sobre las capacidades de un pasado que persiste en el presente, sino también sobre los futuros deseados que la empresa intenta traer al presente. Me invitan a pensar desde la práctica de la revegetación, la cual moviliza un futuro de conectividad ecológica que no solo transforma un pasado general, sino que puede cancelar afectivamente uno que es localmente específico. Es decir, cuando Mauricio señala que los árboles plantados recientemente podrían estar ocultando el sufrimiento de las personas causado por la expansión minera, parece implicar que estos árboles pueden borrar las huellas materiales de la destrucción minera, pero dejan sus heridas sin sanar y renuevan sentimientos de desposesión y abyección. El futuro aspiracional de ciertos expertos de Cerrejón, practicado a través de las actividades de siembra, puede convertirse en una forma de reparación impuesta que duele, ya que el trabajo de la ecoingeniería no puede curar las heridas dejadas por la minería. Al ignorar las heridas específicas que la mina causó en el pasado, la rehabilitación de los paisajes reabre esas heridas y trae el pasado al presente, lo que genera nuevos sentimientos de impotencia.

Atendiendo a los sentimientos discordantes sobre el pasado y el futuro que encontré entre expertos y sembradores, propongo que la producción de paisajes (pos)mineros —y la siembra de árboles como su componente central— constituye simultáneamente una fuente de esperanza, un medio para borrar violencias pasadas, una posibilidad de habilitar futuros y/o una forma de reconfigurar los pasados. Todas estas dimensiones actúan en consonancia y también entran en conflicto entre sí. Uso los paréntesis en la palabra pos con intención: interrumpen nuestro hábito de pensar el tiempo como una secuencia dividida en pasado, presente y futuro. Los paisajes (pos)mineros producidos a través del proceso de revegetación, orientados a crear un futuro de alianzas entre plantas, animales y suelos, también están habitados por diversas fuerzas e intensidades del pasado (violento) de la destrucción minera y por expectativas locales de vida. 1 Alineado con los trabajos de B. Rossi (2015) y T. Ederson (2005), la noción de paisaje (pos)minero problematiza la narrativa de la restauración ecológica, mostrando cómo el programa de rehabilitación de tierras reproduce relaciones de poder asimétricas y oscurece historias de violencia de la extracción. Estos paisajes llevan consigo peso cultural, emocional y político más allá de su condición material, en la cual se disputan imaginarios sobre el desarrollo, el cuidado y la restauración (Ederson, 2005; McElwee, 2016, Tsing, 2015). 2

En este artículo, mostraré que, más allá de encontrar contaminación y comunidades arrasadas por la extracción, la producción de paisajes (pos)mineros implica encontrarse con matices que no encajan del todo con esa expectativa. Había daño, sin duda. Había reparación en los términos de la empresa. También había vidas emergiendo, invisibles para muchos, al tiempo que otras formas de vida eran arruinadas. Había vida dentro de la extracción. Esta constatación me llevó a alejarme de gran parte de la literatura de las ciencias sociales sobre las industrias extractivas en América Latina, donde la minería suele entenderse como el origen de un conjunto de patologías sociales, económicas y ambientales (Gudynas, 2015). En Cerrejón, la disrupción y la emergencia de vida coexistían en los mismos paisajes. La destrucción estaba presente, pero acompañada de desarrollos vitales inesperados: a veces, insinuaba futuros tentativamente esperanzadores, otras veces, no tanto. Así, explorar estos paisajes (pos)mineros contribuye a los debates sobre el binarismo entre restauración y destrucción. Investigadores del campo de la reparación y restauración de infraestructuras han argumentado que el colapso, el fracaso y la ruinización no son puntos finales, sino aperturas generativas: momentos para el aprendizaje, la improvisación y la adaptación en mundos marcados por la decadencia continua (Graham y Thrift, 2007; Gupta, 2021). A través de las prácticas de mantenimiento y reparación, podemos rastrear dinámicas sociales, trabajo, afectos, políticas, estéticas y temporalidades (Anand, 2018; Barnes, 2017; Carse, 2018). Sin embargo, esta literatura a menudo mantiene un binarismo antagónico: la restauración se presenta como la recuperación o superación de la ruinización. A partir de los paisajes (pos)mineros, sostengo, en cambio, que la restauración y la ruinización son mutuamente constitutivas. Así como la destrucción, la decadencia y la descomposición implican vitalidad (Gordillo, 2014; Hage, 2021; Lyons, 2020), los esfuerzos por sostener y preservar también pueden implicar formas de ruinización (Kurtiç, 2023). Este articulo complica los supuestos celebratorios de la rehabilitación como intrínsecamente restauradora, mostrando cómo puede afianzar, ocultar o incluso amplificar la destrucción que busca remediar.

Del carbón al anillo verde

Fundada en la década de 1980 y actualmente propiedad de la multinacional Glencore, Cerrejón es una de las minas de carbón a cielo abierto más grandes del mundo, con una concesión de 69 000 hectáreas. La empresa ha sido promovida como un proyecto que traería “desarrollo” a La Guajira, la región más seca y pobre del país, históricamente asociada con el contrabando y el narcotráfico (Orsini Aarón, 2007). La ocupación minera ha sido compleja: aunque la empresa se convirtió en la principal fuente de ingresos y empleo, La Guajira sigue siendo profundamente desigual. La mina ha reasentado poblaciones wayúu, afrodescendientes y campesinos, desviado ríos y modificado los suelos (Rivera, 1990). También ha generado nuevas condiciones laborales, construido infraestructuras públicas y creado nuevos liderazgos locales para negociar sus actividades. Como con otros complejos mineros, estas prácticas manifiestan lo que Marisol de la Cadena y Mario Blaser (2018) llaman la ocupación ontológica de territorios: la imposición de un mundo que se ha otorgado a sí mismo el derecho de asimilar todo tipo de relaciones y que, al presentarse como exclusivo, cancela las posibilidades de aquello que se encuentra más allá de sus límites. El desplazamiento de los poblados Tabaco, Roche, Chancleta, Patilla, Oreganal y Manantial son emblemáticos en este sentido. El desvío del arroyo Bruno como parte del plan de expansión P40, con el objetivo de ampliar la producción de carbón de 35 millones de toneladas a 40 millones, es otro ejemplo de cómo la intervención minera alteró las complejas relaciones socioecológicas alrededor del arroyo (por ejemplo, afectando el acceso de las personas al agua potable y a la pesca de subsistencia). Muchos de estos procesos se han articulado a las dinámicas de violencia y conflicto armado (“Codicia o paz: el video de Global Witness sobre el carbón en La Guajira”, 2017). En suma, a través de estos procesos, la empresa ha vaciado los territorios que ocupa y cancelado las relaciones que dan forma a esos territorios.

En respuesta, varias comunidades rurales —con el apoyo de activistas ambientales y ONG— han denunciado los daños socioecológicos causados por la mina (Jaramillo, 2014), lo que ha dado lugar a enfrentamientos legales y a regulaciones ambientales cada vez más estrictas en los últimos años. En un contexto en el que la empresa ha exacerbado la inseguridad alimentaria e intensificado una crisis humanitaria asociada a la desertificación (Puerta Silva et al., 2020), organizaciones de activistas han criticado el modelo extractivo de la empresa y propuesto alternativas de desarrollo basados en la reivindicación de los derechos humanos y ambientales (Centro de Investigación y Educación Popular/Programa por la Paz [Cinep/PPP], 2016; Ramírez et al., 2015; Jaramillo y Cardona, 2022). El sindicato de los trabajadores del carbón ha también cuestionado la capacidad de la empresa no solo para no responder con justas condiciones laborales, sino también ha puesto sobre la mesa el tema de la volatilidad de los precios del carbón y los anuncios a escala global sobre el paulatino declive de su producción en el contexto del cambio climático (Chomsky y Striffler, 2014). Esto ha generado públicamente la pregunta sobre el futuro de los territorios mineros en caso de ser abandonados.

En este contexto —incremento de las críticas, volatilidad de los precios de carbón y el creciente interés por energías alternativas—, el programa de rehabilitación de tierras de Cerrejón adquirió atención política como un ejemplo del posible futuro de esos lugares afectados. Por ejemplo, la reconocida bióloga feminista colombiana Brigitte Baptiste ha elogiado en varias ocasiones el proceso de rehabilitación de tierras, y lo ha presentado como un ejemplo de ingeniería ecológica de punta. En sus palabras:

En el congreso de la Asociación Colombiana de Minería de 2023, Baptiste hizo una presentación titulada “Transformaciones territoriales y minería”, en la cual esta bióloga dice que Cerrejón ha contribuido en restablecer la conectividad ecosistémica. A diferencia del 28 % del área que en 1975 estaba dedicada a la ganadería, el algodón y otros cultivos, Cerrejón ha rehabilitado alrededor de 4500 hectáreas para 2022 y reducido las áreas de minería de 10 569 en 2014 a 8058 en 2022 (Baptiste, 2023).

El comentario de la científica captó mi atención: ¿podría la empresa carbonífera más grande de Colombia rehacer los paisajes que ha intervenido durante décadas? ¿Qué se rehabilita exactamente cuando se habla de tierra? ¿Para qué, para quién?

La empresa extrae carbón mediante voladuras y la remoción de miles de toneladas de roca fragmentada de su ubicación original. Estos escombros son transportados a zonas designadas conocidas como botaderos: enormes montañas artificiales caracterizadas por tener comportamientos impredecibles y por la presencia de elementos potencialmente tóxicos. Estas formaciones deben ser monitoreadas y gestionadas de forma constante para evitar la contaminación del aire y del agua. Cerrejón designó los botaderos como los lugares para implementar los esfuerzos de rehabilitación de la tierra, con el objetivo de transformarlos en paisajes (pos)mineros. Para ello, desde hace tres décadas conformó un equipo que incluye geoingenieros, hidrólogos, ecólogos y técnicos de campo, e involucró también a poblaciones locales —algunas de las cuales han trabajado para la mina, mientras que otras se han visto afectadas por sus operaciones—.

El proceso de rehabilitación de Cerrejón consta de tres etapas principales: 1) el ajuste geomorfológico de los botaderos a través del cual ingenieros le dan forma a los botaderos para evitar que se muevan; 2) la estabilización de suelos a través de la siembra de pasto Buffel que propende por comenzar a generar materia orgánica en los suelos dispersos sobre los botaderos; y 3) la revegetación con la que se busca poblar las áreas con árboles nativos de la región. Esta última es un componente central del proceso y ha tenido una expansión significativa en los últimos años. En 2022, la empresa sembró 600 000 árboles —tres veces más que el año anterior—, lo cual marcó una iniciativa sin precedentes. Este aumento hizo parte de la estrategia del anillo verde, que consistió en sembrar árboles en los perímetros exteriores de los botaderos para formar una especie de cinturón verde. Esta estrategia fue diseñada para cumplir con los requisitos de siembra establecidos por la ANLA y acatar dos sentencias judiciales: la Sentencia 698 de 2017 y la T-614 de 2019. Estas sentencias exigieron a Cerrejón tomar medidas para controlar las emisiones de material particulado que afectan a las comunidades cercanas. Los expertos esperaban que la nueva vegetación ayudara a mitigar la contaminación del aire capturando partículas suspendidas a través de las hojas de los árboles.

Dentro de este marco legal, los árboles fueron concebidos como agentes aliados de la empresa para garantizar el cumplimiento normativo. No obstante, más allá de estos imperativos legales, me interesa preguntarme lo siguiente: ¿qué están sembrando los científicos y sembradores en el proceso de rehabilitación?, ¿qué esperan lograr al sembrar pasto y árboles nativos?, ¿qué tipo de paisajes están emergiendo?, ¿qué tipo de vida es fomentada y cuál no?

Científicos sembrando funcionalidad y conectividad ecológica

La mayoría de los biólogos y ecólogos de Cerrejón experimentan el proceso de siembra de pasto y plantación de árboles no en el terreno, sino a través de herramientas como polígonos, monitoreos e informes técnicos, proyectos de investigación y visitas ocasionales a terreno. Con estas herramientas, los científicos cultivan ciertas formas de sintonía y atención hacia los árboles, las plantas y los paisajes (pos)mineros que buscan crear. Estos instrumentos les permiten demostrar la recuperación de la funcionalidad ecológica y la conectividad de los paisajes devastados; es decir, la capacidad de las especies (animales y vegetales) de moverse libremente a través de un paisaje o conjunto de ecosistemas y el flujo de procesos naturales que sostienen la vida en dicho entorno. Lo que emerge de la evidencia tecnológica sobre el proceso de siembra es su capacidad transformadora en términos ecológicos y productiva en términos relacionales, que permiten nuevas instancias de coproducción multiespecie. En los siguientes párrafos describo algunas de estas herramientas.

Árboles como coberturas vegetales

En diciembre de 2021, me reuní con Sebastián, un ecólogo con amplia experiencia en ecología del paisaje y gerente del departamento ambiental de Cerrejón. Nos sentamos en su oficina mientras él me explicaba —mediante una presentación de PowerPoint y citas de figuras canónicas como Arthur Tansley— cómo entendía los ecosistemas y los paisajes. Un ecosistema, dijo, es una unidad que comprende todas las poblaciones de plantas y animales, en un área determinada, que interactúa con su entorno, lo cual genera flujos de energía y permite la formación de cadenas tróficas, biodiversidad y ciclos materiales entre componentes vivos y no vivos. Al pasar a la siguiente diapositiva, Sebastián definió el paisaje como el mosaico de coberturas vegetales, suelos, cuencas hidrográficas y especies animales que conforman diversos ecosistemas con estructuras específicas (refiriéndose a la organización física de entidades animadas e inanimadas), composiciones (refiriéndose a los tipos y a la cantidad de especies presentes) y funcionalidades (refiriéndose a procesos ecológicos como la depredación, polinización y parasitismo). Para él, un paisaje es un conjunto de ecosistemas que se conectan entre sí, que crean conectividad —el movimiento de animales, semillas, agua y otros elementos a través del espacio—. En sus palabras, “pensar en términos de paisaje no es mirar el árbol, sino el bosque” (comunicación personal, 2021).

Las actividades humanas, continuó explicando, fragmentan los paisajes y lo que la empresa está tratando de hacer a través del programa de rehabilitación de tierras es restaurar esa conectividad afectada no solo por la minería, sino también por las actividades agrícolas y ganaderas en la región. Citando una tesis de maestría en ecología de una prestigiosa universidad colombiana, mostró una serie de mapas que representaban las coberturas de vegetación entre 1986 y 2016. En 1986, los usos dominantes del suelo eran pastizales y terrenos agrícolas arbustivos, principalmente para ganadería extensiva y cultivo de algodón. El paisaje, argumentaba, ya estaba fuertemente fragmentado. El proyecto minero no comenzó sobre un terreno virgen. Según esta tesis, para 2016 el nivel promedio de fragmentación de la región era similar al de 1986, pero con un aumento significativo en las áreas boscosas. Había menos arbustos en sucesión y más bosques secundarios. “Aunque la mina ha utilizado más de 15 000 hectáreas para la extracción de carbón”, dijo Sebastián, “para 2016, había 400 hectáreas más de bosque que en 1986. Y ese número sigue creciendo” (comunicación personal, 2021). Señaló, con colores llamativos, las zonas donde se llevaba a cabo la rehabilitación.

La tesis muestra que los sitios rehabilitados han empezado a ser contabilizados como coberturas vegetales. Como Sebastián indicó anteriormente, lo que importa no son tanto los árboles como especies individuales, sino los árboles como bosques —una categoría construida a través de imágenes satelitales e interpretaciones basadas en sistemas de información geográfica (SIG)—. Los árboles que crecen en los botaderos se convierten en información que la empresa utiliza para argumentar que los sitios rehabilitados están cubiertos por vegetación, para así contribuir a la creación de paisajes (pos)mineros. Los árboles que los científicos experimentan a través de plantillas cartográficas revelan una narrativa de recuperación del paisaje; para ellos, la presencia de coberturas vegetales en las imágenes y mapas funciona como evidencia de la existencia de árboles y plantas en las áreas de rehabilitación que contribuirían a la restauración del paisaje.

Relaciones entre árboles, animales y plantas

La información de coberturas vegetales se complementa con el trabajo de campo de Servicios Ambientales y Geográficos S. A. (SAG), consultora que monitorea 95 parcelas en distintas etapas de rehabilitación. Sus biólogos registran la cobertura dominante (arbórea, arbustiva, herbácea) y documentan la regeneración natural, la actividad de microorganismos, los restos vegetales, la fauna, y los procesos de degradación. Sus informes destacan los procesos de sucesión que se desarrollan con el tiempo. En las etapas iniciales, señalaban un aumento en la cobertura herbácea, lo que contribuía con materia orgánica que enriquecía el suelo. En etapas más avanzadas, sin embargo, las especies herbáceas disminuían, lo cual dio paso a arbustos y árboles de mayor tamaño. Los informes también indicaban que las parcelas con más tiempo de rehabilitación mostraban un aumento considerable en la hojarasca, tallos gruesos y hojas. Según los biólogos, la descomposición de este material era esencial para el ciclo de nutrientes y servía como un indicador del aumento en la biomasa, la densidad arbórea y la apertura del dosel. Otros hallazgos significativos incluyeron la presencia de hormigas en varias áreas de rehabilitación, lo que aporta múltiples beneficios ecológicos, como el aumento de la porosidad del suelo, la mejora de la aireación y la infiltración de agua, la contribución al ciclo de nutrientes, la defensa de las plantas y, en algunos casos, la dispersión de semillas.

Para comprender el significado de todos estos datos en la recuperación del paisaje, los científicos se apoyan en lo que llaman un ecosistema de referencia: una versión idealizada del paisaje, mínimamente alterada por la actividad humana, con etapas de sucesión avanzadas, una rica biodiversidad y procesos ecológicos estables. Ellos dirigen los esfuerzos de rehabilitación hacia este tipo de ecosistema: uno no afectado por actividades humanas. Los expertos de la empresa instalaron tres parcelas de referencia en áreas no perturbadas por actividades mineras, agrícolas o ganaderas.

Al yuxtaponer los datos de las parcelas de referencia con las áreas en rehabilitación, los informes de monitoreo narran una trayectoria de recuperación. Rastrean un aumento en la vegetación herbácea, arbustiva y arbórea, así como la reaparición de animales asociados a estas comunidades vegetales. Si la metodología de cobertura vegetal hace visible la existencia de árboles y plantas en los sitios de rehabilitación a través de imágenes satelitales, los informes de monitoreo hacen presentes las relaciones entre plantas, animales y suelos en el terreno.

La investigación sobre las interacciones entre animales, plantas y suelos no es simplemente un objeto de indagación que revela una realidad, sino el terreno mismo sobre el cual los expertos de Cerrejón argumentan que hay vida después de la extracción. A través de estas metodologías, biólogos y otros expertos sostienen que los esfuerzos de rehabilitación están arrojando resultados positivos al transformar lo que alguna vez fue un botadero estéril en un paisaje (pos)minero. Los informes de monitoreo así lo indicaban: hay un fortalecimiento de conectividad ecológica y servicios ecosistémicos. A continuación, explicaré cómo este proceso natural también tiene componentes sociales y políticos.

Capturas ontoepistémicas: ciencia y legitimación en la rehabilitación de paisajes mineros

La producción de conocimiento técnico sobre la rehabilitación de tierras se ha convertido en una herramienta epistemológica muy poderosa con la cual Cerrejón legitima sus actividades políticamente y tamiza o silencia las críticas de las comunidades y activistas. En años recientes, los expertos de la empresa han participado activamente de conferencias y foros universitarios para presentar el programa de rehabilitación con datos técnicos. Por ejemplo, un día, el gerente ambiental hizo una presentación en la Universidad Popular del Cesar ante unos veinticinco asistentes, que incluían científicos, profesores y estudiantes. Sebastián comenzó presentando su trayectoria en el campo de la ecología. Mencionó su Licenciatura en Ecología, su Maestría en Uso, Manejo y Conservación de Recursos Naturales, su Doctorado en Manejo de Cuencas Hidrográficas y su investigación posdoctoral en fragmentación de ecosistemas. Tras posicionarse como una autoridad en restauración ecológica, Sebastián añadió: “Como pueden ver, yo solía ser científico y ahora trabajo en el sector privado, donde también hacemos ciencia. Hoy les voy a mostrar que la minería no es como la pintan”.

A continuación, Sebastián explicó qué era un ecosistema, las principales causas de degradación ecosistémica en Colombia y los conceptos de fragmentación ecológica, jerarquía de la mitigación y rehabilitación ambiental. Usó datos sobre los árboles plantados, mostró indicadores de supervivencia y las nuevas especies descubiertas, hizo visible con imágenes de antes y después los procesos de rehabilitación. También proyectó algunos videos de animales en las zonas de rehabilitación y explicó cómo la presencia de los nuevos árboles y plantas promovía la presencia y movimiento de varios animales.

La respuesta de los científicos fue de gran interés. De hecho, un comentario dirigido a Sebastián lo reflejó: “Es impresionante lo que está haciendo Cerrejón. Los proyectos son enormes. Todo esto debería divulgarse”. Sebastián explicó que había decidido unirse a la empresa porque veía en ella una oportunidad inigualable para desarrollar proyectos de rehabilitación, gracias a los vastos recursos disponibles. Señaló que, lamentablemente, la investigación en Colombia no recibe suficiente apoyo estatal y que en el sector privado encontró la posibilidad de llevar a cabo lo que llamó el trabajo de restauración ambiental más importante de su carrera. Los científicos se mostraron entusiasmados. Uno de ellos destacó que Cerrejón debía continuar desarrollando y difundiendo estas iniciativas y subrayó la necesidad de fortalecer la colaboración entre los expertos presentes para ampliar los esfuerzos de investigación:

Los recursos que tienen y lo que se está haciendo son increíbles. Será crucial seguir colaborando con la empresa para hacer y aplicar ciencia. Dado el contexto del cambio climático y los impactos ambientales causados por estas industrias, este tipo de investigación es esencial. Con todo lo que estamos viendo, podemos decir que aún hay esperanza.

Al presentar los resultados técnicos de sus esfuerzos de rehabilitación y hablar el lenguaje de la comunidad científica, el gerente ambiental era capaz de desplazar la narrativa sobre la empresa de un actor depredador a una fuerza más constructiva. En lugar de escepticismo, los científicos parecían genuinamente impresionados por los resultados y estaban entusiasmados con la posibilidad de establecer colaboraciones en pro de la investigación y de la innovación. Durante su intervención, Sebastián sugirió que las actividades realizadas entre la empresa y los científicos podrían convertirse en artículos académicos o libros de divulgación, enmarcados dentro de un discurso técnico más que de opiniones. Uno de los científicos le respondió: “Pueden servir como artefactos de validación de lo que se está haciendo en las áreas de rehabilitación, si el objetivo es demostrar que lo realizado es realmente efectivo”. Sebastián añadió que la producción de conocimiento sobre rehabilitación de tierras podría sentar un precedente nacional sobre cómo restaurar estos paisajes intervenidos. “Alinear todos estos esfuerzos con la academia para que sirva de guía a nivel de la ANLA y del ministerio”, afirmó. Este comentario refleja el interés del directivo en influir en los procedimientos técnicos ambientales mediante los cuales son evaluados, es decir, en moldear los mecanismos de evaluación que utilizan las autoridades ambientales para verificar el cumplimiento de los requisitos ambientales.

El ensamblaje de datos, imágenes y teorías ilustra que estos sirven menos como simples registros documentales y más como instrumentos para forjar relaciones entre la empresa y los científicos y movilizar la narrativa de que los procedimientos de rehabilitación de tierras están respaldados por criterios técnicos. El objetivo era legitimar la evidencia como técnica, para posicionar así a la empresa como productora de verdades sobre la restauración del paisaje, al tiempo que buscaba influir en los criterios técnicos de las autoridades ambientales.

En otra ocasión, un analista de la empresa me explico que ellos querían que la opinión pública se diera cuenta de la verdad de estos procesos y así escucharan menos la meras opiniones de los activismos. Para él, las opiniones de las comunidades y activismos son simples creencias incapaces de verificar la verdad: “La gente dice cosas que no tienen sentido. Dicen que la quebrada está muerta, pero se ve con las fotos y los datos que no es así”. Poco después añadió que una vez alguien de la comunidad le había dicho que los árboles que se estaban trasplantando ya no podían tener poder curativo. Escuchó que las plantas eran sagradas y que debían permanecer en donde nacían porque, cuando se movían, su poder curativo se perdía. Sin embargo, para él estas eran opiniones sin rigor científico: “¿Cómo respaldan eso con ciencia? Eso es solo una opinión, parte de su cultura. Pero si un árbol está sano, puede seguir cumpliendo sus funciones curativas, esté trasplantado o no”. Al final de esta intervención, el analista dijo: “Nos han dicho que rehabilitar zonas mineras es imposible o que toma cientos de años. Pero con nuestros datos, estamos desmontando ese ‘mito’”.

A través de las evidencias del proceso de rehabilitación, la empresa crea efectivamente a sus críticos como actores desinformados, que creen en mitos, y con ello domestica cualquier tipo de argumento divergente de lo que hacen. Estos procedimientos podrían entenderse como un “movimiento de cercamiento” (Scott, 2009) o, en términos de Jaramillo y Cardona (2022), como un “cercamiento temporal”: Cerrejón pretende “restringir los futuros imaginables a aquellos que les favorezcan, produciendo la sensación de un porvenir gestionable e ineludible, en el que las actividades venideras se presentan como inevitables y deseables” (Jaramillo y Carmona, 2022, p. 11). Al hacerse fundamentalmente a través de instrumentos epistemológicos para reproducir la idea de que los procesos de rehabilitación están respaldados por datos técnicos y objetivos, sugiero entender este cercamiento como una captura ontoepistémica; es decir, el proceso de abstracción con el que la empresa convierte a los paisajes (pos)mineros en entidades manejables, comunicables y representables, para hacer presentes, legibles y cognoscibles ciertas relaciones, mientras que simultáneamente vuelve otras ausentes, ilegibles e impensables. Cerrejón proyecta una imagen controlada del presente y el futuro en la cual se reproduce la narrativa de que es posible mantener la extracción minera porque la empresa es capaz de reparar los efectos de la minería.

El chivo y el jaguar: fragilidad y reocupación en los paisajes (pos)mineros

“Si yo fuera médico, sería cirujano de trauma. Yo recibo pacientes con huesos rotos y logro que vuelvan a caminar. Tal vez nunca corran, pero al menos caminarán”. Estas fueron las palabras de Sebastián al describir la fragilidad de los paisajes (pos)mineros. Estos paisajes, explicó, no pueden soportar prácticas como la agricultura o la ganadería. Los árboles tienen dificultades para crecer en suelos pobres en nutrientes, el terreno sigue siendo propenso a la erosión y la fauna apenas está comenzando a regresar. Las actividades humanas ponen en riesgo esta recuperación. Los paisajes (pos)mineros están produciendo lo que los expertos llaman vida frágil frente a los humanos: una forma de vida que podría desaparecer si vuelve a encontrarse con las mismas prácticas humanas que antes sostenían a las poblaciones locales. Para los expertos, actividades locales como la ganadería, la agricultura y la caza alteran la materialidad del paisaje. Los paisajes (pos)mineros deben convertirse en reservas naturales sin presencia humana. En esta visión, excluir a las personas no es una pérdida, sino una condición necesaria para la restauración ecológica —un acto de cuidado hacia un entorno frágil—. De hecho, las condiciones materiales de fragilidad de estos paisajes se hacen incompatibles con la reproducción de las formas de vida locales. Lo que alguna vez fue expulsado por la minería —los medios de subsistencia, las prácticas, las ecologías— ahora se ve impedido de regresar bajo el pretexto de la protección ecológica. La fragilidad se convierte no solo en un descriptor de la condición ecológica, sino en una justificación para la exclusión continuada de las personas.

Una y otra vez escuché a varios expertos decir: “Los chivos y las vacas son los principales enemigos de la rehabilitación. Si traen chivos a estas áreas, que tanto nos ha costado recuperar, lo destruirían todo”. Otros añadían: “Si entregamos estas áreas a las comunidades, las van a destruir. La gente no está preparada para habitar zonas de rehabilitación, por eso deben designarse como zonas de conservación estricta”. Lo que emerge aquí no es solo una preocupación ecológica, sino una narrativa más amplia de incompatibilidad: una idea de que las formas de vida de las comunidades vecinas son fundamentalmente opuestas al paisaje (pos)minero y que, por lo tanto, deben ser modificadas o excluidas.

Sebastián situó al chivo —y, por extensión, a las prácticas pastoriles wayúu 3 — como el eje central de la degradación regional. Rastreó la presencia del animal hasta los frailes dominicos del siglo XIX y argumentó que su introducción transformó profundamente la vida social y cultural wayúu. “El chivo viene del Medio Oriente. Los dominicos los introdujeron para cristianizar a las comunidades locales, y eso transformó a los wayúu. Los que tenían ganado ganaban prestigio porque podían intercambiar bienes y personas”, dijo, y continuó: “Los indígenas ni siquiera los venden para alimentarse; es una forma de moneda. Los chivos se usan para distintos rituales. Sus hijos pueden estar muriéndose de hambre, y aun así no matan a los chivos”. Uno de los principales problemas que señaló fue que el cuidado de estos animales requiere un estilo de vida sedentario, lo cual, según él, ha contribuido al aumento de la población wayúu de 15 000 personas a principios del siglo XX a 350 000 en la actualidad: “Es una de las poblaciones con crecimiento más rápido en el mundo, con un 5.1 % anual”. El ecólogo equiparó las prácticas de las comunidades locales con la degradación y la destrucción y enmarcó así sus saberes como defectuosos o erróneos.

Para los expertos de Cerrejón, asegurar el futuro de los paisajes (pos)mineros requiere más que restaurar plantas y suelos: exige intervenciones en la vida cotidiana de las personas. El trabajo técnico de restaurar el botadero también es un proyecto moral y cultural destinado a “corregir” las prácticas cotidianas. La aspiración es evitar que los esfuerzos de la empresa sean deshechos, permitir que las comunidades eventualmente usen estas áreas sin dañarlas y permitir que la empresa continúe sus operaciones. Cambiar las prácticas locales se ve como una condición para crear escenarios futuros para los paisajes (pos)mineros de acuerdo con las visiones de los expertos: “No basta con rehabilitar la tierra; también necesitamos rehabilitar la cultura para que las comunidades no destruyan todo esto”.

Esta visión orientada al futuro de los sitios de rehabilitación está alineada con un pasado específico que sirve a los intereses de la empresa. En nuestra conversación, Sebastián destacó la importancia de educar a las comunidades sobre los valores culturales perdidos de las tradiciones indígenas basadas en el nomadismo y la veneración del jaguar. “En el pasado, el jaguar era el señor de las nieblas”, explicó. “Originalmente, la gente no veía al jaguar como un enemigo, sino como una deidad que caminaba día y noche, protegiendo ríos y bosques”. Para él, restaurar la presencia del jaguar mediante la reinstauración de su valor cultural permitiría que los paisajes (pos)mineros florecieran en el futuro. Según el pensamiento ecológico de los expertos, estos animales controlan las poblaciones de herbívoros cuando patrullan los ríos. Esto evita el consumo excesivo de agua y la contaminación por desechos animales, y fomenta una vegetación más densa a lo largo de las orillas de los ríos. “Nuestro deseo es regresar a un tiempo cuando el jaguar era venerado. Si tan solo pudiéramos recuperar las tradiciones indígenas y sacar al chivo del paisaje”. Este comentario refleja la visión de los expertos de un futuro que se aleja de la destrucción causada por el desarrollo moderno y se reconecta con un pasado inmaculado que apoyaría el desarrollo moderno respetuoso con el medio ambiente. Las prácticas locales introducidas por una mala modernidad (frailes y chivos) no son adecuadas para la fragilidad de los paisajes que se están rehabilitando. Para que estas sean exitosas, es necesario recuperar las prácticas ancestrales premodernas (según las cuales el jaguar era el guardián de las nieblas) para que la rehabilitación actual del paisaje tenga sentido (y, por lo tanto, sería necesario rehabilitar la cultura local).

Al alinearse con esta supuesta historia premoderna de biodiversidad, el futuro proyectado para los sitios de rehabilitación viene a costa de las formas de existencia de las poblaciones locales. Depende de la ausencia de ecologías consideradas depredadoras y requiere un esfuerzo concentrado para controlar y mejorar estas condiciones. Ignora las experiencias pasadas de violencia y de despojo vinculadas a la expansión minera, un tema que exploraré con más detalle al final de este artículo. Al considerar los conocimientos y las prácticas locales como elementos depredadores y necesitados de transformación, además de ignorar las experiencias pasadas, el tipo de paisajes (pos)mineros producidos por los conocimientos y prácticas científicas también puede pensarse como una forma de (re)ocupación territorial y temporal que sigue interrumpiendo los arreglos y las interdependencias existentes entre personas, animales y paisajes (Jaramillo y Cardona, 2022). De manera análoga a los procesos de desposesión y violencia propios de los procesos extractivistas, el paisaje (pos)minero impone un mundo que se ha otorgado a sí mismo el derecho de asimilar todo tipo de relaciones, al dividir lo humano de lo natural, lo técnico de la creencia (Moore, 2014; Law, 2015; Haraway, 2016; Tsing, 2015). Para lograrlo, vuelve dañinas las prácticas de los territorios que (re)ocupa y que pretende mejorar. El mantra del progreso continúa.

Sin embargo, los cercamientos temporales y/o procesos de ocupación a través de la producción de paisajes (pos)mineros en los términos cientificistas de la empresa no son totalizantes y absolutos. A pesar de hacer visibles, representables y materializar ciertas relaciones, los paisajes (pos)mineros son más que la versión de los expertos de la empresa, como lo muestro en la viñeta al inicio de este artículo. A continuación, exploro estas otras capas.

Más que conectividad ecológica

Pablo Tavares (2016) sostiene que la metodología de cobertura del suelo está condicionada por un esquema binario que clasifica la tierra como “una cosa o la otra”. Una interpretación del territorio puede ser bosque o área deforestada. Al aplicar distinciones entre bosques naturales y zonas deforestadas, esta metodología puede pasar por alto una amplia gama de formaciones boscosas. Las diferencias entre formaciones jóvenes y maduras son difíciles de detectar en imágenes a color, ya que los bosques secundarios tienden a volverse visualmente similares a los bosques primarios en pocos años. En nuestro caso, la metodología no solo pasa por alto las formaciones forestales en términos de estructuras morfológicas, también es incapaz de captar las experiencias vitales locales y encarnadas entre sembradores, árboles, animales y otros humanos y no-humanos. Las experiencias cotidianas entre sembradores, árboles, animales y suelos eluden los métodos científicos de evaluación, ya que también incluyen formas de habitabilidad presentes no reconocidas oficialmente, así como memorias de violencia y desplazamiento.

Una salvedad antes de seguir: los sembradores son también miembros de las comunidades, muchas de ellas afectadas por la expansión minera. Varios de ellos decidieron trabajar en el programa de rehabilitación de las tierras no tanto por recuperar la conectividad del paisaje, sino como una forma de resolver problemas económicos urgentes e inmediatos, y de obtener algunos recursos económicos en medio de las circunstancias de precariedad que se viven en la región.

Encuentro con los espinitos

Era el 20 de abril de 2022 cuando acompañé por primera vez un proceso de siembra de árboles. Un equipo de unas veinte personas estaba listo. Llegamos al botadero La Estrella y los coordinadores dividieron a los sembradores en tres equipos. Cada equipo estaba conformado por un machetero, encargado de limpiar la maleza según fuera necesario; un cavador, encargado de abrir los huecos en el suelo; un sembrador, que colocaba los árboles en los huecos; y un canastero, que cargaba los veinticuatro árboles en canastos. Ese día, mi tarea era recibir los árboles y sembrarlos: yo era sembrador.

El trabajo se sentía monótono y laborioso, bajo un sol intenso y un calor que rondaba los 35 grados Celsius. El área del botadero La Estrella ya había sido poblada espontáneamente por trupillos, aromos y pata de cabra —los llamados espinitos—. Estos árboles habían logrado crecer sin intervención humana, a pesar de la escasez de agua y la baja calidad del suelo que caracterizan a los botaderos. Eran de las pocas especies capaces de captar nutrientes del material estéril. Mis compañeros de ese día no se sorprendieron por la presencia de esos árboles en los botaderos rehabilitados. Uno comentó que los espinitos generaban de manera incontrolable una abundancia de semillas que los animales ayudaban a dispersar: “Las condiciones del suelo y el clima enseñaron a estas plantas a sobrevivir, y ahora ni siquiera se pueden controlar”. La mayor parte de la vegetación naciente en estos sitios estaba compuesta por árboles que crecían sin ayuda de las actividades de restauración. Las condiciones del suelo, con escasa materia orgánica, y la falta de agua favorecían el crecimiento casi exclusivo de árboles espinosos, haciendo que su presencia fuera ubicua.

Mientras caminábamos y compartíamos, los sembradores me hablaron sobre las dificultades que enfrentan los árboles nativos para sobrevivir en medio de los espinitos. Estos árboles espinosos eran competidores agresivos, prosperaban en aislamiento y resistían la presencia de otras especies. Consumían los pocos nutrientes disponibles que dejaban a los árboles más jóvenes y frágiles en desventaja. Los botaderos convertidos en paisajes (pos)mineros habían generado condiciones particularmente favorables para los espinitos, creando un paisaje más homogéneo en términos de diversidad arbórea. Algunos incluso comparaban estos paisajes con las plantaciones de palma de aceite en el sur de La Guajira: “Lo que crece aquí (y allá) no es tan diverso como lo que uno encuentra en el bosque. La calidad del suelo solo permite que unas pocas especies, como los árboles espinosos, crezcan con facilidad”.

Las vacas y los chivos son malos y también son buenos

La presencia ubicua de los árboles espinosos, junto con el pasto búffel que siembra la empresa, también atraía a otros actores inesperados que complicaban el proceso de siembra. Juan, un sembrador y habitante de una de las veredas cercanas, me mostró lo que él llamaba las minas de los botaderos. No se refería a explosivos de guerra, sino al excremento dejado por vacas y chivos. Para los sembradores, esto no solo marcaba la presencia pasada de estos animales, sino también su probable regreso. Vacas y chivos hacían sentir su presencia incluso en su ausencia, a través de sus rastros. Señalando estos trazos, Juan explicó que los animales transitaban por los botaderos, consumiendo el pasto destinado a estabilizar el suelo y alimentándose del fruto de los árboles espinosos. Mientras deambulaban, compactaban el suelo y aplastaban los árboles jóvenes con sus pasos.

Los sembradores expresaban con frecuencia su frustración ante las constantes incursiones de estos animales en zonas vulnerables a su presencia. “Cuando el ganado se come el pasto que sembramos, el suelo queda expuesto, y así es más fácil que el agua se lo lleve, causando erosión”, explicó Juan. La erosión es una preocupación importante para los trabajadores en varios niveles: puede generar problemas con las autoridades ambientales y afectar sus propias vidas como residentes en las cercanías de la mina, debido a la posible contaminación. “Atraídas por el fruto dulce de los trupillos, los chivos también pisan muchos de estos árboles que apenas están sobreviviendo en estas condiciones tan duras”, agregó. En esas jornadas de siembra confirmé lo que Sebastián me había dicho anteriormente: que los principales adversarios en siembra de árboles eran las vacas y chivos que las comunidades dejaban pastar en estas zonas frágiles.

Sin embargo, para Juan —no como sembrador que trabaja para la mina, sino como residente local de Los Remedios que recuerda su pasado e imagina su futuro— las vacas y chivos representaban un futuro deseado. Después de que el botadero ausentara las tierras de su familia, estos animales eran uno de los pocos vínculos que quedaban con formas de sustento que se habían vuelto cada vez más precarias. Las fuertes sequías de los últimos años habían diezmado los pastizales alrededor de la mina, lo que llevó a los habitantes a utilizar las zonas rehabilitadas para alimentar a sus animales. Para Juan, guiar el ganado hacia estas zonas tenía sentido: había abundante pasto y arbustos que servían de alimento para los chivos. Enfatizaba que, debido a los cambios significativos en los patrones de lluvia y al aumento de las sequías en los últimos años, los pastos en sus tierras se habían reducido o incluso desaparecido y que las áreas rehabilitadas se habían convertido en oportunidades potenciales para los medios de vida futuros: ofrecían una forma de adaptarse a las condiciones presentes.

Juan argumentaba que estas áreas no eran del todo aprovechables debido a la ausencia de agua, ya que estaban compuestas por grandes acumulaciones de rocas y la inestabilidad del terreno las hacía inhabitables. “Aquí no se puede construir una casa porque el botadero la tumba”, decía Juan. Los botaderos tampoco les permiten retomar sus formas de vida anteriores, basadas en la agricultura, la pesca y la caza. No obstante, el tipo de árboles presentes en las zonas en rehabilitación sí les permitía pastorear sus chivos y vacas. Los sitios rehabilitados ofrecían algo —por lo menos— frente a la pérdida. En consecuencia, a pesar de estar prohibido, las comunidades vecinas recurrían a las áreas rehabilitadas como fuente de alimento para sus animales y, por extensión, como fuente de vida para ellos. Así, aunque sentían que el pasto y los árboles atraían a vacas y chivos que destruían sus esfuerzos de siembra y ponían en riesgo su trabajo como sembradores, también reconocían que esos pastos y árboles eran nutritivos y beneficiaban a sus animales.

Las heces de vaca y de chivo que observábamos eran también las huellas de las formas en que los sembradores sobreviven a la expansión de la mina y a la presencia de los botaderos. Las prácticas de las personas anteriores a la minería persisten como memoria, acechan la producción de los paisajes (pos)mineros y dificultan los procesos de rehabilitación del suelo. Al mismo tiempo, estas prácticas deslinealizan y complican las narrativas de rehabilitación basadas en el binarismo “destrucción vs. reparación”: la lenta recuperación de los suelos, dominados por especies como el pasto búffel y los árboles espinosos, se convierte paradójicamente en un desencadenante de su propia degradación potencial, al atraer animales considerados indeseables para la rehabilitación de estas zonas frágiles. La rehabilitación del suelo es un proceso acechado por las relaciones a través de las cuales personas, vacas y chivos han convivido antes y durante la presencia de la mina.

Así, los espinitos son múltiples entidades: incluyen y exceden sus dimensiones biológicas y legales. Son indicadores importantes que permiten a los expertos evaluar el avance de la restauración del suelo así como fuentes de problemas, proveedores de alimento y, en ciertos contextos, soluciones. Las formas en que los sembradores habitan los paisajes (pos)mineros nos enseñan que la visión de recuperación de la empresa no es la única. Estos paisajes son, más acertadamente, productos de un “diseño no intencional” (Tsing, 2015). En la siguiente sección, mostraré cómo los árboles y las plantas se convierten en formas de borramiento de las huellas materiales de la destrucción, que no resuelven los fantasmas que dejan las heridas de la extracción, sino, más bien, los intensifica.

Heridas mineras vs. conectividad ecológica

Después de dos semanas de siembra, Juan nos invitó a mí y a un grupo de colegas a visitar su pueblo natal, Los Remedios, en la parte norte del complejo minero. La idea era ver unas cuevas en las montañas cercanas. Nuestro grupo estaba compuesto por seis personas, todas trabajaban en el departamento ambiental de Cerrejón. Cuando llegamos a la zona y nos preparábamos para la caminata, Silvia comentó que no tenía señal en su teléfono móvil. Revisé mi teléfono y encontré lo mismo, sin señal. Esto rápidamente se convirtió en una preocupación. Nos habían advertido que Los Remedios era una zona donde había presencia de guerrilla y la falta de caminos adecuados la hacía menos accesible y potencialmente riesgosa. Impacientándose, Mafe repitió que aún no tenía señal en su celular. Esta vez, Juan respondió: “Aquí solo hay Movistar. Desde que ese botadero creció, la señal de Claro desapareció. Todos usábamos Claro antes, pero tuvimos que cambiar a Movistar, gracias a que instalaron una torre allá arriba”. Juan señaló dos áreas de rehabilitación cercanas a su pueblo: La Estrella y Potrerito. La primera era el lugar donde habíamos estado sembrando durante las últimas semanas.

Mientras caminábamos hacia las cuevas, le pregunté a Juan si estábamos seguros en la zona. Él respondió con calma: “Ese no es nuestro mayor problema. Tampoco lo es la falta de conexión a internet y señal de celular”. El verdadero problema, explicó, era cómo los paisajes (pos)mineros los estaban aislando de otros pueblos: “El único camino que nos conecta con Albania es uno que pertenece a la empresa. Y los que nos conectaban con Tabaco, Roche y Chancleta ya no existen”. La expansión de La Puente y Tabaco y sus dos botaderos convertidos en paisajes (pos)mineros borraron los caminos que antes conectaban Los Remedios con sus comunidades vecinas. Hoy, el acceso al pueblo depende por completo de una vieja carretera propiedad de la empresa.

“Los Remedios solía ser un pueblo vivo”, recordó Juan, un pueblo lleno de vida donde la gente criaba ganado, cultivaba alimentos e intercambiaba libremente con pueblos de Colombia y Venezuela. Se celebraban diferentes festividades y el dinero circulaba sin restricciones. “Muchos de nosotros solíamos tener nuestro ganado en las zonas bajas de aquí”, explicó Juan, “y durante las sequías, podíamos moverlos a las zonas más altas de las montañas. Pero los botaderos alteraron las rutas de los caminos que antes conectaban todas esas fincas”. Con la desaparición de pueblos vecinos como Tabaco y Chancleta, se cortaron líneas vitales de intercambio, cuidado y supervivencia. Los Remedios y estos pueblos cercanos solían tener un flujo constante de intercambios de productos y relaciones a través de los cuales la gente sobrevivía. Sin ellos, las vidas de las personas cambiaron significativamente. “Los Remedios ahora es un pueblo muerto comparado con lo que solía ser”, dijo Juan. Continuó:

La presencia de esos botaderos nos ha desconectado de los pueblos con los que solíamos intercambiar nuestros productos y ganado. Han transformado nuestra forma de vida, que estaba basada en la agricultura y la ganadería, y nos han obligado a trabajar para la mina.

Así, los locales se vieron finalmente obligados a buscar nuevas oportunidades económicas y la compañía minera era la única opción viable para sobrevivir.

La pérdida de conexión obligó a los residentes a depender de nuevas fuentes económicas, a menudo trabajando para la misma empresa responsable de su desposesión. Al experimentar la expansión de la mina, muchas personas vendieron sus fincas y compraron o arrendaron casas más pequeñas en otros pueblos como Albania, una localidad mayormente poblada por trabajadores de la mina. Las tierras fueron abandonadas mientras las personas eran desplazadas. Para otros, esto significó quedarse en Los Remedios, pero quedarse en un lugar que ya no sustentaba su forma de vida. En ambos casos, la gente sufría el desplazamiento. Recordemos que Rob Nixon argumenta que, en lugar de referirse únicamente al movimiento de personas desde sus lugares de pertenencia, “[el desplazamiento] se refiere más bien a la pérdida de la tierra y los recursos que se encuentran en ellas, una pérdida que deja a las comunidades varadas en un lugar despojado de las mismas características que lo hacían habitable” (2011, p. 19).

Lo que comenzó como una historia de desconexión de señal de celular terminó por ser una historia de desplazamiento que se desencadenó al señalar los llamados paisajes (pos)mineros. Lo que para los expertos era una especie de conectividad ecológica, para los sembradores-locales como Juan también era la continuación de la fragmentación, la desconexión y el desplazamiento provocados por el abandono forzado de sus formas de vida. Comprendí que, a pesar del crecimiento de la vida que estos bosques fomentan, los paisajes (pos)mineros también tienen una relación perjudicial con personas como Juan: han crecido a partir de momentos de violencia y desplazamiento.

El testimonio de Juan habla sobre el poder de las vidas ausentes para alterar la experiencia de estar en el tiempo y espacio (por ejemplo, Gordon, 2008; Navaro, 2012; Barad, 2017; Gordillo, 2014). Los académicos que trabajan en la interfaz de las teorías no representacionales y STS leen el regreso de los pasados a través de los conceptos de fantasma y aparecimiento. En su obra GhostlyMatters, Avery Gordon (2008) argumenta que la aparición de los fantasmas y sus presencias inquietantes informa que aquello que ha sido borrado o desaparecido está muy presente y vivo. El poder de los fantasmas de rondar es una fuerza vibrante en la que un evento no resuelto, o violento, se hace conocer, a veces de manera muy directa, a veces más indirecta. El fantasma es una figura social activa en lugar de una simple persona desaparecida o muerta. Según las palabras de Gordon:

Si el aparecimiento describe cómo aquello que parece no estar ahí es a menudo una presencia palpitante, actuando sobre y a menudo interfiriendo con las realidades dadas por sentadas, el fantasma es el signo que nos dice que un aparecimiento está teniendo lugar. El fantasma no es simplemente una persona muerta o desaparecida, sino una figura social. (2008, p. 8; traducción propia)

Y justo esta figura social da forma a la vida cotidiana de las personas.

La transformación de la vida en Los Remedios debido a la expansión de los botaderos habla de otro tipo de fantasmas. Más allá de la asociación con personas muertas o desaparecidas, cuyos fantasmas permanecen activamente como figuras sociales presentes, Los Remedios como pueblo muerto es un fantasma que hace presentes los entrelazamientos vitales de humanos y más-que-humanos que han desaparecido, pero habitan la materialidad de espacios y territorios (Tsing et al., 2017; Barad, 2017; Mathews, 2017; Navaro, 2012). En este caso, los fantasmas expresan el afecto de la violencia inscrita en las materialidades dejadas atrás y en las relaciones interrumpidas que continúan presentes en las personas que esas relaciones formaron. Ese día, Juan me dijo que Los Remedios era “un pueblo fantasma”, “que no puede verse como antes, sino solo sentirse a través de la tristeza y la ira”. Los Remedios, como un fantasma, es la tristeza y la ira encarnadas, generadas por lo que no es ni una ausencia ni una presencia material, pero que ejerce presión sobre las personas.

Paisajes (pos)mineros como una doble borradura

Quedaban solo unos pocos árboles por plantar. La tarde estaba terminando. Mientras Juvenal colocaba el último árbol en nuestra caja, dijo:

La tierra tiene memoria. Los cementerios que fueron removidos cuando construyeron la mina alimentaban la tierra con nuestros ancestros. Cerrejón mató la memoria de la tierra. Ahora Cerrejón está tratando de sembrar nuevos árboles, pero esos árboles ya no tienen memoria. Antes, uno sentía la energía de los árboles que hacían que lloviera cuando uno gritaba. Las sirenas y los guardianes del bosque se han ido, ya no se les ve. […] Lo que queda es una tierra vacía, sin espíritu, sin memoria. El sembrador de los bosques se fue, ya no está, ya no se le ve. Lo que siembra el hombre no puede ser igual a lo que sembraban los espíritus. ¿Se podrá cazar? ¿Los árboles traerán la lluvia? Es triste que estos nuevos paisajes no estén resolviendo lo que perdimos y que, de hecho, lo que estamos haciendo es ocultarlo.

La declaración de Juvenal contiene elementos para prestar atención. Cuando los árboles fueron talados y los territorios devastados durante la expansión de la mina para extraer carbón, también fueron arrancadas memorias, ideas, sensaciones, pensamientos e impulsos emocionales. Al igual que Juan anteriormente, Juvenal también siente que la creación de paisajes (pos)mineros despierta memorias de desplazamiento, violencia y abandono. Durante mi trabajo de campo, escuché en varias ocasiones a trabajadores locales referirse a lo que habían perdido al interactuar con los paisajes (pos)mineros: lejos de resolver o sanar los pasados violentos vividos por los sembradores locales, estos paisajes reavivan las memorias y afectos de tristeza, dolor y rabia asociados con los paisajes que fueron destruidos. El proceso de rehabilitación de la tierra hace que esas experiencias estén aún más presentes en la vida de las personas.

Sin embargo, estos nuevos paisajes hacen más que evocar la memoria, también generan nuevos afectos y sensaciones. Uno de ellos era un sentimiento persistente de impotencia: una sensación de que la rehabilitación no permite una verdadera sanación. En nuestra conversación, Juvenal planteó preguntas como: “¿Cómo pueden estos paisajes rehabilitados restablecer el agua que teníamos? ¿Cómo puede la siembra de árboles recuperar las relaciones que solíamos tener con la gente de los pueblos vecinos que ya no existen?”. De inmediato, complementó: “Rehabilitar sin sanar, duele”. Mientras recogíamos las herramientas para llevarlas a los camiones, Juvenal explicó que la desaparición de los cementerios había envolatado —extraviado— las almas de sus ancestros. Sin un lugar donde descansar antes de emprender su viaje hacia Jepirra (el lugar sagrado de descanso para las almas wayúu), esos espíritus ahora vagaban. Esta situación tenía dos efectos. Primero, al no tener un lugar donde descansar, las almas buscan nuevos refugios y los han encontrado en los pueblos cercanos a la mina. Según Juvenal, esto ha provocado un aumento de enfermedades entre la gente. Además de la contaminación causada por la mina y los botaderos, Juvenal explicó que la presencia errante de estas almas también afectaba la salud de las comunidades.

Además, el desplazamiento de las almas ha interrumpido la capacidad de las soñadoras para comunicarse con sus ancestros. Los sueños son momentos cruciales en los que los vivos y los muertos se conectan porque son los muertos quienes guían a los líderes comunitarios en la construcción de su destino. Sin estos sueños, el futuro se vuelve incierto. Juvenal lamentó que estos aspectos no fueran considerados en el trabajo de restauración de la empresa. Eso me llevó a pensar que las prácticas de siembra de Cerrejón imponen una forma dolorosa de reparación, ya que el trabajo de ecoingeniería por sí solo es incapaz de sanar las heridas de la minería. Teóricamente, podríamos argumentar que sembrar árboles borra las huellas materiales de la extracción y así mismo exacerba muchas presencias fantasmales que la empresa ni siquiera reconoce.

Anclado en el pasado, el acto de sembrar árboles reabre heridas pasadas y hace que el pasado resurja de manera encubierta. Juvenal dijo:

Estoy aquí sembrando árboles, creando estos nuevos paisajes de los que la empresa se beneficia. Estamos creando estos espacios verdes desde donde la empresa puede decir que no hubo destrucción. Estamos maquillando lo que hizo la empresa, ocultando las historias de violencia y desplazamiento sin sanarlas.

Incapaz de resolver las violencias del pasado, la siembra de árboles se convierte en una fuente de impotencia y complicidad —un acto profundamente ambivalente en el que la reparación encubre el borramiento—. Para sembradores como Juvenal, la restauración no solo no atiende las heridas del pasado, las profundiza.

Al sembrar árboles, los sembradores sentían que estaban contribuyendo al borramiento de las heridas del pasado y perpetuando la decadencia continua de sus formas de vida. A partir de sus reflexiones, sostengo que las prácticas de rehabilitación corporativa conducen a un doble proceso de transformación negativa que he denominado el doble borramiento de la restauración. Primero, la extracción de carbón genera el desplazamiento de las personas de sus territorios; segundo, la manifestación de presencias más-que-humanas a través de la rehabilitación (árboles, animales y suelos) afecta negativamente a las comunidades locales. A diferencia de los expertos y algunos de sus colegas, quienes tienden a ver los árboles plantados y las plantas que crecen espontáneamente como fuentes de esperanza, este florecimiento vegetal es descrito por algunas personas como la continuación del desplazamiento, es decir, una fuerza tangible y activa que afecta negativamente la vida de las personas (Stoler, 2013). En sus propias palabras: “La rehabilitación puede terminar arruinándonos”. Para ellos, si la extracción de carbón inició el proceso de socavamiento de los medios de vida de la gente, los paisajes posmineros lo completarán y, al mismo tiempo, serán presentados públicamente como una recuperación exitosa del lugar arruinado.

Conclusión

La narrativa dominante de restauración ecológica de Cerrejón enmarca los paisajes (pos)mineros como signos esperanzadores de reparación. A través de métricas de conectividad ecológica y recuperación vegetal, biólogos, ecólogos y sembradores coinciden en que la rehabilitación de tierras está reconstruyendo las relaciones entre plantas, animales y suelos. Sin embargo, estos paisajes están lejos de ser singulares e inequívocos, pues emergen a través de prácticas estratificadas, imaginarios en disputa y afectos desiguales. Son más que una cuestión de conectividad biológica. Dependiendo de cómo se relacionan las personas y los distintos elementos mediante los cuales se materializan los paisajes (pos)mineros, estos son simultáneamente fuentes de esperanza, medios para borrar violencias pasadas, posibilidades para habilitar futuros y fuerzas que reconfiguran los pasados —todas estas dimensiones actúan en consonancia, aunque frecuentemente lo hacen en tensión entre sí—.

La producción de conectividad ecológica imagina un futuro deseable en el que las prácticas cotidianas de las comunidades locales resultan indeseables. Su persistencia amenazaría el éxito de la rehabilitación y, por lo tanto, debe ser modificada. Al mismo tiempo, las condiciones materiales de los paisajes posmineros atraen especies inesperadas de árboles y animales. Esto, por un lado, complica las tareas de rehabilitación y, por el otro lado, genera formas de vida que no son bien valoradas por los expertos. Finalmente, para algunos sembradores, en lugar de ofrecer sanación, la revegetación genera lo que Mauricio y otros describieron como impotencia: una sensación de estar obligados a participar en el encubrimiento de su propia desposesión. La promesa de una vitalidad futura y de una renovación ambiental puede, simultáneamente, producir una forma de borramiento temporal que elimina historias locales e intensifica el sentido del agravio. Lo que para algunos es restauración, para otros es ruinización.

Estas observaciones etnográficas muestran que la restauración no es la ausencia de destrucción ni la destrucción es lo opuesto a la restauración. Los paisajes (pos)mineros incluyen la posibilidad de destrucción y también incluyen la posibilidad de vida. Por vida no me refiero a la narrativa oficial de Cerrejón sobre la recuperación de la tierra como un fin sin destrucción, sino, más bien, a las formas de vida inesperadas que emergen con y a través de la destrucción —como las actividades ganaderas que tienen lugar en los nuevos paisajes—. Así, al centrar las perspectivas de los actores locales y cuestionar la suposición de que rehabilitación equivale a reparación, este artículo propone una comprensión más compleja del entrelazamiento entre destrucción y restauración. Apunta hacia una comprensión más política y afectivamente situada de la transformación del paisaje en zonas extractivas sin caer en reduccionismos en la forma como empresas extractivas (des)ocupan los territorios.

Llegué a Cerrejón con la expectativa de encontrar polución y comunidades obliteradas. Si bien es cierto que encontré esto, también encontré muchos matices en los que miembros de las comunidades que también eran parte de la empresa hacían usos y habitaban los paisajes (pos)mineros de maneras inesperadas. Había daño, por supuesto. Reparación en los términos de la empresa, también. Sin embargo, había vidas emergiendo que no se ven, así como también vidas que arruinan otras formas de existencia. Hay vida dentro de la extracción y destrucción en la reparación. Esto me llevó a estar cada vez más en desacuerdo con buena parte de la literatura de las ciencias sociales sobre las industrias extractivas, especialmente en América Latina. Mas allá de las nociones críticas de la ecología política sobre el extractivismo, que conciben la minería como el origen de una serie de patologías sociales, económicas y ambientales, los paisajes (pos)mineros provocaban disrupción como emergencia de vida. La destrucción estaba ahí, pero acompañada de inesperados desarrollos vitales. En algunas ocasiones, incluso, estos apuntan hacia futuros tentativamente esperanzadores y en otros casos no tanto. En este artículo, me adentré en algunas de las contradicciones en la producción de los paisajes (pos)mineros para explorar la posibilidad de pensar la extracción y la reparación ecológica de manera diferente. Inspirándome en múltiples aportes de las humanidades ambientales y los estudios de ciencia y tecnología, propuse permanecer con el problema de los paisajes (pos)mineros (Haraway, 2016). Permanecer con el problema de estos paisajes supone, necesariamente, aprender a mirarlos de manera diferente y otorgarles un lugar analítico y ético-político (Ureta y Flores, 2022).

Origen de esta investigación

El artículo es resultado de mi disertación de doctorado titulada Partial Rehabilitations: Corporate Terraforming within/after Coal Extraction.

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Notas

* Artículo de investigación

1 Desde una perspectiva político-ecológico feminista, Marlene Elias et al. (2021) plantean que la restauración ecológica de paisajes degradados requiere abordar no solo las características biofísicas, sino también las dimensiones sociales y políticas de la restauración.

2 Primera consideración que el lector debe tener en cuenta: los árboles no son meros objetos materiales sobre los cuales actúan científicos y sembradores, son entidades relacionales. Siguiendo a Deleuze y Guattari, Hannah Stark (2015) sostiene que “las plantas tienen la capacidad de formar un ensamblaje rizomático con el suelo, los nutrientes, el viento, el agua y el clima que constituyen su entorno” (Stark, 2015, p. 185). Sin embargo, su presencia también incorpora otras dinámicas de poder (no locales), como el sistema político-económico que dio origen a la extracción de fósiles de carbono, la empresa que posee el área, los reguladores legales que ejercen control sobre sus prácticas, las técnicas y saberes que procesaron la semilla y las personas que las plantaron.

3 Los wayúu son el pueblo indígena más numeroso de Colombia, ubicado en la península de La Guajira, entre Colombia y Venezuela. Se organizan en clanes matrilineales, hablan wayuunaiki y tradicionalmente se dedican al pastoreo de chivos, la pesca y el comercio.

Notas de autor

a Autor de correspondencia. Correo electrónico: ivane28@gmail.com

Información adicional

Cómo citar: Montenegro Perini, I. E. (2026). Paisajes (pos)mineros: vida y destrucción en la rehabilitación de tierras de Cerrejón. Universitas Humanística, 95. https://doi.org/10.11144/Javeriana.UH95.ppvd

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