Impacto de las Experiencias Adversas en la Infancia: Salud física y mental, y violencia de género*

Impact of Adverse Childhood Experiences: Physical and Mental Health, and Intimate Partner Violence

Cintia Tiano-Marano , Lidón Villanueva

Impacto de las Experiencias Adversas en la Infancia: Salud física y mental, y violencia de género*

Universitas Psychologica, vol. 25, 2026

Pontificia Universidad Javeriana

Cintia Tiano-Marano a

Universitat Jaume I, España


Lidón Villanueva

Universitat Jaume I, España


Recibido: 17 febrero 2026

Aceptado: 06 mayo 2026

Resumen: Las experiencias adversas en la infancia se vinculan con efectos negativos duraderos en la salud física y mental. Uno de estos efectos es precisamente, la probabilidad de un mayor riesgo de victimización en la edad adulta, especialmente en contextos de violencia de género. Este estudio analiza la relación entre estas experiencias y la sintomatología asociada a la salud mental (ansiedad, depresión y estrés), y manifestaciones somáticas, en mujeres víctimas de violencia de género en España. Las participantes fueron 92 mujeres con un rango de edad entre los 18 - 71 años (M = 41.26, DT = 10.83), incluidas en un programa para mujeres víctimas de violencia de género y/o en riesgo de exclusión social. Se utilizaron los siguientes instrumentos: Experiencias Adversas en la Infancia, Listado de Quejas Somáticas y Escala de Depresión, Ansiedad y Estrés. Los resultados revelaron que las experiencias adversas infantiles se asociaban de manera más consistente con indicadores de salud mental (depresión, ansiedad y estrés, problemas psicológicos, etc.), pero no con variables de salud física (quejas somáticas). Se subraya la necesidad de integrar las experiencias adversas infantiles en las evaluaciones de salud mental y violencia de género, además de la incorporación de un enfoque basado en el trauma en las intervenciones.

Palabras clave:Experiencias adversas en la infancia, violencia de género, salud mental, salud física.

Abstract: Adverse childhood experiences are linked to lasting negative effects on physical and mental health. One of these effects is precisely the likelihood of a higher risk of victimization in adulthood, especially in contexts of intimate partner violence (IPV). This study examines the association between these experiences and mental health symptoms (anxiety, depression, and stress), as well as somatic manifestations, in women suffering IPV in Spain. Participants were 92 women aged between 18 and 71 years (M = 41.26, SD = 10.83), included in a program for women victims of gender-based violence and/or at risk of social exclusion. The instruments used were the Adverse Childhood Experiences questionnaire, the Somatic Complaints List, and the Depression, Anxiety, and Stress Scale. Results revealed that adverse childhood experiences were more consistently associated with mental health indicators (depression, anxiety, stress, psychological problems, etc.) but not with physical health variables (somatic complaints). The need to integrate adverse childhood experiences into mental health and IPV assessments is emphasized, along with the incorporation of a trauma-informed approach in interventions.

Keywords: Adverse childhood experiences, intimate partner violence, mental health, physical health.

Las Experiencias Adversas en la Infancia, en inglés, Adverse Childhood Experiences (ACEs), son eventos estresantes y/o potencialmente traumáticos que incluyen diferentes tipos de maltrato infantil: abuso y negligencia física, sexual y emocional, presenciar violencia de género por parte de los padres, etc. (Felitti et al., 1998). Estudios recientes en Estados Unidos indican que hasta 600 000 niños/as son identificados cada año como víctimas de maltrato infantil, y uno de cada cinco (17. 3 %) es testigo de violencia de género por parte de sus padres a lo largo de su vida (Guastaferro & Shipe, 2024; Rebbe et al., 2025). En muestras españolas, un 83 % informó haber sufrido al menos un tipo de victimización en su vida, siendo el abuso entre iguales (45 %) y el abuso físico (31 %), los más prevalentes (Bartolomé-Valenzuela et al., 2024).

Los acontecimientos adversos en la infancia y sus efectos resultan ser un importante problema para la salud pública (Bartolomé-Valenzuela et al., 2024; Madigan et al., 2025). De hecho, se menciona que estas experiencias pueden obstaculizar funciones cerebrales que se ocupan de regular el estado de ánimo, las respuestas emocionales y el miedo, es decir, se perjudica la salud mental, y se potencia el riesgo de padecer depresión y ansiedad a lo largo de la vida (Coughlan et al., 2026; Roddy, 2026). Además, las personas que relatan ACEs tienen mayor implicación en conductas de riesgo para la salud, peor calidad y satisfacción en la vida, mayor morbilidad y mortalidad prematura por enfermedad o suicidio (Anda et al., 2020; Brugiavini et al., 2023). Por ello, el número de ACEs es un factor muy influyente en la predicción de resultados adversos para la salud mental, y los pocos estudios que han analizado esta asociación en muestras españolas han encontrado consecuencias psicológicas negativas a largo plazo entre aquellos que habían experimentado ACEs (Bartolomé-Valenzuela et al., 2024; Gomis-Pomares & Villanueva, 2020; Kaminer et al., 2023). De hecho, los vínculos que se establecen en la infancia influyen en la psicopatología, el consumo de alcohol y las relaciones interpersonales que se establecerán en la vida adulta (Campos-Arregui et al., 2023).

Entre la amplia gama de resultados negativos ligados a la exposición infantil a ACEs, se encuentra la violencia de género (Fanslow et al., 2021; Jiang et al., 2025). Las víctimas de violencia de género tienen más probabilidades de tener graves experiencias adversas en la niñez (Zhu et al., 2024). Por ejemplo, se ha encontrado que el 85 % de mujeres víctimas de violencia de género presentaban al menos una ACE (Li et al., 2020). Posteriores estudios han hallado que los participantes con al menos una ACE presentaban un incremento del riesgo de sufrir violencia de genero del 215.5 %, comparado con participantes que no habían sufrido esta ACE (Tian et al., 2024).

Basándose en principios de la teoría del aprendizaje social (Bandura, 1977), la exposición infantil a actos violentos se ha relacionado con la transmisión intergeneracional de violencia a través de la imitación o tolerancia de actos similares en la edad adulta. Por lo tanto, menores que han sufrido ACEs presentarían más probabilidad de sufrir violencia de género en la vida adulta debido al fomento de una menor autoestima en la relación con los demás y de creencias desadaptativas sobre las relaciones, que menores que no las han sufrido (Fanslow et al., 2021).

Por su parte, a día de hoy se conocen en profundidad las secuelas que la violencia de género provoca en la salud física (Montoya & Galindo, 2025), y se destaca que estas mujeres presentan más enfermedades asociadas con el miedo y el estrés crónico, como trastornos gastrointestinales funcionales, infecciones virales, problemas cardíacos, mayor frecuencia de insomnio, disfunciones sexuales, etc. (Alonso, 2004; Ballesteros-Cárdenas et al., 2023). No parece haber consenso sobre los tipos de problemas de salud que deben investigarse, debido a la variedad de posibles respuestas al trauma (Spencer et al., 2023). Esta variabilidad sugiere que el impacto físico de la violencia depende tanto del tipo de indicador analizado como de factores contextuales y metodológicos (Stein et al., 2025; Uvelli et al., 2024). Esta investigación pretende aportar esclarecimiento de los síntomas físicos asociados a la violencia de género.

Los problemas mentales también tienen un alto grado de investigación en mujeres víctimas de violencia de género: trastorno por estrés postraumático, ansiedad, depresión, mayor riesgo de suicidio (hasta 4 veces más frecuente que en las mujeres que no lo sufren), etc. (Lortkipanidze et al., 2025; Saquinaula-Salgado et al., 2020). Y estos mismos estudios refieren que las víctimas valoran las consecuencias psicológicas de la violencia de género como más graves que las físicas (Alonso, 2004). De hecho, mientras los problemas de salud mental ofrecen una mayor consistencia como resultados de la violencia de género, los problemas de salud física ofrecen resultados contradictorios, con algunos estudios que no encuentran asociación entre la violencia de género y la salud física (Chen et al., 2009), o el uso de medicación para el dolor (Yoshihama et al., 2009). Asimismo, los síntomas físicos en mujeres con violencia de género suelen disminuir o incluso remitir cuando desaparece esta relación de violencia (Gerber et al., 2008). Esto coincide con investigaciones en donde se ha encontrado que el efecto estimado para problemas de salud física de las ACEs es menor, en comparación con las consecuencias psicológicas, es decir, existen asociaciones débiles para la salud física y más fuertes para la salud mental (Hughes et al., 2017; Kim & Royle, 2024). Asimismo, se asevera que el impacto de las ACEs para la salud mental puede derivar en afecciones más a largo plazo a través de mecanismos subyacentes (Seon et al., 2022).

Lo cierto es que, tanto las ACEs como la violencia de género se asocian con un riesgo elevado de que una mujer sufra problemas de salud mental, ya sea depresión o trastorno por estrés postraumático (Herzog & Shmahl, 2018; Lagdon et al., 2014). Estudios en poblaciones clínicas (Nicolaidis et al., 2004; Thompson et al., 2005) refieren que las personas expuestas tanto a experiencias adversas en la infancia como a la violencia de género tienen un mayor riesgo de desarrollar síntomas depresivos que las personas que experimentaron ambas condiciones por separado. Estos dos factores pueden tener un efecto sinérgico en el desarrollo de síntomas depresivos, y las consecuencias en la salud psíquica son mucho más graves (Pérez, 2015). Diferentes estudios han indicado que las mujeres que sufrieron abuso sexual infantil tenían el doble de probabilidades de verse envueltas en relaciones violentas que las mujeres que no lo sufrieron, y de padecer problemas de salud mental (Speizer et al., 2008). Asimismo, mujeres víctimas de violencia de género que también tenían antecedentes de trauma infantil mostraban puntuaciones de depresión constantes a lo largo del tiempo, incluso después de que la relación hubiera terminado (Pérez, 2015).

Sin embargo, y a pesar de estos datos, diversos estudios coinciden en que las tasas de detección de exposiciones a ACEs, violencia de género y síntomas de salud mental en entornos clínicos, tienden a ser bajas (Boinville, 2013; Sánchez et al., 2017). Asimismo, la mayoría de estudios sobre estos temas se han realizado con participantes de habla inglesa (Cronholm et al., 2015; Güler et al., 2023), y no en culturas predominantemente colectivistas como la del presente estudio, en donde la revelación de la violencia de género, el papel de la familia o el honor presentan unos matices muy sobresalientes, frente a culturas individualistas (Mallory et al., 2016; Rajkumar, 2023). Es por tanto relevante adoptar un enfoque de análisis de las variables de estudio que sea sensible al contexto cultural. Por ello, se requieren estudios con muestra española que asocien la sintomatología tanto física como psicológica teniendo en cuenta no solo la violencia de género, sino también las experiencias traumáticas vividas en la infancia (Jimeno & León, 2021; Sánchez et al., 2017). Tradicionalmente, la investigación sobre experiencias adversas en la infancia (ACEs) y la violencia de género se ha desarrollado en marcos conceptuales y líneas de intervención diferenciadas, lo que ha favorecido respuestas institucionales fragmentadas. Sin embargo, la evidencia reciente cuestiona esta separación, señalando la necesidad de enfoques integrados que consideren la continuidad del trauma a lo largo del ciclo vital. Estas trayectorias acumulativas de vulnerabilidad (Eftedal et al., 2024; Tian et al., 2024) sugieren avanzar hacia modelos integrados y centrados en el trauma que permitan una respuesta más coherente y efectiva (Drakowski & Anderson-Berry, 2025; Trabold et al., 2020).

La realización de estudios que aporten evidencia y fomenten una intervención integral, orientada no solo a abordar los efectos de la violencia de género, sino también las secuelas a largo plazo de las experiencias adversas en la infancia, contribuirá significativamente a la promoción de la salud mental de las mujeres que han sobrevivido a este tipo de violencia (Li et al., 2020). Por consiguiente, el propósito de este artículo es explorar cómo las experiencias de adversidad infantil de mujeres víctimas de violencia de género se relacionan con la presencia de problemas de salud mental (ansiedad, depresión y estrés), y de salud física (quejas somáticas). Se plantean las siguientes hipótesis: haber experimentado ACEs aumentará la presencia de problemas de salud mental y salud física en estas mujeres. Además, dichas experiencias adversas afectarán más a la salud mental que a la salud física de dichas mujeres.

Método

Participantes

Las participantes del estudio pertenecían al programa “Mujer en dificultad social” de Cruz Roja de una provincia española, y fueron 92 mujeres en situación de violencia de género y/o exclusión social, con un rango de edad que oscilaba entre los 18 - 71 años (M = 41.26, DT = 10.83). Un 85.9 % había presentado denuncias por violencia de género y un 66.3 % de las mujeres participantes tenían orden de alejamiento en vigor con sus ex parejas. En lo que respecta al tiempo de intervención psicosocial en el recurso de Cruz Roja, fue entre 3-30 meses (M = 13.62, DT = 8.3). La gran mayoría de estas mujeres no tenían pareja en la actualidad (81.5 %), sin embargo, un 81.4 % había tenido al menos un hijo con una pareja anterior. El 17.4 % presentaba un nivel de estudios primarios básicos, el 23.9 % estudios secundarios/ESO, el 42.4 % estudios de formación profesional/bachiller, y un 16.3 %, estudios universitarios. En cuanto a la nacionalidad, un 46.7 % eran españolas, un 28.3 % provenientes de países latinoamericanos, y un 25 % de Europa del Este. Con el fin de calcular el tamaño muestral adecuado para este estudio, se realizó un análisis de potencia a priori para una regresión múltiple con tres variables predictoras (nivel de significación α = 0.05; poder estadístico = 0.80; tamaño medio del efecto). Este análisis indicó un tamaño muestral mínimo de 77 participantes. Con el fin de aumentar la robustez de los resultados y compensar posibles pérdidas de datos, se reclutó una muestra superior a este umbral.

Instrumentos

El cuestionario sociodemográfico incluía las siguientes preguntas: ¿Padece alguna enfermedad/trastorno mental diagnosticado?: si/no ¿Cuál? ¿Padece alguna enfermedad física?: si/no ¿Cuál? ¿Toma medicación?: si/ no. En caso de responder que sí, mencione el nombre de la medicación, si la recuerda. ¿Desde cuándo es usuaria de Cruz Roja/intervención social? Nivel de estudios. Empleo/desempleo. Pareja actual y número de hijos. Presentó denuncia por violencia de género: sí /no. ¿Dispone de orden de alejamiento?: sí/no.

El cuestionario “Experiencias Adversas en la Infancia y Adolescencia”, (ACEs) (Felitti et al., 1998; Villanueva et al., 2026), evalúa abuso, negligencia y disfunción del hogar, ocurridos durante los primeros 18 años de vida. A través de 28 ítems, se evaluaron las siguientes diez experiencias adversas: abuso sexual (4 ítems), físico (4 ítems) y emocional (3 ítems); negligencia física (5 ítems) y emocional (3 ítems); vivir en un hogar con violencia doméstica (3 ítems), separación/divorcio de los padres (1 ítem), abuso de sustancias en el hogar (2 ítems), enfermedad mental en el hogar (2 ítems) y encarcelamiento de un miembro del hogar (1 ítem). El cuestionario se dicotomizó según las instrucciones del autor original (Felitti et al., 1998; Pinto et al., 2014). Para las áreas de abuso emocional y físico, negligencia y presencia de violencia contra la mujer, la frecuencia con la que la persona los experimentó se mide de “0 = Nunca” a “4 = Con demasiada frecuencia”. Por ejemplo, “¿con qué frecuencia tu padre (o padrastro) o novio de tu madre le hizo alguna de estas cosas a tu madre (o madrastra) ?: ¿empujar, agarrar, abofetear o lanzarle algo?”. Para el resto de experiencias, la clasificación se realiza con la elección de “Sí” o “No”, por ejemplo, “¿alguien en tu casa estaba deprimido o con una enfermedad mental?”. La puntuación total osciló en un rango de 0-10 ACEs. Estudios previos han hallado propiedades psicométricas adecuadas (Holden et al., 2020; Villanueva et al., 2026).

La escala de “Depresión, ansiedad y estrés” (DASS 21) (Antony et al., 1998, Lovibond & Lovibond, 1995), evalúa la frecuencia de síntomas de depresión, ansiedad y estrés en la última semana, a través de tres sub-escalas de 7 ítems cada una y usando una escala de 4 puntos. Algunos ejemplos de los ítems serían los siguientes: “me cuesta mucho relajarme”, “sentí que tenía muchos nervios”, o “sentí que estaba a punto de entrar en pánico”. En este sentido, esta escala es una medida de estado y no de rasgo (Fonseca-Pedrero et al., 2010). El instrumento ha demostrado adecuadas propiedades psicométricas en estudios de validación con población general para su uso en adultos, y se corroboraron características de confiabilidad alfa de Cronbach de 0.93. En las sub-escalas se obtuvieron valores superiores a 0.80 (Vargas-Olano et al., 2022), mientras que en este estudio, se alcanzó un alfa total de Cronbach de 0.88, así como los siguientes valores en las subescalas: α = 0.92, para subescala de depresión; α = 0.85, para subescala de ansiedad; y α = 0.87, para subescala de depresión.

El Listado de “Quejas somáticas” (SCL) (Rieffe et al., 2006), se utilizó para determinar la frecuencia con la que se han experimentado quejas somáticas en las últimas cuatro semanas. El instrumento está formado por 11 ítems, por ejemplo, “me siento cansada”, “tengo dolor de estómago”, con tres alternativas de respuesta (nunca, a veces y a menudo), que finalmente ofrece una única puntuación global. El cuestionario presenta una fiabilidad previa alta, las cargas factoriales de todos los ítems es adecuada, y la consistencia interna satisfactoria (α = 0.83) (Górriz et al., 2015; Jellesma et al., 2007; Rieffe et al., 2009). En este estudio, se obtuvo un valor de alfa de Cronbach de 0.87.

Procedimiento

Los datos recopilados forman parte de un estudio realizado con mujeres que pertenecían al programa “Mujer en dificultad social” de la ONG Cruz Roja en una provincia española, previo consentimiento por parte del Departamento de Intervención Social de Cruz Roja, del Comité de Ética universitario correspondiente (referencia CD/92/2021) y de las propias participantes. Todas las mujeres participaron de forma voluntaria, y el 100 % de las participantes en el programa aceptaron realizarlo, pudiendo detener el proceso de administración de los instrumentos en caso de necesitarlo. Se les informó del objetivo de la investigación, así como del anonimato y confidencialidad de los datos, firmando un consentimiento informado. Los cuestionarios fueron administrados de forma individual, en presencia de la investigadora, durante un período de 6 meses. El tiempo para cumplimentar todos los cuestionarios fue de 50-60 minutos aproximadamente.

Análisis de datos

Primero se realizaron análisis descriptivos para examinar la prevalencia de ACEs de las participantes. En segundo lugar, se realizaron análisis de regresión lineal para determinar si las ACEs, la edad y el tiempo de intervención en el programa eran variables predictoras de indicadores de salud mental y física: ansiedad, depresión, estrés y quejas somáticas (variables continuas), en mujeres víctimas de violencia de género. Posteriormente se realizaron análisis de regresión logística binaria, para determinar si estas mismas variables (ACEs, edad y tiempo de intervención), eran predictoras de la presencia de enfermedad mental, enfermedad médica, y medicación psicofarmacológica y no psicofarmacológica (variables con respuesta dicotómica). Para todos estos análisis, se realizaron tests de normalidad y diagnósticos de multicolinealidad. El test de Kolmogorov-Smirnov indicó que no existía una desviación significativa de la normalidad (p > 0.05). Asimismo, los valores de tolerancia oscilaron entre 0.91 y 0.97 y los valores de inflación de la varianza (VIF) entre 1.02 y 1.09, indicando umbrales aceptables (VIF < 10, tolerancia > 0.10), (Kutner et al., 2005).

Resultados

En lo que se refiere a las variables sociodemográficas, un 26.1 % presentaba diagnóstico de enfermedad mental (depresión, ansiedad, etc.), y un 30.4 % mencionaba padecer alguna enfermedad física (asma, cáncer, etc.). De forma específica, las enfermedades más relevantes fueron ansiedad y depresión (16.3 %), y asma o tiroides (30.4 %). Un 37 % de las mujeres del estudio tomaba medicación psicofarmacológica, en su mayoría, ansiolíticos-antidepresivos, y medicación no psicofarmacológica, un 20.7 % (paracetamol, ibuprofeno, etc.).

En la Tabla 1 se muestra la prevalencia de cada ACE específica en la muestra total, así como del número total de ACEs. Se evidencia, como dato relevante, el alto porcentaje de mujeres que convivió con algún miembro de la familia con enfermedad mental (47.8 %), así como también con abuso de sustancias (44.6 %), y separación/divorcio de los padres (40.2 %). El haber vivido con algún familiar encarcelado obtuvo el menor porcentaje (16.3 %), seguida de estar expuesta a violencia de género (24.2 %). En cuanto al abuso, el físico obtuvo mayor porcentaje (37 %), y respecto a la negligencia, la emocional (34.8 %). Respecto al número total de ACEs, un 20.7 % no había experimentado ninguna ACE durante su infancia y adolescencia, mientras que un 44.6 % había experimentado 4 o más ACEs.

Tabla 1
Prevalencia de cada categoría ACE y del número

Prevalencia
de cada categoría ACE y del número

Notas. N = 92


A continuación, se realizó una regresión lineal con las variables dependientes ansiedad, depresión, estrés y puntuación total de las tres subescalas (DASS total), y las variables independientes edad, tiempo de intervención y puntuación total de ACE. Como se observa en la Tabla 2, la puntuación total de ACE fue significativa en las cuatro primeras variables de salud mental (p < 0.001; p = 0.003; p = 0.02; p = 0.002, respectivamente), independientemente de la edad de la usuaria y del tiempo de intervención en el recurso. Por lo tanto, haber padecido sucesos adversos en la infancia predecía la presencia de ansiedad, depresión y estrés, así como la puntuación total del instrumento DASS. Estos modelos presentaron un porcentaje de varianza explicada que osciló entre el 3 % y el 9.3 %.

En contraposición a estos resultados, la regresión lineal con la variable quejas somáticas, y las variables independientes edad, tiempo de intervención y puntuación total de ACE, no mostró valores significativos. Por lo tanto, haber padecido sucesos adversos en la infancia, más allá de la edad y el tiempo de intervención, no predecía síntomas o quejas somáticas en mujeres víctimas de violencia de género.

A continuación, se realizaron análisis de regresión logística binaria con las variables dependientes presencia de enfermedad mental, de enfermedad física, toma de medicación psicofarmacológica y de medicación no psicofarmacológica, y las mismas variables independientes. Como se observa en la Tabla 3, la puntuación total de ACE predice la presencia de enfermedad mental en las participantes (p = 0.02*), independientemente de la edad, y del tiempo de intervención en el recurso. En cuanto a la medicación psicofarmacológica, la puntuación total ACE también resulta una variable predictora significativa (p = 0.04*), independientemente del tiempo de intervención. La edad sí que resulta ser significativa en este caso (. = 0.01*). Por consiguiente, haber vivido situaciones adversas en la infancia, y una mayor edad de las usuarias, está asociado con una mayor ingesta de medicación psicofarmacológica. Sin embargo, en lo que se refiere a las variables enfermedad médica y medicación no psicofarmacológica, ni la puntuación total de ACE ni el resto de variables resultaron ser una variable predictora significativa. Estos modelos presentaron un porcentaje de varianza explicada que osciló entre el 6 % y el 16 %.

Tabla 2
Regresiones lineales de ACEs total sobre problemas de salud mental y física

Regresiones lineales de
ACEs total sobre problemas de salud mental y física

Nota. B = coeficiente estandarizado. Los intervalos de confianza son del 95 %. El R² ajustado corresponde al modelo completo. DASS = escala de depresión, ansiedad y estrés. T. I. = Tiempo de intervención. ACEs = experiencias adversas en la infancia.


Tabla 3
Regresiones logísticas binarias de ACEs total sobre problemas de salud mental y física

Regresiones logísticas
binarias de ACEs total sobre problemas de salud mental y física

Nota. B = coeficiente estandarizado. La razón de probabilidades se presenta con intervalos de confianza del 95 %. El R² de Nagelkerke corresponde al modelo completo. No se reportan intervalos de confianza para la constante. M. = medicación. ACEs = experiencias adversas en la infancia.


Discusión

Este estudio se realizó con el fin de evaluar la presencia de experiencias adversas en la infancia de mujeres víctimas de violencia de género, y su posible asociación con problemas de salud mental y física, en concreto en la aparición de síntomas psicológicos (ansiedad, estrés, depresión) y físicos (quejas somáticas), teniendo en cuenta la edad y el tiempo de intervención en el recurso. En primer lugar, cabe destacar que las ACEs más prevalentes entre las participantes fueron: algún miembro de la familia con enfermedad mental (47.8 %), consumo de sustancias (44.6 %) y separación/divorcio de los padres (40.2 %). Estos hallazgos se asemejan a los encontrados en previos meta-análisis (Zhu et al., 2024), y estudios con mujeres de habla inglesa que sufrían violencia de género (Li et al., 2020). Sin embargo, si se comparan estos datos con otro rango de edad, jóvenes adultos españoles, sin problemas de violencia de género, la prevalencia es mucho menor, reduciéndose casi a la mitad: enfermedad mental de familiar (28-30 %), o separación/divorcio (26-32 %) (Gomis-Pomares & Villanueva, 2020; Kaminer et al., 2023). Si se tiene en cuenta la acumulación de ACEs, estos mismos estudios reflejan que solo entre un 3.1-21.2 % de jóvenes adultos presentaba 4 o más ACEs, mientras que las participantes de este estudio obtuvieron un 44.6 %, muy similar al 44 % encontrado en el estudio de Li et al. (2020), con mujeres víctimas de violencia de género. Estos datos reflejan la concordancia con investigaciones que mencionan que las mujeres víctimas de violencia de género tienen más probabilidad de haber sufrido adversidades en la infancia (Jones et al., 2018; Visser et al., 2016).

En relación con la primera hipótesis, haber experimentado ACEs aumenta la presencia de indicadores de problemas de salud mental y física en mujeres víctimas de violencia de género, esta se apoya parcialmente. Los resultados fueron estadísticamente significativos solo en el ámbito de la salud mental, es decir, depresión, ansiedad y estrés, y no así para quejas somáticas. De igual modo, se obtuvieron datos significativos en presencia de enfermedad mental e ingesta de medicación psicofarmacológica, y no así en la presencia de enfermedad médica ni en el uso de medicación no psicofarmacológica. Estos hallazgos sobre la influencia de las ACEs en la salud mental en mujeres que también han padecido violencia de género, vienen a respaldar investigaciones previas en donde se plantea que la depresión, la ansiedad y el estrés están relacionadas con las ACEs, pudiendo contribuir dichas experiencias al desarrollo de trastornos de salud mental persistentes a largo plazo (Li et al., 2020; Seon et al., 2022).

Por otro lado, la edad de las participantes y el tiempo de intervención no resultan ser variables significativas en relación con la presencia de depresión, ansiedad y estrés. Por lo tanto, basándose en principios de la teoría del aprendizaje social (Bandura, 1977), estos datos amparan que quienes han sufrido ACEs presentarían más probabilidad de sufrir violencia de género en la vida adulta, sin advertir acerca de la edad ni del tiempo de intervención en los recursos (Fanslow et al., 2021). Por consiguiente, y en cuanto al tiempo de intervención, la acumulación de exposiciones violentas a lo largo de la vida —tanto en la infancia como en la etapa adulta—transcendería la experiencia inmediata (Lagdon et al., 2014), lo cual podría explicar la ausencia de significación estadística de estas variables. Como posible explicación, se plantean dos vías: por un lado, la intervención pudo centrarse solo en la violencia de género, sin abordar las ACEs, como ya señalaron estudios previos (Chapman et al., 2004). Por otro lado, incluso atendiendo a las ACEs, es sabido que los niveles de depresión derivados de la violencia de género tienden a mantenerse constantes, a pesar de que la relación violenta haya terminado (Barboza-Salerno et al., 2025; Pérez, 2015), lo cual iría a favor de que el tiempo de intervención no influya significativamente.

En relación con la segunda hipótesis, que plantea que las experiencias adversas en la infancia (ACEs) impactan de manera más significativa en la salud mental que en la salud física de las mujeres víctimas de violencia de género, los resultados brindan un apoyo parcial a dicha hipótesis. Es decir, estas mujeres, tras la experiencia de ACEs, presentan una mayor propensión a desarrollar sintomatología psicológica—tales como ansiedad, depresión y estrés, presencia de enfermedades mentales, o tomar medicación psicofarmacológica— en comparación con síntomas físicos, representados en este estudio por quejas somáticas, presencia de enfermedades físicas, y por el consumo de medicación no psicofarmacológica. Si bien las ACEs muestran una asociación estadísticamente más consistente con la salud mental que con la salud física en esta muestra, no se puede afirmar de manera concluyente que el impacto sea mayor, ya que los tamaños del efecto son de magnitud similar y los intervalos de confianza presentan un solapamiento considerable. En su lugar, los resultados únicamente sugieren una asociación más consistente en el ámbito de la salud mental.

Esta asociación más consistente coincide con investigaciones previas que señalan que las víctimas de violencia de género perciben las secuelas psicológicas como más severas que las físicas (Alonso, 2004; Saquinaula-Salgado et al., 2020), y que la asociación de las experiencias adversas en la infancia (ACEs) con la salud física resulta menos consistente en comparación con sus efectos sobre la salud mental (Hughes et al., 2017; Kim & Royle, 2024). En este sentido, la sintomatología relacionada con la salud mental muestra una mayor consistencia como consecuencia de la violencia de género, mientras que la relación con problemas físicos o el uso de medicación para el dolor es menos clara (Chen et al., 2009; Yoshihama et al., 2009). Además, los síntomas físicos tienden a disminuir o desaparecer tras el fin de la relación violenta (Gerber et al., 2008).

En lo que respecta a las limitaciones del estudio, se puntualiza que el tamaño de la muestra, así como su posible heterogeneidad, especialmente en la variable nacionalidad, pueden condicionar los resultados obtenidos, por ejemplo, observando los bajos porcentajes de varianza explicada de los modelos significativos, por lo que se propone aumentar el número de participantes, e incluir la variable transcultural en futuros estudios (Bott et al., 2012). Investigaciones anteriores han encontrado que tanto las experiencias adversas en la infancia como las tasas de violencia de género difieren entre grupos raciales y étnicos (León-Ramírez & Ferrando-Piera, 2015; Maguire-Jack et al., 2020). Por otro lado, hubiera sido interesante poder incluir una muestra control de mujeres que no haya sufrido violencia de género, pero sí ACEs, con la cual comparar tanto prevalencias como impacto de las ACEs en distintos indicadores de salud mental y física. Cabe tener en cuenta que los instrumentos utilizados en este estudio son, en parte, de carácter retrospectivo (cuestionario ACE), lo cual podría estar limitando el recuerdo e incorporando sesgos de memoria. No obstante, a pesar de ello, la investigación con este tipo de medida de autoinforme ha encontrado buenos resultados psicométricos en estudios previos (Pinto et al., 2014; Villanueva et al., 2026). Asimismo, los análisis realizados están basados en un diseño transversal, por lo que serían necesarios estudios longitudinales futuros permitieran orientar sobre el papel de variables relevantes como pueden ser la edad exacta de la exposición a la violencia, el tipo de maltrato físico, psicológico, o incluso la duración del mismo tanto en la infancia como en la adultez (violencia de género) (Mehri et al., 2021; Pérez-Yari et al., 2024, Spencer et al., 2023). Finalmente, cabe destacar que, frente al marco temporal de la violencia infantil y de género (amplio y lejano en el tiempo, ya que todas las mujeres participantes se encontraban en el programa, fuera de la relación de violencia, y en la edad adulta), el marco temporal de las quejas somáticas se presentaba muy corto y reciente (en las últimas cuatro semanas), lo cual podría haber influido en la falta de resultados significativos respecto a las quejas somáticas (Gerber et al., 2008). Aunque el marco temporal de la evaluación de la depresión, ansiedad y estrés también era breve en este estudio (en la última semana), se ha observado que los problemas de salud mental presentan implicaciones más a largo plazo (Seon et al., 2022).

Sin embargo, y a pesar de las reconocidas limitaciones, resultan relevantes las implicaciones prácticas de este estudio, ya que los datos encontrados orientan la mirada hacia la salud mental (por encima de la salud física), y aluden al trabajo que puede realizarse para lograr una mejor eficacia en la atención de mujeres víctimas de violencia de género. El hecho de padecer ACEs abre un abanico de vulnerabilidad para otras situaciones de riesgo posteriores, como la violencia de género (Bartolomé-Valenzuela et al., 2024; Li et al., 2020). Por tanto, se apoya la prevención temprana de las ACEs y la intervención centrada en las asociaciones duraderas de las ACEs con la salud mental de las mujeres. Esto permitiría romper el ciclo de la transmisión intergeneracional de la violencia (víctima de maltrato infantil-víctima adulta de violencia de género-hijos de la víctima expuestos a un ambiente de violencia de género) y así conseguir sanar y avanzar hacia una mejor calidad en la salud y el bienestar, no solo de las mujeres, sino de sus descendientes. Por último, se evidencia una clara necesidad de integrar las experiencias adversas de la niñez en las evaluaciones de salud mental y violencia de género, y así planificar las intervenciones posteriores contemplando un enfoque basado en el trauma (Zhu et al., 2024).

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Notas

* Artículo de Investigación.

Notas de autor

a Autor de correspondencia. Correo electrónico, tiano@uji.es

Información adicional

Para citar este artículo: Tiano-Marano, C., & Villanueva, L. (2026). Impacto de las Experiencias Adversas en la Infancia: Salud física y mental, y violencia de género. Universitas Psychologica, 25, 1-15. https://doi.org/10.11144/Javeriana.upsy25.ieai

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